Pepe Cortés

El próximo 29 de noviembre España no celebrará unas elecciones cualquiera. Después de años de polarización, pactos parlamentarios y desgaste institucional, los españoles volverán a tener en sus manos la decisión fundamental de toda democracia: continuar por el mismo camino o cambiar de rumbo.

Pedro Sánchez decidió adelantar las elecciones después de que el Congreso rechazara sus decretos sobre vivienda. PP, Vox y Junts coincidieron en votar contra unas propuestas socialistas con las que, desde posiciones y argumentos distintos, no estuvieron de acuerdo. Fue una derrota legislativa importante para el gobierno y terminó convirtiéndose en el detonante inmediato de la convocatoria electoral. Sánchez optó entonces por devolver la palabra a los ciudadanos: serán los españoles quienes decidan en las urnas qué rumbo quieren para su país.

Después de ocho años de Pedro Sánchez en el poder, España no enfrenta solamente una elección entre partidos, sino entre dos concepciones profundamente distintas de la sociedad. El sanchismo ha llevado cada vez más lejos una agenda socialista e intervencionista que pretende ampliar el poder del Estado sobre decisiones que pertenecen a los ciudadanos. La vivienda es quizá el ejemplo más evidente: controlar alquileres, condicionar el uso de la propiedad y multiplicar las restricciones sobre quienes legítimamente poseen un patrimonio significa reducir su capacidad para decidir sobre él. Eso restringe la propiedad privada y la libertad económica.

Un gobierno no adquiere, por haber ganado una elección, el derecho ilimitado de disponer sobre el patrimonio de las personas. Cuando el poder político pretende sustituir sistemáticamente la decisión del ciudadano, el Estado deja de limitarse a establecer reglas y comienza a invadir espacios de libertad. Ese es el autoritarismo que estará a juicio en las urnas el próximo 29 de noviembre.

Sánchez ha intentado plantear la elección como una batalla frente a una “ola ultraderechista”. No es una estrategia nueva. Buena parte de la izquierda europea ha convertido la descalificación del adversario en un recurso recurrente: cuando millones de ciudadanos cuestionan sus políticas, resulta más sencillo etiquetarlos que preguntarse por qué están inconformes. Pero votar diferente no amenaza a la democracia. Votar diferente es la democracia.

España llega a esta elección con problemas que no se esconden detrás de etiquetas ideológicas. La vivienda es una preocupación cotidiana para millones de jóvenes y familias; el costo de vida presiona los bolsillos; la inmigración irregular provoca un debate que durante demasiado tiempo algunos prefirieron evitar; y la fragmentación parlamentaria ha obligado al gobierno a construir acuerdos cada vez más complejos. A ello se suma una pregunta de fondo: ¿hasta dónde debe llegar el poder del Estado sobre la vida, el patrimonio y las decisiones de sus ciudadanos?

Las encuestas recientes colocan al Partido Popular como primera fuerza y muestran un crecimiento considerable de Vox. Pero sería un error dar por resuelta la elección: las elecciones no se ganan en las encuestas, se ganan en las urnas. La derecha tendrá que demostrar que puede transformar el descontento en una alternativa de gobierno. No bastará con oponerse a Sánchez; tendrá que presentar soluciones en vivienda, crecimiento, seguridad, inmigración, fortalecimiento institucional y oportunidades para una generación de jóvenes que mira su futuro con preocupación. Sacar a un gobierno puede ser un objetivo electoral; gobernar mejor debe ser el objetivo político.

Lo que ocurra el 29-N no quedará encerrado dentro de las fronteras españolas. Europa atraviesa una profunda transformación política. Los debates sobre identidad, libertad, seguridad, migración, economía y soberanía están modificando los antiguos equilibrios, mientras Iberoamérica vive su propia disputa entre modelos políticos que durante años parecieron avanzar en una sola dirección.

Por eso España importa, cultural y políticamente, por la enorme influencia que conserva sobre el debate público iberoamericano. Tal vez estemos frente a algo más grande que una sucesión de elecciones nacionales: el comienzo de un nuevo ciclo en el que millones de ciudadanos cuestionan certezas que parecían intocables. Brasil envió una señal en la primera vuelta de su elección presidencial, aunque la decisión final llegará el 25 de octubre. España tendrá la oportunidad de enviar la siguiente. México tendrá que construir la suya.

No sabemos todavía cuál será el resultado. Eso corresponde exclusivamente a los españoles. Pero hay algo que desde ahora merece celebrarse: tendrán nuevamente la oportunidad de decidir con la herramienta más poderosa que existe frente al poder en una democracia: el voto. Y sea cual sea la mayoría que salga de las urnas, deberá construirse con la voluntad ciudadana, no a pesar de ella.

El 29-N España tiene una cita con las urnas. Y quizá también tenga una cita con la libertad.

@pepecortesmx
Economista y abogado. Analista político y articulista.