Salvador Muñoz
Los Políticos
Tengo amigos y conocidos con doble nacionalidad. Hay un italopapanteco, Yorio Saqui, a quien es usual encontrar con su camiseta de la Juventus. En su caso, la nacionalidad italiana me consta; lo de la alineación del equipo se lo dejo a él.
Con Julen Rementería no me consta qué diga su pasaporte, pero si la afición al Athletic de Bilbao otorgara nacionalidad, tendría la española sin hacer fila. Julen, Bingen, Ander, Iker, Imanol… ¡hasta para pasar lista en esa familia dan ganas de preparar unos pintxos!
Es posible que hayamos tenido presidentes municipales con nacionalidad mexicana y estadounidense: paisanos que hicieron talacha allende el Bravo y regresaron con ganas de administrar su municipio. Aunque la reforma a la “doble nacionalidad” no va dirigida a las alcaldías, sus historias sirven para recordar que la vida de muchos mexicanos transcurre entre dos países.
Ya ni hablar de los argentinos orizabeños, nacidos en un pueblito entre Córdoba y Mendoza…
Y dicen que Esteban Ramírez Zepeta también tiene doble nacionalidad: mexicana y noruega. Es demasiado evidente.
¡Ya en serio!
El Senado aprobó la reforma que exige nacionalidad única para aspirar a la Presidencia de la República, las gubernaturas y la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México. El proyecto pasa a las legislaturas locales y contempla que quien tenga otra nacionalidad renuncie a ella antes de solicitar su registro como candidato. Su aplicación electoral está prevista a partir de 2028.
No desaparece la doble nacionalidad para el conjunto de los mexicanos. La condición se impone a quienes pretendan ocupar esos cargos.
El oficialismo la presenta como una defensa de la soberanía. La oposición denuncia una afectación a los derechos políticos de los mexicanos con doble nacionalidad.
Y a mí me queda una pregunta: ¿qué demuestra realmente la lealtad de un gobernante: sus documentos, sus intereses o sus actos?
Ojo: el pasaporte acredita nacionalidad. Acreditar honradez está más cabrón.
En lo particular, encuentro en esta reforma una bandera chauvinista, un nacionalismo que pretende resolver con documentos una discusión bastante más profunda: a quién sirve quien gobierna.
Me recuerda, en su discurso de pertenencia, al orgullo de los “sangre pura” de Harry Potter. Desde luego, el proyecto no exige abuelos mexicanos ni persigue apellidos extranjeros; la semejanza está en esa tentación de repartir certificados de autenticidad.
Algo de eso asoma entre ciertos morenistas fundadores cuando miran a quienes llegaron de otros partidos. Unos presumen haber nacido con el Movimiento; a los recién llegados les revisan hasta el cordón umbilical. Después viene el reparto de candidaturas y resulta que el converso consiguió mejor lugar que el fundador. Ahí empieza otra discusión sobre la pureza.
México está hecho también de familias con historias migrantes. La propia Presidenta tiene abuelos que llegaron de Europa. En Veracruz conocemos el arraigo de familias de origen español, italiano, libanés, francés…
Tener esos antepasados no significa poseer otra nacionalidad. Conviene dejarlo claro. Tampoco significa querer menos al país donde uno nació, creció o decidió construir su vida.
Hay quienes tienen dos nacionalidades desde la cuna. Otros adquieren una segunda después de años de trabajar, pagar impuestos, criar hijos y echar raíces lejos de México. Reducir esas historias a una sospecha de lealtad dividida me parece una simplificación muy cómoda.
Yorio puede querer a Italia y a Papantla sin someter el cariño a votación. Julen puede sufrir por el Athletic sin que pierda Veracruz. Hasta Zepeta puede conservar, por cortesía de esta columna, su conexión con los fiordos.
La soberanía merece defensas más exigentes: conocer los intereses de quienes gobiernan, sus negocios, sus compromisos y las decisiones que toman con el dinero público.
A ver si después, para aspirar a gobernador, también nos piden renunciar al estado donde nacimos… Mientras tanto, convendría recordar que para vender a la patria alcanza con una sola nacionalidad.




