Pepe Cortés

Durante casi ocho años, los gobiernos de Morena han presumido a los jóvenes como uno de los principales beneficiarios de su política social. Jóvenes Construyendo el Futuro es quizá el ejemplo más visible: según cifras oficiales, desde 2019 más de 3.5 millones de jóvenes han pasado por el programa y se han destinado más de 170 mil millones de pesos.

Sin embargo, esta semana el discurso chocó con los hechos. El gobierno federal cerró las nuevas vinculaciones, es decir, la incorporación de jóvenes a centros de trabajo, para lo que resta de 2026 porque, según la presidenta, ya se cumplió prácticamente la meta anual. Las incorporaciones se reanudarán en enero de 2027. El programa no desaparece y quienes reciben el apoyo continúan, pero el anuncio sorprendió: hasta finales de septiembre se esperaba una nueva apertura en octubre. Más allá del calendario, queda una pregunta de fondo: ¿qué futuro estamos construyendo realmente para los jóvenes? Una cosa es entregar dinero y otra muy distinta crear las condiciones económicas para que un joven pueda desarrollar su vida, encontrar un buen empleo, independizarse y construir patrimonio sin depender permanentemente de una transferencia gubernamental.

México lleva casi ocho años bajo gobiernos de Morena y el balance económico debería preocupar a quienes hoy tienen veinte años. Entre 2019 y 2026, considerando para este último año las estimaciones disponibles, la economía habrá crecido en promedio alrededor de 1 por ciento anual, y el PIB per cápita se mantiene en niveles cercanos a los de 2017. Pero la vida se ha encarecido considerablemente durante estos años: alimentos, vivienda y otros bienes y servicios cuestan más, mientras el crecimiento por habitante prácticamente no muestra el avance que una nueva generación necesita para mejorar sus perspectivas económicas. Es demasiado poco para un país que debe incorporar cada año a cientos de miles de jóvenes a la actividad productiva y generar empleos bien remunerados. Mientras tanto, la deuda pública casi se duplicó. Según cifras de Hacienda, el Saldo Histórico de los Requerimientos Financieros del Sector Público, la medida más amplia de la deuda, pasó de aproximadamente 10.6 billones de pesos en 2018 a una estimación cercana a 20.1 billones en 2026. Como proporción del PIB, pasó de alrededor de 44.8 por ciento a 52.3 por ciento. Ésa es una de las grandes contradicciones de estos años: bajo crecimiento acompañado de un endeudamiento considerablemente mayor. Los apoyos se reciben hoy, pero la deuda se paga mañana, y quienes estarán trabajando, emprendiendo y pagando impuestos durante las próximas décadas serán precisamente los jóvenes.

En el terreno político aparece otro dato que merece atención. Una encuesta de Polister, difundida por Forbes México en septiembre, colocó a Morena con apenas 13.7 por ciento de intención de voto entre los jóvenes de 18 a 24 años, frente al 29.3 por ciento registrado por la misma medición un año antes. Conviene hacer dos precisiones: se trata de un panel digital de mil entrevistas, por lo que los datos de ese grupo de edad corresponden a un subgrupo de la muestra; además, la encuesta mide a los jóvenes por edad, no a los beneficiarios del programa, que abarca de 18 a 29 años. Sería incorrecto, por lo tanto, afirmar que quienes reciben el apoyo están abandonando a Morena. Pero la paradoja política existe: después de años de transferencias y programas dirigidos a las nuevas generaciones, Morena encuentra entre los más jóvenes un respaldo reducido. Tal vez ellos distinguen perfectamente entre recibir dinero y tener futuro. Un depósito puede pagar comida o transporte y ayudar mientras llega una oportunidad laboral, pero no sustituye una economía dinámica capaz de generar empresas, inversiones, empleos productivos y vivienda accesible. Además, más de la mitad de quienes trabajan en México lo hacen en la informalidad, y ése es el mercado laboral al que deberá incorporarse un joven cuando termine su participación en cualquier programa.

Los jóvenes que se alejan de Morena tampoco corren automáticamente hacia la oposición. En la misma encuesta, 36 por ciento respondió “Ninguno” y 19.4 por ciento no sabía por quién votaría. La oposición cometería un grave error si creyera que el desencanto juvenil significa respaldo automático para otra fuerza política. A esa generación habrá que escucharla y ofrecerle algo mucho más difícil que una transferencia mensual: un proyecto de país creíble. Los programas sociales deben permanecer para quienes los necesitan. El dinero público no pertenece a Morena, al PAN ni a ningún partido; sale del esfuerzo de los mexicanos y ningún gobierno debería utilizarlo como instrumento de lealtad política. Pero gobernar tampoco puede reducirse a repartir dinero.

Los jóvenes no necesitan un gobierno que sólo les deposite dinero. Necesitan un país que crezca, genere empleos, premie el esfuerzo y les permita independizarse, emprender y vivir mejor que sus padres. Porque la pregunta no será cuántos miles de millones repartió Morena ni cuántas tarjetas entregó, sino qué México recibió esta generación. Y si dejan una economía que apenas crece, una vida cada vez más cara y una deuda que casi se duplicó, podrán presumir Jóvenes Construyendo el Futuro, pero tendrán que explicarles a los jóvenes quién hipotecó su futuro.

@pepecortesmx

Economista y abogado. Analista político y articulista.