Julio Vallejo
La delgada línea entre mi opinión y la tuya
La mañana apenas comenzaba a desperezarse cuando el asfalto me devolvió el pulso de la rutina. Entre el compás de la respiración y el esfuerzo físico, cruzó frente a mí otro corredor que avanzaba en sentido contrario. Cargaba una bocina pesada sobre el hombro derecho y sonreía, maravillado en una supuesta melodía. Sin embargo, un detalle revelaba la farsa: la bocina iba desconectada, completamente vacía de energía. Aquella música no era más que un eco mental de su fechoria, una ficción que el joven habitaba con la ligereza de quien ignora el peso de sus propios actos.
Con el transcurso de los kilómetros, el cerebro oxigenado y la adrenalina a flor de piel, el velo de la ingenuidad cayó. Aquel cuerpo en movimiento no buscaba la salud del deporte, sino la huida del botín. Ahí iba él, ufano con la carga ajena, mientras en algún rincón de la ciudad una familia despertaba en el silencio de lo robado, perpleja ante el despojo y la invasión a su intimidad.
La escena, inevitablemente, trascendió lo anecdótico para volverse una pregunta existencial sobre el origen de nuestras grietas. ¿Qué vacíos afectivos o morales incubamos como sociedad para que la promesa fácil del delito sustituya al esfuerzo? Si esa misma disciplina matutina se encauzara hacia la creación, el destino de este muchacho sería otro. Pero el engranaje del malestar no opera en solitario. A su lado camina el cómplice invisible: el comprador de lo ajeno, aquel que alimenta el ciclo del despojo por la mezquindad de unas monedas, olvidando que al adquirir lo robado está comprando también su propia vulnerabilidad.
Y suspendido en el aire, el gran ausente: el Estado y sus instituciones de seguridad, reducidas a una presencia fantasmal. Ante la inercia burocrática y la puerta giratoria de la impunidad, el ciudadano prefiere el silencio de la resignación antes que el desgaste de una denuncia estéril.
Al concluir el trayecto, con el cuerpo rendido por el esfuerzo y la mente suspendida en la quietud posterior al desgaste, una revelación más profunda se impuso. Comprendí que estamos profundamente cansados. Tan agotados como civilización que cada quien busca un refugio, un sucedáneo de descanso a su propia manera: unos dañando y arrebatando lo ajeno; otros entregando su libertad a cambio de espejismos; y la gran mayoría, resignada, dejando que la inercia nos gane el terreno de lo posible.
Quizá el verdadero robo no sea el objeto físico que falta en una casa, sino el desvanecimiento del sentido común y la empatía colectiva. El cansancio no se curará esperando la salvación de la ley, sino en el momento en que cada uno de nosotros decida sacudirse la apatía y asumir, con valentía, la modesta pero indispensable parte de humanidad que nos toca reparar.




