Daniela Sichel
Psicóloga y fundadora de Opción Yo
Los clientes que se acercan a Opción Yo suelen llegar cargados de dudas y, muchas veces, ocultan a sus amigos y familiares que están recibiendo terapia. En algunos casos, además de vernos a nosotros, están tomando medicación indicada por un psiquiatra que les sugirió complementar el tratamiento con terapia.
Mientras este proceso se transita en silencio y con temor a que otros se enteren, el uso de Ozempic y de otros medicamentos de la familia de los GLP-1 para bajar de peso se ha instalado en la conversación cotidiana. Se comenta abiertamente, se recomienda y, en algunos casos, hasta se celebra. La rapidez con la que aparecen los resultados puede hacer que los beneficios sean lo único que importe y que los posibles efectos adversos queden relegados a un segundo plano.
Con los antidepresivos ocurre, muchas veces, exactamente lo contrario: cargan con una reputación negativa. Tomarlos puede venir acompañado de prejuicios y miedo, a punto tal que muchas personas prefieren esconder que los toman porque sienten que necesitar medicación las hace menos fuertes, imperfectas o incapaces de resolver por sí mismas aquello que les sucede. Y ahí aparece una contradicción difícil de ignorar.
Ambos son medicamentos que requieren indicación y seguimiento médico, ambos pueden producir efectos secundarios y ambos pueden ser una herramienta dentro de un tratamiento más amplio. Los GLP-1 pueden producir náuseas y molestias digestivas, mientras que algunos antidepresivos pueden afectar el sueño o el deseo sexual. Ninguno es inocuo y, aun así, la manera en que los juzgamos parece responder muchas veces más a factores culturales y prejuicios que a criterios estrictamente médicos.
Si nos rompemos una pierna, usamos muletas mientras el hueso sana y nadie interpreta ese apoyo como una señal de debilidad. La medicación puede cumplir una función similar: ser un apoyo mientras la persona trabaja, con el acompañamiento adecuado, en recuperar su estabilidad y bienestar. En un caso puede acompañar cambios en la alimentación y el movimiento; en el otro, puede formar parte de un proceso que incluye terapia.
El problema aparece cuando convertimos cualquier medicamento en una solución mágica o, en el extremo contrario, en algo de lo que deberíamos avergonzarnos. Un tratamiento no reemplaza necesariamente todo lo demás que una persona necesita. La alimentación, el movimiento, la terapia, el descanso, los vínculos y el seguimiento profesional pueden formar parte de procesos de recuperación, según cada caso.
Entonces vale la pena hacerse algunas preguntas: ¿por qué cuestionamos tanto a quien toma un antidepresivo y tan poco a quien utiliza un medicamento para bajar de peso? ¿Por qué uno puede convertirse en tema de conversación y el otro en un secreto? ¿Desde cuándo la salud física parece tener mayor legitimidad que la salud emocional?
Ir al psiquiatra y aceptar que una evaluación puede indicar la necesidad de medicación no debería ser visto como un fracaso. Es una consulta médica, igual que cualquier otra. Y si el profesional considera que un medicamento puede ayudar, aceptarlo tampoco debería convertirse en algo de qué avergonzarse.
Tomar o no un medicamento es una decisión personal, pero debería responder a una necesidad real y no al miedo al qué dirán. Un tratamiento requiere indicación médica, seguimiento y, también, confianza en el proceso que estamos atravesando. Excluyo a quien lo toma solo para la pérdida rápida y cómoda de peso, aquí también hay una decisión particular.
En el caso de los antidepresivos, la terapia puede ser una herramienta fundamental para trabajar sobre aquello que está detrás del malestar y desarrollar recursos para sostener la estabilidad a largo plazo. La duración del tratamiento y la posibilidad de reducir o suspender la medicación deben evaluarse con el profesional que la indicó, de acuerdo con la evolución de cada persona. Que alguien necesite continuar con su terapia o con su medicación no significa que no esté sanando.
Lo emocional es parte de nuestra salud integral y merece el mismo cuidado que cualquier otra parte de nuestro cuerpo. Quizás el verdadero problema no sea el medicamento que elegimos tomar, sino los prejuicios que todavía nos hacen sentir que necesitamos escondernos cuando lo hacemos.
Recuerda siempre que, cuando hablamos de salud, pedir ayuda debería ser una señal de cuidado y nunca un motivo para avergonzarnos. Tal vez la pregunta detrás de todo esto sería: ¿cuándo veremos la salud emocional como parte integral de nuestra salud física?
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