Salvador Muñoz
Los Políticos
Fernando Morales, caricaturista del diario “Política”, hace muchos años me contó un cuento:
“En una tribu, a los niños, cuando empiezan a caminar, los ponen a la orilla de una superficie en alto y su madre les pide que salten, en la idea de que serán acogidos en sus brazos que mantienen extendidos. Por supuesto, a la hora de brincar, la madre se hace a un lado mientras el pequeño cae al suelo. La moraleja es que en esta vida, no debes de confiar ni en tu madre”.
II
En la vida cotidiana, siempre escuchamos de nuestros padres que no hagamos contacto con extraños, en gente que se nos acerque, que no hablemos con desconocidos… en pocas palabras, que no confiemos en nadie.
Nos educan para desconfiar. Es válido. No podemos confiar en la gente de al lado porque sencillamente desconocemos si es ladrón o político (valga la redundancia).
Pero no es de ahora, creo que ha sido de siempre. Desconfiar es el verbo para con nuestros semejantes.
Desconfiamos en nuestros vecinos, en nuestros compañeros de trabajo, en nuestro jefe, en nuestros gobernantes, en nuestro alcalde, diputados, senadores y los más loc@s ¡hasta de su espos@!
¡Ah! También desconfiamos de nuestras policías.
III
El primer recuerdo que tengo de una policía es el Comandante Rojas, un “judas” que en la parte posterior de su Grand Marquis, metía a un sujeto esposado con las manos hacia atrás, y en el interior empezó a golpearlo.
El último gran recuerdo que tengo con fuerzas de seguridad fueron las mañanas, tardes o noches que conviví con la policía municipal de Acayucan. Lo mismo jugaba volibol, comía un delicioso ceviche de zanahoria o era fiel testigo de los jenízaros en acción deteniendo a delincuentes bajo el mando del inspector de Policía Ricardo Romero Vergara.
Sí, me sentía a gusto entre policías.
IV
Los operativos que ha implementado el titular de Seguridad Pública en el estado, Arturo Bermúdez Zurita, no dejan de causar sorpresa (por decirlo de manera amigable) entre los ciudadanos. Movimiento de patrullas, de elementos fuertemente armados y ahora, con el condimento de helicópteros sobrevolando la ciudad, “apantallan” al ciudadano común y corriente. No es habitual esto, y por eso, creo, sorprende, causa temor y hasta desconfianza. Parte de esto se debe a que los operativos se dan sin previo aviso y por una razón sencilla: Si se avisa, es seguro que no habría resultados positivos, es decir, detectar delincuentes o hacer desistir cualquier intento de delinquir por parte de los “malosos”.
V
Efectivamente. Dentro de las tareas que tiene Arturo Bermúdez Zurita, además de la seguridad pública, está la de ganarse la confianza de la ciudadanía. Sí, es decir, cuando el ciudadano vea una patrulla con elementos bien armados, se sienta tranquilo y al contrario, la delincuencia se sienta mal, tenga miedo y sus intenciones, sean cuales fueren, se vean disminuidas. Vaya, eso debiera ser lo lógico, pero, sinceramente, ¿cuál es su reacción si va caminando y se encuentra con una patrulla de Seguridad Pública? ¿Se siente incómodo? ¿Le da miedo? ¿Espera que se aleje lo más pronto posible? ¿Le es indiferente? ¿Los ve con desprecio?
VI
Claro, también una de las tareas de Bermúdez Zurita es devolverle al policía el orgullo de ser Policía (así, con mayúscula), de que porte con garbo ese uniforme, de que sienta ese amor por la camiseta y por servir, antes que a nadie, a la sociedad.
Y por supuesto… no es fácil. Pues igual ha de ser complicado para el Policía como para el ciudadano externar, radiar, generar confianza que tener confianza.
Vaya… estamos acostumbrados a lo más fácil: No tener confianza más que confiar.
Si hubiera que hacer una analogía de la confianza al policía, me imagino a dos caníbales homosexuales teniendo un 69.
Sí, vaya que la confianza es un riesgo… aunque los resultados del trabajo de la policía será el mejor elemento para que se ganen la confianza de la ciudadanía.
Por mí, ¡que sigan los operativos!
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