Armando Ortiz
El Hijo Pródigo
En una mañana nublada, invitado por la Secretaría de Educación de Veracruz, dentro de su Programa Estatal de Lectura, acudí a la telesecundaria Jaime Torres Bodet, en la colonia Campo de Tiro. Mi hermana es directora de la telesecundaria Loma Bonita que está todavía más allá del Campo de Tiro; da clases en un lugar que, cuando llueve como ha llovido, se inunda y se llena de lodo.
A decir verdad acudí porque mi hermana me hizo la invitación; claro, no debo de ser descortés, por lo que tengo que decir que fui muy bien atendido. El evento congregó a alumnos de varias telesecundarias por lo que se hizo un grupo nutrido de jóvenes. Sus edades iban de los 12 a los 15 años. A un servidor lo invitaron a dar un taller de escritores. Cuando mi hermana Leonor me lo propuso le dije que se me hacía absurdo intentar que adolescentes de secundaría escribieran algún texto o cuento en dos o tres horas que pudiera durar el taller. Yo he dado talleres de creación literaria y certifico que después de dos semanas algunos de mis talleristas seguían sin crear una sola cuartilla que se atrevieran a leer.
Me tocó un grupo nutrido de jóvenes, varones y féminas que estuvieron muy atentos a mis definiciones sobre literatura. Escucharon con entusiasmo los cuentos y las anécdotas que les leí. No les hablé de técnicas para escribir, antes bien les dije que la escritura sale de un impulso que nos nace en el centro del ser, de una necesidad como la sed, como el hambre, como el deseo. Entonces les pedí que escribieran.
Debo ser sincero, no esperaba mucho de ellos. Trabajaron su texto poco más de media hora. En un receso fuimos a almorzar pollo en barbacoa. Al regreso pedí que levantara la mano el valiente que se atreviera a leer el primer texto; más de uno la levantó. Me agradó que tuvieran buena redacción. Cierto, con una segunda y una tercera revisión los textos hubieran quedado más legibles, pero para ser un primer intento los textos tenían mucho sentido.
Hubo un buen lector de novelas que escribió tres cuartillas de un relato amoroso que alcanzó a entusiasmarme. Una jovencita tímida pudo crear una imagen poética que me fascinó: “Soplaba un viento fuerte, los árboles afuera luchaban contra él”.
Toda esta anécdota viene al caso por la siguiente razón. Ya a punto de concluir las lecturas vi a un jovencito de unos 13 años. Se aferraba a la página que había escrito pero no tenía el valor suficiente como para darle lectura. En el rostro se le veía la intención reprimida. Le pregunté si quería leer su trabajo, titubeó, lo motivé diciéndole que todos sus compañeros habían corrido con suerte, entonces se animó.
El pequeño escritor se puso de pie y pasó al frente. Un nudo se le hizo en la garganta, las palabras le salían sordas. Le pedí que detuviera su lectura; no lo estábamos entendiendo. “Debes de aspirar aire –le dije-, abrir bien la boca y pronunciar las palabras de modo que salgan claras, pausadas”. Siguió mis instrucciones y lo hizo.
Nos leyó un relato en primera persona. Era un sueño, en el sueño el sujeto era un estudiante de secundaria como él; era 2014. El joven sale de su casa. Camina por calles imprecisas. Avanza y encuentra a una mujer con su hija. Saca un arma que trae consigo y les apunta, tiene la intención de dispararles. Pero algo lo detiene, se pregunta si lo que hace está bien, cuestiona su proceder y la acción siguiente responde ese cuestionamiento. Retira el arma de la mujer y de su hija, pero se apunta a la cabeza, tiene la intención de dispararse. En ese momento alguien golpea a su puerta, es su madre que lo despierta del sueño, se le está haciendo tarde para ir a la escuela.
Me quedé en shock, contemplé a la criatura, era un chico de lo más normal, con su uniforme de Príncipe de Gales verde y sus mejillas rojas. Entonces el texto adquirió mucho sentido para mí.
Comprendí que el pequeño escritor a sus escasos 13 años ha vivido en estado consciente, una época en la que las balaceras, los asaltos, las matanzas y la delincuencia es el pan de todos los días. Justo a unas cuadras de donde estábamos la Marina sitió el lugar hace unos meses y abatió a un grupo de delincuentes utilizando granadas y armas de grueso calibre. Unas cuadras más cerca asesinaron a un joven taquero que salía de una tienda. Alguna vez él, saliendo de su escuela, debió buscar refugio para no ser víctima de alguna bala perdida. Quizá por ello en su texto él hable de “calles imprecisas” o quizá lo impreciso sea el destino por el que transita, un destino que no está seguro hacia dónde lo conduce; calles que no llevan a ningún lugar, un destino que lo conduce hacia la nada.
Pero todavía hay conciencia, todavía una voz en el interior cuestiona a su personaje. Pero la lucha entre el bien y el mal es tan intensa que decide mejor eliminar al sujeto en cuestión. Afortunadamente eso no ocurre porque una voz lo despierta del sueño, debe ir a la escuela.
Lo que me deja a mí el relato de este pequeño escritor es el deseo de poder ser esa voz, la voz que despierte a una generación, la voz que evite que se destruyan los jóvenes, la voz que los vuelva a la realidad, que los saque de esas “calles imprecisas” y los conduzca hacia un mejor camino.
Mejor es que los jóvenes, a través de la literatura, puedan desahogar estas inquietudes; mejor la literatura y no la realidad que los circunda.
Eso es lo que me enseñó, en una mañana nublada, este pequeño escritor.
A decir verdad acudí porque mi hermana me hizo la invitación; claro, no debo de ser descortés, por lo que tengo que decir que fui muy bien atendido. El evento congregó a alumnos de varias telesecundarias por lo que se hizo un grupo nutrido de jóvenes. Sus edades iban de los 12 a los 15 años. A un servidor lo invitaron a dar un taller de escritores. Cuando mi hermana Leonor me lo propuso le dije que se me hacía absurdo intentar que adolescentes de secundaría escribieran algún texto o cuento en dos o tres horas que pudiera durar el taller. Yo he dado talleres de creación literaria y certifico que después de dos semanas algunos de mis talleristas seguían sin crear una sola cuartilla que se atrevieran a leer.
Me tocó un grupo nutrido de jóvenes, varones y féminas que estuvieron muy atentos a mis definiciones sobre literatura. Escucharon con entusiasmo los cuentos y las anécdotas que les leí. No les hablé de técnicas para escribir, antes bien les dije que la escritura sale de un impulso que nos nace en el centro del ser, de una necesidad como la sed, como el hambre, como el deseo. Entonces les pedí que escribieran.
Debo ser sincero, no esperaba mucho de ellos. Trabajaron su texto poco más de media hora. En un receso fuimos a almorzar pollo en barbacoa. Al regreso pedí que levantara la mano el valiente que se atreviera a leer el primer texto; más de uno la levantó. Me agradó que tuvieran buena redacción. Cierto, con una segunda y una tercera revisión los textos hubieran quedado más legibles, pero para ser un primer intento los textos tenían mucho sentido.
Hubo un buen lector de novelas que escribió tres cuartillas de un relato amoroso que alcanzó a entusiasmarme. Una jovencita tímida pudo crear una imagen poética que me fascinó: “Soplaba un viento fuerte, los árboles afuera luchaban contra él”.
Toda esta anécdota viene al caso por la siguiente razón. Ya a punto de concluir las lecturas vi a un jovencito de unos 13 años. Se aferraba a la página que había escrito pero no tenía el valor suficiente como para darle lectura. En el rostro se le veía la intención reprimida. Le pregunté si quería leer su trabajo, titubeó, lo motivé diciéndole que todos sus compañeros habían corrido con suerte, entonces se animó.
El pequeño escritor se puso de pie y pasó al frente. Un nudo se le hizo en la garganta, las palabras le salían sordas. Le pedí que detuviera su lectura; no lo estábamos entendiendo. “Debes de aspirar aire –le dije-, abrir bien la boca y pronunciar las palabras de modo que salgan claras, pausadas”. Siguió mis instrucciones y lo hizo.
Nos leyó un relato en primera persona. Era un sueño, en el sueño el sujeto era un estudiante de secundaria como él; era 2014. El joven sale de su casa. Camina por calles imprecisas. Avanza y encuentra a una mujer con su hija. Saca un arma que trae consigo y les apunta, tiene la intención de dispararles. Pero algo lo detiene, se pregunta si lo que hace está bien, cuestiona su proceder y la acción siguiente responde ese cuestionamiento. Retira el arma de la mujer y de su hija, pero se apunta a la cabeza, tiene la intención de dispararse. En ese momento alguien golpea a su puerta, es su madre que lo despierta del sueño, se le está haciendo tarde para ir a la escuela.
Me quedé en shock, contemplé a la criatura, era un chico de lo más normal, con su uniforme de Príncipe de Gales verde y sus mejillas rojas. Entonces el texto adquirió mucho sentido para mí.
Comprendí que el pequeño escritor a sus escasos 13 años ha vivido en estado consciente, una época en la que las balaceras, los asaltos, las matanzas y la delincuencia es el pan de todos los días. Justo a unas cuadras de donde estábamos la Marina sitió el lugar hace unos meses y abatió a un grupo de delincuentes utilizando granadas y armas de grueso calibre. Unas cuadras más cerca asesinaron a un joven taquero que salía de una tienda. Alguna vez él, saliendo de su escuela, debió buscar refugio para no ser víctima de alguna bala perdida. Quizá por ello en su texto él hable de “calles imprecisas” o quizá lo impreciso sea el destino por el que transita, un destino que no está seguro hacia dónde lo conduce; calles que no llevan a ningún lugar, un destino que lo conduce hacia la nada.
Pero todavía hay conciencia, todavía una voz en el interior cuestiona a su personaje. Pero la lucha entre el bien y el mal es tan intensa que decide mejor eliminar al sujeto en cuestión. Afortunadamente eso no ocurre porque una voz lo despierta del sueño, debe ir a la escuela.
Lo que me deja a mí el relato de este pequeño escritor es el deseo de poder ser esa voz, la voz que despierte a una generación, la voz que evite que se destruyan los jóvenes, la voz que los vuelva a la realidad, que los saque de esas “calles imprecisas” y los conduzca hacia un mejor camino.
Mejor es que los jóvenes, a través de la literatura, puedan desahogar estas inquietudes; mejor la literatura y no la realidad que los circunda.
Eso es lo que me enseñó, en una mañana nublada, este pequeño escritor.


