Sergio González Levet

Sin tacto

Por más que me apuré a llegar temprano, cuando entré en el café ya estaban en la mesa esperándome mi maestro y su impar hermana. En efecto, ella tenía una cara hermosa, que atraía las miradas de manera natural, y sin embargo lo más notable de ella era su apostura, su forma de estar, el aura tranquila y apaciguadora que irradiaba.

     Cuando me aproximé a la mesa, el Gurú me la presentó de manera sencilla y cuando le estreché la mano, ella me descubrió con su voz que es ternura de brisa, susurro de palma:

     —Hola, colega, porque yo también soy lingüista y escritora. Pero veo que te has dedicado más bien al periodismo.

     —Mucho gusto —contesté lo más cálido que pude—. Vaya, el maestro ya me hizo el favor de contarte algo de mí.

     —No, en realidad. De ti solamente me comentó que eres una especie discípulo suyo del que más de lo que enseña. Toda una revelación, pues nunca había oído que mi hermano se dignara a decir eso de alguien —respondió con calma y me añadió la explicación de cómo había adivinado mi oficio y mi profesión:

     —Lo de lingüista lo deduje porque cuando entraste vi que leías el letrero de la entrada y alcancé a notar tu mohín de disgusto cuando advertiste que la palabra “guion” estaba escrita con acento y “escasez” la habían puesto con una “s” al final. Y sin embargo, advertí que pasaste tranquilamente por la palabra “periodo” escrita sin tilde, aunque la Real Academia recomienda acentuarla. Con ello me di cuenta que conocías la dicotomía lengua/habla de Ferdinand de Saussure y que eras partidario de las voces de la calle más que del diccionario, como han recomendado el famoso profesor suizo y Joan Manuel Serrat.

     —Vaya, una muy buena revelación. Pero lo de que soy periodista, ¿cómo lo adivinaste? —le respondí con un poco de suspicacia.

     —Primero, porque una vez que había determinado que eras escritor me percaté de que tenías bastante desarrollado el músculo flexor superficial en cada antebrazo. Y segundo porque las yemas de tus dedos se veían difusas, seguramente por el uso continuado ante el teclado de una máquina de escribir o de una computadora. Si hacemos la excepción de Gabriel García Márquez, que le tundía a las techas varias horas al día como un reportero -que lo era en su origen y lo fue siempre-, los únicos que trabajan tanto y cotidianamente ante la hoja o la pantalla en blanco son los redactores periodísticos. Dime si me equivoqué…

     No tuve más que reconocer las capacidades deductivas de la guapa Marcroft y me embelesé por las dos horas siguientes con su conocimiento del mundo y su información erudita sobre casi todas las cosas y los temas. No cabe duda que, como dice el dicho actualizado: en cada hombre inteligente siempre hay una mujer por encima de él.

     Y sobre la mesa siempre resplandeció el orgullo fraternal e ilimitado de mi maestro.

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