Laura Bibiana López Contreras
Una voz en la conciencia

Desde lo alto de las murallas de Troya, Andrómaca —toda de tristeza hasta los pies vestida— presencia el fatídico final de su amado Héctor. Aquiles, el de los pies ligeros, le atraviesa la garganta con la pica y se lamenta ante los dioses por no haberlo hecho capaz de devorar la carne cruda de su odiado enemigo. A Andrómaca —lo mismo que a María en su tiempo— una espada le atraviesa el corazón al mirar como el cadáver del hombre al que tanto amó es humillado terriblemente, primero ante la bestialidad de los soldados griegos y después ante la impiedad de Aquiles que lo arrastra sin misericordia por los alrededores de la ciudad de Príamo. Después las tretas de Ulises se encargarán del gran final: la construcción de un enorme caballo de madera con el vientre hueco, la introducción de los guerreros griegos más sanguinarios en el escondite y la aparente partida de los hijos de Micenas. Del resto responderá el temible destino.
A la hora indicada los infiltrados salen en silencio de su escondite y corren a abrir las puertas de las murallas para que entren sus compañeros. Desde ese instante en Troya todo es dolor, angustia, pavor. Los troyanos, todavía desconcertados, son pasados a cuchillo sin ninguna piedad. Los ancianos igualmente miran llegar su postrer instante sin que haya un solo movimiento de duda de parte de los verdugos. Las mujeres son violadas e inmediatamente después se les corta el cuello. Aún los niños son presa en esta noche horrible de muerte y desolación, y mientras tratan de refugiarse abrazándose a las piernas de sus madres sienten el filo helado de las espadas. Todo Troya ha caído en el terror. Doquier se escuchan los gritos que solicitan piedad.
El panorama es dantesco: cuerpos sin cabeza, cadáveres de mujeres desnudas y ensangrentadas, brazos y piernas de niños destrozados… ¿Por qué? ¿Acaso porque a una mujer —Helena— se le ocurrió la idea de abandonar a su esposo para huir con otro hombre? ¿O posiblemente porque Zeus había decretado que la guerra era la mejor manera de controlar la explosión demográfica de aquellos días? ¿O quizá porque la guerra de Troya representaba un tablero magnífico para que los dioses olímpicos jugaran una partida de ajedrez sanguinario, sacrificando por igual a reyes, a torres y sobre todo a peones?
La guerra no es más que la prueba de que el hombre no ha podido vencer su bestialidad, y todavía se haya atado a su primitiva violencia y sinrazón. A la guerra de Troya antecedieron otras miles de iguales dimensiones, y le siguieron tantas que ni siquiera somos capaces de contarlas. El sufrimiento, la muerte, la desolación, la orfandad, el llanto, la desesperación, el odio irreconciliable, el hambre, la enfermedad, la desesperanza, son sólo algunas de las monedas que se pagan cada vez que —como dijo nuestro amado Jaime Torres Bodet— un hombre penetra, a mano armada, en la vida indefensa de otros hombres.
Las mujeres de Troya que no fueron asesinadas recibieron todo el peso de la amargura, el dolor y la desesperación. Hécuba, la viuda del rey Príamo, arrastra con sus pasos su desolación. Ella que había sido una reina digna y poderosa, ahora se halla reducida a la esclavitud, sin patria, sin hogar, sin esposo, sin hijos, sin esperanza de ver algún día otra vez su ciudad. Sus clamores desgarran el corazón de quien los escucha y, sin embargo, continua en posición estoica, manteniendo a toda costa la dignidad que le es propia por su nobleza.
Quizá no hay retrato mejor en toda la literatura griega acerca de las mujeres en sus diferentes facetas, con todo y que Aristófanes llegó a acusar a Eurípides de misógino. Pero más allá de cualquier interpretación neofeminista, Las Troyanas tiene la virtud de presentarnos todo el dolor que causa la guerra. Creo que esta obra lo mismo podría llamarse así o las palestinas, las kosovares, las afganas, las chechenas, las somalíes, las guatemaltecas, las colombinas o las mexicanas. El sufrimiento es el mismo. La guerra es siempre por la misma causa: por la irracionalidad del hombre, por su negativa a apartarse de su naturaleza bestial, por la ceguera que le causan los grandes engaños de sus dirigentes cuando los instan a pelear por la defensa de la patria, del honor, de la libertad… cuando en realidad están yendo a la muerte a beneficio de los pocos que van a poder disfrutar del botín.
No sé cuántas guerras se estén desarrollando en este momento en el mundo —los dedos no me alcanzan para contar, y después de diez mis conocimientos de matemáticas son escasos—, pero sí sé que todas ellas tendrán el mismo fin: cuadros de destrucción, en donde las lágrimas se mezclen con los gritos de desesperación; madres que tendrán que enterrar, excavando en la tierra con las propias uñas, a sus padres, a sus esposos y a sus hijos, mientras el corazón se les cae a pedazos ante el desconsuelo; niños que tendrán que enfrentarse al hambre y a la pobreza teniendo que recurrir a la prostitución para poder llevarse un pedazo de pan a la boca; ancianos que arrastran los pies cansados entre los añicos de sus recuerdos, buscando inútilmente una explicación, imprecando a Dios por tanto sufrimiento sin sentido; jóvenes que mirarán con cuanta facilidad una bala o un cuchillo o una bomba o una granada les destroza los sueños, y ya no más soñarán con convertirse en artistas o en hombres de ciencia, pues todo lo que verán será la mismísima muerte.