Mara I. Cruz Pastrana

En el marco del 5° Encuentro Nacional de Mujeres Políticas de la República Mexicana
Hay momentos de nuestra historia que no necesitan estar escritos en un acta para permanecer vivos. Se guardan en la memoria, en las convicciones que nos sostuvieron y en las causas que, después de tantos años, seguimos defendiendo.
Para mí, uno de esos momentos tiene nombre: Marcela Lagarde y de los Ríos.
Tuve la oportunidad de conocerla y de coincidir con su paso por el partido en el que entonces militaba. Su candidatura externa a diputada federal plurinominal, en 2003, significó mucho más que la posibilidad de que una mujer llegara a la Cámara de Diputados. Para muchas de nosotras representaba la oportunidad de llevar nuestras causas feministas hasta el lugar donde se discutían y construían las leyes.
Era una cuestión de vida o muerte. Hablábamos de derechos humanos, de violencia contra las mujeres, de desigualdad y de la urgente necesidad de despatriarcalizar nuestra sociedad. No eran temas secundarios ni consignas para adornar discursos. Eran y siguen siendo asuntos que atraviesan la vida, la libertad y la dignidad de millones de mujeres.
Marcela era una feminista reconocida, una académica comprometida y una mujer cuyo pensamiento contribuía a explicar las raíces de la desigualdad. Necesitábamos que llegara al Congreso. No por su pertenencia a un partido, sino por su trayectoria, por sus conocimientos y por su compromiso con las causas que compartíamos.
Y para conseguirlo, muchas mujeres tuvimos que organizarnos y luchar.
Recuerdo a las compañeras que integrábamos la Organización Nacional de Mujeres del PRD. No nos dimos por vencidas. Invadimos la sesión del Consejo Nacional para exigir que personalidades como Marcela Lagarde fueran incluidas en nuestras listas plurinominales. Sabíamos que la cuarta circunscripción era un espacio particularmente disputado y que conseguir un lugar para una candidatura externa no era sencillo.
Pero estábamos convencidas de que las mujeres debíamos tener representación y de que esa representación tenía que significar algo más que ocupar una curul.
Queríamos que llegaran mujeres capaces de defender nuestras causas, de comprender la dimensión de la violencia que enfrentábamos y de convertir nuestras demandas en propuestas legislativas. Queríamos que el feminismo tuviera voz en los espacios de decisión.
En aquel contexto, también hay que reconocer el papel de Rosario Robles, quien encabezaba la dirigencia nacional del partido. Su figura ha sido objeto de estigmas y controversias, pero la memoria política exige mirar los momentos concretos de nuestra historia. Durante su dirigencia se impulsó la apertura a candidaturas externas, y la inclusión de Marcela formó parte de aquella coyuntura. Reconocerlo no significa idealizar a nadie, sino dar cuenta de las decisiones que contribuyeron a abrir espacios para las mujeres.
La candidatura de Marcela, en el marco de la discusión sobre las cuotas de género y la proporción 70-30, tuvo un significado especial: no se trataba solamente de que hubiera más mujeres en las listas, sino de que una feminista con una trayectoria reconocida pudiera representar una agenda que trascendía las fronteras partidistas.
Su llegada importaba porque nuestras causas importaban.
Su trabajo legislativo, particularmente en torno al feminicidio, los derechos de las mujeres y la perspectiva de género, dio expresión institucional a luchas que durante mucho tiempo habían sido sostenidas por activistas, académicas y mujeres organizadas. Sus iniciativas demostraron la importancia de llevar al Congreso asuntos que no podían seguir considerándose privados ni secundarios.
Al recordar aquellos años, pienso también en las compañeras con quienes compartimos esa convicción. En Malú Micher, Hortensia Aragón, Dolores Padierna, Martha Dalia Gastélum, Guadalupe Almaguer, Rosa María Avilés, Angélica de la Peña, Rosa Márquez y Amalia García. Pienso en Adriana Luna Parra, en Ifigenia Martínez y en Rosa Cabrera Lofte, que ya no están físicamente con nosotras, pero cuya presencia forma parte de nuestra memoria colectiva.
Pienso en tantas otras mujeres que insistieron, discutieron, defendieron espacios y se negaron a aceptar que la participación femenina tuviera que limitarse a acompañar decisiones tomadas por otros.
A ellas también pertenece esta historia.
Con el paso del tiempo, nuestras trayectorias han seguido distintos caminos. Las circunstancias políticas cambian, las organizaciones se transforman y la vida nos coloca en nuevos espacios. Pero hay convicciones que no dependen de las siglas ni desaparecen cuando concluye una etapa.
En mi caso, la lucha feminista sigue siendo parte de quien soy.
Hoy continúo mi camino como mujer política, con la memoria de aquellas batallas y con la certeza de que la igualdad, la justicia y una vida libre de violencia siguen siendo tareas pendientes. Creo en la necesidad de abrir espacios para las mujeres, pero también en la responsabilidad que asumimos cuando llegamos a ellos: representar, defender derechos y contribuir a que las generaciones que vienen encuentren menos obstáculos.
Hay algo que quizá solo el tiempo permite comprender: no todas las luchas necesitan repetirse en voz alta para seguir presentes.
Hoy, en los encuentros de mujeres, ya no tomo la palabra como antes. No porque haya olvidado aquellas jornadas ni porque las causas hayan dejado de importarme. Simplemente, ya no necesito contar cada vez lo que viví para saber lo que significó. Lo llevo en la memoria para siempre.
Llevo conmigo a Marcela y lo que representó su llegada al Congreso. Llevo conmigo a las compañeras con quienes compartí la exigencia, la esperanza y la determinación de no darnos por vencidas. Llevo conmigo a quienes ya no están y a quienes seguimos caminando, cada una desde su espacio, con el feminismo latiendo en el corazón.
Porque esta historia no pertenece solamente a una mujer que llegó a una curul. Pertenece también a todas las que luchamos para que llegara; a quienes entendimos que la representación política debía servir para transformar la vida de las mujeres y no convertirse en un fin en sí mismo.
Hoy miro hacia atrás con emoción y gratitud. Reconozco a la mujer que fui, a las compañeras que caminaron conmigo y a la mujer que sigo siendo.
Marcela llegó a la Cámara de Diputados, pero detrás de aquella candidatura había muchas mujeres, muchas voces y una lucha colectiva que no cabe en una lista electoral.
No luchamos solamente para que una mujer llegara. Luchamos para que nuestras causas tuvieran voz, para que nuestros derechos fueran reconocidos y para que ninguna mujer volviera a quedarse fuera.
Esa historia sigue viva en mí.
Y aunque hoy ya no necesite tomar la palabra para contarla, mientras conserve la memoria, la convicción y el compromiso, seguiré siendo parte de esa lucha.
Porque hay causas que no se abandonan con los años. Se convierten en nuestra historia, en nuestra identidad y en la huella que dejamos en el camino de otras mujeres.