Salvador Muñoz
Los Políticos
Azucena la llamo. Es más fácil que preguntarle su nombre. Y es que vende ramos de azucenas a la entrada de un centro comercial de carita sonriente, muy contrario a su cara.
No sé quién sea más fiel, si ella o nosotros, que cada domingo que vamos, nos encontramos en el mismo punto: justo donde terminan las escaleras eléctricas y siempre nos saluda con ese murmullo, casi imperceptible pero no por ello inentendible.
Vamos, siendo justos, no sólo nos saluda a la mujer y a mí, sino a todos los que entran aunque la mayoría, casi toda, no devuelva el saludo.
Y como cada vez que vamos al centro comercial, la que entra es la mujer mientras Harry y yo esperamos afuera, porque por la condición de perro de mi “hijo”, simplemente tiene prohibido el paso, entonces nos ubicamos Harry y yo cerca de una rampa que me imagino es para personas con discapacidades diferentes o quizás para los carritos con comestibles. Ahí estuvimos esperando unos diez minutos hasta que el sol nos invitó a pasar a la sombra. Nos situamos justo enfrente de Azucena volviéndonos Harry, Azucena y yo, porteros de los visitantes del centro comercial.
Azucena tendrá unos doce años. Morena, espigada, de ropas sucias y zapatos maltratados. Casi no ríe. Sus dientes no sé si cortan las uñas o las limpian pero mientras no pasa gente, se muestran activos más en el “manicure” que en tratar de sonreír.
Pasa la gente y entonces empieza el saludo de Azucena: “¿Me regala para un pan?” y algunas de las personas que entran o salen por ese paso obligado entre ella, mi Harry y yo, tienen tres reacciones en la mayoría de los casos: Indiferencia a la pregunta, un movimiento negativo con la cabeza o voltean a ver a Harry maravillados.
Sí, me sorprende que mi Harry haga a la gente desprenderse de una sonrisa, tener una actitud amable con él y hasta lo pretenda acariciar… y para Azucena, la indiferencia total.
El ocio mañanero me invita a hacer un juego: Averiguar cuántas familias, hasta que salga mi esposa, responden al “¿Me regala para un pan?” de Azucena; cuántos muestran indiferencia y cuántos le hacen más caso a mi Harry.
Creo mi propio estatus de familia entre a los que incluyo a los que va solos, adulto con niño(s), en pareja, adultos y niños.
Así, inicia mi juego.
Han pasado 30 “familias” y en una indiferencia increíble, ni Azucena ni mi Harry les motivan.
A partir de ese número, una mujer con su hija me preguntan si es hembra Harry, lo acarician y me cuentan que ellas tuvieron una hembra.
A partir de ese número, un señor, a la pregunta de Azucena, se para antes de bajar las escaleras eléctricas con su carrito a medio cargar. Se busca en la bolsa trasera… se busca en las bolsas delanteras y se da cuenta que no trae cambio… hace un movimiento a Azucena con la cabeza que bien se pudo interpretar como “No tengo”, “Mala suerte” y siendo más rebuscados, hasta con un “Lo siento” y continúa su camino.
A partir de ese número, Azucena recibe cuatro negaciones con la cabeza y con el “No” dibujado en la boca pero sin que saliera la palabra.
El número 39 es el del milagro. Es un hombre como de 1.90, como de 50 años, que lleva un carro sin mucha despensa y lo acompaña una mujer que supongo es su esposa. A la pregunta de Azucena, el hombre para, mete su mano al pantalón y saca la moneda… la alcanzo a ver: ¡Cinco pesotes!
Veo en Azucena una mirada conocida, cuando en su paso se cruza una niña como de siete años, cabello claro sin llegar a rubio; blusa blanca, muy blanca; una faldita de mezclilla, acompañada de unos zapatos de piso azul brillantes. Es la mirada del que no tiene sobre el que sí tiene. Usted lo ha de entender. No podemos escapar a ese encanto cuando vemos algo que quizás nunca tengamos y nuestra mirada hace incluso que nuestra cara cambie.
En el 40 y 41 es indiferencia justo cuando llega la mujer…
Nos retiramos con mi Harry que está alegre de ver a la mujer. Le brinca, le hace cabriolas, demuestra su ánimo pidiéndole que juegue con él y su correa. Me regreso y trato de preguntarle su nombre… ¡me rajo! y mejor le pregunto qué flores vende. Su respuesta: ¡A diez pesos el ramo! Le hago de nuevo la pregunta y me dice: Azucenas. Me retiro. Alcanzo a mi mujer y a mi “hijo” y le platico a mi esposa lo que estuve haciendo. Vamos bajando la escalera eléctrica mientras Azucena desayuna un pambazo.
Sé que es seguro que el domingo regrese y también sé que es seguro que la vea allí. Lo que no sé es si me atreveré a preguntarle su nombre aunque para mí, ya tiene: es Azucena y sé que para otros será la niña de la calle, aunque para la mayoría, Azucena sencillamente no existe porque para ellos es invisible.
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