Salvador Muñoz

Los Políticos

Cinco punto treinta y ocho. No es el promedio de algún alumno que espera que el maestro le eche la mano para pasar de panzazo antes de que llegue Lady Croquis y se haga de tos. Es la calificación del sistema penitenciario de Veracruz. Y no hay redondeo que alcance.

El Diagnóstico Nacional de Supervisión Penitenciaria de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos volvió a colocar al sistema penitenciario veracruzano debajo de la línea aprobatoria.

De los 18 centros evaluados, 14 reprobaron y detrás de las calificaciones aparecen problemas que van mucho más allá de que falten camas… sobrepoblación, hacinamiento, deficiencias médicas, falta de custodios y problemas de gobernabilidad.

Uno podría pensar que siempre hemos estado así. Pero no! Y ahí es donde la boleta comienza a volverse políticamente incómoda.

Hubo un tiempo en que las cárceles veracruzanas aprobaban. Y no solamente aprobaban… llegaron a obtener calificaciones que hoy parecerían de alumno aplicado, matadito, nerd, cerebrito…

Durante el gobierno de Fidel Herrera Beltrán hubo incluso bastante movimiento en la Dirección General de Prevención y Readaptación Social. Pasaron distintos responsables. Harry Jackson Sosa estuvo al frente; después llegó Cirilo Rincón Aguilar, quien permaneció alrededor de un año y diez meses; posteriormente vendrían otros responsables como Arcos Jiménez, Martha Montoya y Samuel Juárez. Es decir, aquello tampoco dependía de un funcionario eternizado en el puesto. Cambiaban al director y el sistema seguía funcionando.

Cirilo Rincón, por ejemplo, asumió formalmente la Dirección General de Prevención y Readaptación Social el 25 de marzo de 2006 y en abril de 2007 todavía presumía algo que leído desde el Veracruz de nuestros días parece ciencia ficción: aseguraba que el problema del hacinamiento en los penales del estado había quedado superado. Página cancelada, prácticamente.

Hoy habría que buscar en qué archivo guardaron aquella página porque las calificaciones de esos años tampoco estaban mal.

Veracruz mantuvo durante años resultados aprobatorios. Para 2012, por ejemplo, registraba 7.00; en 2013, 7.19; en 2014, 6.93 y en 2016 todavía alcanzaba 6.54. No hablamos entonces de una temporada afortunada atribuible a un solo director. Pasaron funcionarios. Pasaron años. Pasaron gobiernos. Y el sistema aprobaba.

Todavía en 2017, ya durante el gobierno panista de Miguel Ángel Yunes Linares, Veracruz obtuvo 6.02. Por los pelos, si quieren pero aprobado. Para 2018 cayó a 5.87.

Y entonces llegó Morena.

Antes de que algún defensor de la Cuarta Transformación comience a aventarme la boleta por la cabeza, hay que dejar algo perfectamente claro: Morena no inventó el deterioro penitenciario. La caída ya había comenzado. El 5.87 de 2018 lo demuestra. Lo que tampoco puede ocultarse es lo que ocurrió después: con los gobiernos de Morena, Veracruz no ha conseguido regresar a una calificación aprobatoria. Cuitláhuac García tuvo seis años.

No pudo. Rocío Nahle recibió el sistema. Y el diagnóstico más reciente dice “5.38”.

Así que casi veinte años de historia penitenciaria veracruzana pueden resumirse de una manera políticamente incorrecta, pero bastante sencilla: Con el PRI aprobaban. Con el PAN todavía aprobaron. Con Morena llevan años buscando el extraordinario. No lo dice el PRI. No lo dice el PAN. Tampoco algún columnista neoliberal, conservador, reaccionario o miembro distinguido de la mafia del poder. Lo dice la boleta.

Y eso vuelve particularmente interesante aquella declaración de Cirilo Rincón de 2007.

Decía entonces que el problema del hacinamiento había quedado subsanado. Incluso hablaba de terminar el Cereso de Papantla, proyectado para 850 internos.

Diecinueve años después, el hacinamiento regresó convertido en uno de los grandes pendientes penitenciarios y el Gobierno plantea la construcción de otro penal para aproximadamente 2 mil 400 personas. Que se construya. Si hacen falta espacios, hacen falta espacios, pero sería un error creer que colocando 2 mil 400 camas nuevas desaparecerá mágicamente el 5.38 porque una cárcel no es solamente bardas, torres, barrotes y dormitorios. Está la atención médica. La alimentación. La seguridad. Los custodios. La gobernabilidad. La capacitación. Y sobre todo, esa palabra que aparece en los discursos mucho más de lo que parece aparecer en los resultados: reinserción.

Podemos construir una cárcel de primer mundo y meter dentro de ella un sistema penitenciario de 5.38. Entonces tendremos paredes nuevas… y los mismos vicios de siempre.

Por eso quizá valdría la pena hacer algo que en estos tiempos de transformación parece políticamente incorrecto: voltear hacia atrás.

No para convertir a Fidel Herrera, Miguel Ángel Yunes, Cirilo Rincón ni a ninguno de quienes estuvieron al frente del sistema penitenciario en santos patronos de la readaptación social. “Ni maiz paloma”. Sino para hacernos una pregunta mucho más sencilla:

¿Qué hacían entonces que dejamos de hacer ahora? Porque además hay algo revelador: durante aquellos años podían cambiar al responsable de Prevención y Readaptación Social y las cárceles seguían obteniendo resultados aprobatorios. Eso habla menos de un hombre y más de un sistema que, con todas sus deficiencias, parecía conservar cierta continuidad institucional. Y quizás allí esté parte de la respuesta… porque gobernar no siempre consiste en llegar, borrar el pizarrón y comenzar nuevamente la historia desde el día de nuestra toma de protesta. A veces también consiste en conservar lo que funcionaba.

Morena llegó al poder prometiendo transformar aquello que PRI y PAN habían hecho mal. En las prisiones veracruzanas ocurrió una transformación bastante peculiar: recibieron un sistema que ya venía reprobado… y después de ocho años de gobiernos de la 4T, sigue reprobado… Sólo que ahora necesitamos otra cárcel.

Así que antes de buscar terreno para el nuevo penal, quizá alguien debería buscar en los archivos qué demonios hacían aquellos gobiernos cuando Veracruz todavía alcanzaba el seis. O más.

No vaya a resultar que para transformar el sistema penitenciario veracruzano haya que cometer la mayor herejía de la Cuarta Transformación: preguntarle al PRI cómo le hacía.