Javier Duarte
Claudia Constantino

Crónicas urgentes
Hace varias semanas el tema de los principales titulares en los medios de comunicación tenía siempre relación con el retraso en los pagos a trabajadores; la suspensión de pagos a los proveedores del Gobierno del Estado o la retención de participaciones a los municipios. Tras ello, la noticia predominante pasó a ser, nuevamente, la inseguridad. Más aún, la ola de violencia que tiene ensangrentada a la entidad.
Ni la designación, tras larga espera, del candidato del PRI a la gubernatura de dos años robó cámara a la desaparición de personas, los hallazgos de cuerpos y los asesinatos perpetrados por todas partes. Ante el clamor generalizado de justicia para las víctimas de la violencia en Veracruz, el gobernador Javier Duarte de Ochoa, salió a decir en su rueda de prensa de selecta convocatoria, como siempre, que “no habrá espacio para la impunidad”, y respaldó la actuación de su Secretario de Seguridad Pública.
En este contexto, y con las manos visiblemente atadas por los acuerdos cupulares que se tuvieron que realizar para que fuese el siguiente abanderado priista, Héctor Yunes Landa salió al ruedo con un discurso poco atemperado advirtiendo que “vamos a limpiar la casa y no me tiembla la mano”.
La cuestión es que los votantes veracruzanos tienen una sed de justicia inédita; pocas veces se había manifestado un repudio tal, que se lee en medios de comunicación y redes sociales, por el desempeño de Javier Duarte de Ochoa. De modo que el principal beneficiario de tan cuestionada actuación es, por supuesto, Miguel Ángel Yunes Linares, quien salió partiendo plaza con el más incendiario de los discursos y diciéndole al electorado exactamente lo que quiere oír.
Quitarse el estigma de provenir de la misma clase política a la que pertenece Javier Duarte parece una empresa imposible para el candidato del PRI. Que se piense que Héctor Yunes es muy diferente, a pesar de pertenecer al mismo partido y compartir proyectos de gobierno (los de Enrique Peña Nieto), con negociaciones de por medio, donde algo se tuvo que ceder a favor del hasta ahora gobernador del estado, parece muy complicado.
El pleito casado de Miguel Ángel Yunes contra la actual administración estatal, que data desde el Fidelato, parece tener hoy dividendos muy altos de cara a los electores libres. Todos los ciudadanos que no militan en ningún partido, sumados a los que sí lo hacen, en los órganos políticos a los que representará, parecen satisfechos con los señalamientos y acusaciones que lanza el abanderado de la alianza PAN-PRD. No importa que no hayan escuchado una sola propuesta; han escuchado en voz suficientemente alta lo que a ellos mismos les gustaría decirle a la administración duartista.
Así que el resultado es funesto para Héctor Yunes: quien debería ser su principal aliado es su peor lastre. Por su parte, Javier Duarte tolera diariamente el hecho de verse convertido en el principal aliado de su adversario político: Miguel Ángel Yunes. Quienes repudian a Javier Duarte ya no tienen que esperar más para ver su infortunio; con el desempeño de su administración, los desatinos en sus decisiones y su empeño en defender a colaboradores de probada ineficiencia como Arturo Bermúdez Zurita, por citar sólo un nombre de los muchos que los veracruzanos no quieren volver a escuchar, logró este extraño resultado.
No sólo es ya el gobernador abandonado más pronto por sus creaciones políticas (todos esos a los que empoderó), sino además, parece que al día de hoy, la única aportación valiosa que podría hacer en favor de Héctor Yunes es ser encarcelado, o al menos desterrado de la contienda electoral, lo que es imposible siendo gobernador. Sería la manera más contundente que el PRI tendría para decirle a los veracruzanos que Javier Duarte y Héctor Yunes de verdad no son lo mismo.
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