Salvador Muñoz
Los Políticos
Marlon Ramírez Marín mantiene en sus redes un video de Fidel Herrera Beltrán. El exgobernador habla ahí con el orgullo priista que lo caracterizaba y termina con una expresión que, vista desde el Veracruz de 2026, adquiere otro significado: “¡Viva el PRI!”, pues una parte importante de la descendencia política de aquella época parece contestarle desde el presente: ¡Sí, pero en el Verde!
El caso más reciente es Américo Zúñiga Martínez. Más de tres décadas de militancia priista, alcalde de Xalapa, diputado local, secretario del Trabajo, dirigente estatal del PRI y, desde este lunes, flamante delegado de Elecciones del Comité Ejecutivo Nacional del Partido Verde en Veracruz para el proceso 2026-2027. No lo mandaron a sembrar arbolitos ni a contar tucanes: lo pusieron en Elecciones. Y Américo no llegó a un desierto.
Allí están figuras provenientes del viejo priismo veracruzano como Jorge Carvallo Delfín, quien llegó a presidir el PRI estatal y acumuló una larga carrera partidista; Alberto Silva Ramos, “El Cisne”, exalcalde de Tuxpan, exdiputado federal y funcionario en gobiernos priistas; Anilú Ingram estuvo un ratito con Fer Kuri así como Renato Alarcón y otros personajes que en distintos momentos encontraron en el Verde –o en la alianza de éste con Morena– una segunda primavera política.
No todos caben, desde luego, en el mismo costal. Carlos Marcelo Ruiz tiene su propia trayectoria dentro del Verde (aunque fue hasta candidato suplente del PRI por una pluri), mientras que Javier Herrera Borunda y Edgar Herrera Lendechy representan otra cosa quizá más interesante: la continuidad de una genealogía política ligada al fidelismo. Javier es hoy secretario de Organización del CEN del PVEM y diputado federal; Edgar dirige al Verde en Veracruz. Fue precisamente Javier quien recibió a Américo con un afectuoso “¡Esta es tu casa, hermano!”. Pues casa nueva, lo que se dice casa nueva, tampoco parece.
Más bien le cambiaron la pintura.
Pero tampoco habría que fingir sorpresa. La política mexicana está llena de árboles genealógicos en los que uno empieza buscando hojas verdes, amarillas, guindas o naranjas y termina encontrando, allá abajo, unas raíces tricolores.
Ocurrió con el PRD. El Partido de la Revolución Democrática no nació exclusivamente de expriistas –confluyeron también partidos y organizaciones de izquierda, movimientos sociales y otras fuerzas– pero una parte fundamental de su liderazgo provino de la ruptura de la Corriente Democrática del PRI. Allí estaban Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez. En 1987 ocurrió una verdadera escisión del partido hegemónico; después vino el Frente Democrático Nacional de 1988 y, finalmente, la fundación del PRD en 1989. Y por ese mismo árbol pasó Andrés Manuel López Obrador.
AMLO inició su carrera política en el PRI tabasqueño, posteriormente se incorporó en 1988 a la corriente encabezada por Cárdenas y Muñoz Ledo, participó en la construcción del PRD, llegó a dirigirlo nacionalmente y años después encabezó el movimiento del que surgiría Morena. Así que, si uno escarba suficientemente profundo en la genealogía de buena parte de la izquierda mexicana, tarde o temprano aparece una hojita tricolor.
Nada nuevo bajo el sol. La diferencia está en la dirección del viaje.
Cárdenas, Muñoz Ledo, Ifigenia y López Obrador rompieron con el partido gobernante para construir una oposición. Dejaron al poder para enfrentarlo.
En Veracruz estamos viendo una pirueta distinta.
Algunos políticos abandonaron un PRI convertido en oposición para terminar en el Verde, partido aliado de Morena y participante de la llamada Cuarta Transformación.
Es decir: unos abandonaron el poder para construir oposición. Otros abandonaron la oposición para acercarse al poder. Ahí cambia bastante la fotosíntesis.
Y por eso la llegada de Américo es políticamente más interesante que un simple cambio de camiseta. El Verde no está reclutando únicamente nombres; está acumulando experiencia electoral, operadores, relaciones, estructuras territoriales y políticos que saben perfectamente cómo funciona una elección. Eso vale oro rumbo a 2027 porque cuando llegue la hora de sentarse con Morena y discutir distritos, candidaturas y espacios, el Verde podrá colocar sobre la mesa algo más que su logotipo y el tucán: Podrá presumir estructura, cuadros y capacidad de operación, curiosamente, buena parte aprendida en la vieja escuela priista; por eso quizá el PRI no esté tan muerto como indican sus resultados electorales. Está disperso… Una parte se fue al PRD. Otra terminó participando en la construcción de Morena. Otros encontraron acomodo en Movimiento Ciudadano y ahora, en Veracruz, un nutrido grupo descubrió de repente una profunda vocación ambientalista.
Darwin estaría fascinado porque esto ya no parece transfuguismo político… ¡Es evolución de las especies!
Y mientras Américo se pone la corbata verde; Carvallo, Silva y compañía reverdecen; Javier y Edgar fortalecen el árbol familiar y Marcelo cobra en la caseta política rumbo a 2027, allá arriba puede imaginarse a Fidel Herrera mirando el paisaje, levantando las manos y preguntando:
—¿Y cuándo chinitas le cambiaron el color al PRI?
Quizá nadie se lo cambió. Quizá simplemente ocurrió algo que ni los biólogos habían previsto: El fidelismo no murió. Hizo fotosíntesis.