Marco Aurelio Martínez
Crónicas de la Capital

A pesar de que aún no concluye el proceso electoral en Brasil, la enseñanza al momento resulta impostergable de exponer.

Donald Trump como líder de la ultraderecha regional, se ha dedicado a impactar a los gobiernos progresistas latinoamericanos, a tejer redes y complicidades internas para colocar escenarios catastrofistas que provoquen en el imaginario colectivo, la urgente necesidad de la ayuda externa, del indispensable auxilio del vecino del norte. Aquí convergen, un sector del empresariado, grupos conservadores, religiosos, comunicadores afines,  quienes en conjunto impulsan campañas denostativas  para desacreditar a los gobiernos de izquierda, golpearlos sistemáticamente, y frotarse las manos ante el deseo de una intervención norteamericana; este ha sido el penoso derrotero de los conservadores en la historia de México.

La estrategia de la amenaza comercial de Trump funciona, pero también la alianza con personajes de su calaña como Noboa, Bukele, Bolsonaro, Milei, quienes son los testaferros entreguistas de sus soberanías, que en aras de la aparente mejoría, están concediendo sus recursos al gobierno norteamericano. Un ejemplo claro es  Delcy Rodríguez, la interina que sustituyó a Nicolás Maduro en Venezuela,  que empezó con la algarabía del cambio y que una vez que cedió  el control de la reserva petrolera venezolana a Estados Unidos, al día de hoy encuentra un país sumergido en la incentidumbre, con una inflación incontrolable, con mayores racionamientos eléctricos hacia la población, y en donde sólo la aprueban 2 de cada 10 venezolanos.

Pero no sólo es la ambición desmedida del expansionismo Trumpista, también es la forma en que los gobernantes de la izquierda latinoamericana se han comportado, de la  fascinación y apego por el poder que han demostrado, de esa grandiosa ilusión por alargar sus periodos de gobierno, los casos son evidentes, desafortunadamente. No obstante el caso de México ha sido distinto, el ejemplo de AMLO sigue siendo excepción, por ello necesita otro tratamiento y un análisis diferente. Nadie le puede regatear congruencia al ex presidente López Obrador; como buen demócrata concluyó su mandato y cumplió la palabra de alejarse de la política y reflectores, su tiempo y su circunstancia la vive lejos de la parafernalia mediática, transcurre en otro escenario en donde leer y escribir forman parte sustantiva de su cotidianidad.

Lo ocurrido en Brasil deja muchas enseñanzas para nuestro país y en especial para Morena. A pesar de que los sectores minoritarios brasileños conocen de sobra que Flavio Bolsonaro es racista, promotor de políticas anti gay, enemigo acérrimo de la negritud, que defiende el genocidio de Israel sobre Palestina, aún así lo apoyaron. Las redes sociales controladas por la oligarquía ultraconservadora mundial y el apoyo de la iglesia evangélica brasileña fungen como baluarte del bolsonarismo actual. Por ello es necesario repensar no solo lo que la izquierda ha hecho mal, sino también lo que ha dejado de hacer.

Morena necesita su revisión histórica, mirarse al espejo, fortalecer el trabajo social, con jóvenes, se requiere persuadir a la sociedad con base en logros tangibles. El trabajo y los resultados siempre serán el mejor argumento para embestir la rumorología y el encono de los opositores.

La izquierda necesita autocrítica, es apremiante. Morena necesita revisar sus procesos de selección, hacer un balance de las alianzas positivas y las perniciosas, fijar criterios definidos en la elección de sus candidatos, detener el oportunismo converso, combatir las malas prácticas de sus militantes y desde luego fortalecer el legado que hoy sostienen con trabajo territorial, congruencia de resultados y aplomo,  las mujeres que dirigen nuestros destinos en el país, en nuestro estado y en nuestro municipio. Hacia allá seguiremos empujando el bienestar colectivo y la idea central, fundamental, que seguirá siendo parteaguas e inspiración en la sociedad de nuestro tiempo: “Por el bien de todxs, primero los que menos tienen”.