Liz Mariana Bravo Flores
Andanzas de una Nutria

“…El mar nos está esperando a poco tiempo del sueño, sólo es cuestión de unos pasos, esos que reprime el miedo, vayamos, pues a abrazarlo como un amante que vuelve de un tiempo que nos robaron, ese que nos pertenece…”.
Luis Eduardo Aute.

“Échame alcohol, échame alcohol” gritaba mi padre con el dolor en el rostro y en la voz. Jorge corrió por la botella de ron para echarle un chorro en la mano y desinfectar con eso la herida a falta de alcohol de curación. “No, en la mano no, en la boca, porque no soporto el dolor”, añadió papá con lágrimas escurriendo.
Pocas veces lo he visto enfermo o quejándose por alguna dolencia corporal y esa noche fue una de ellas.
Habíamos salido a pescar con mi padrino Jorge. La noche había estado tranquila, pues caía un pez de vez en cuando, pero eso sí, muy divertida con los chistes y puntadas espontáneas.
Un bagre mordió el anzuelo de papá y, tras la lucha natural, salió del agua salpicándonos con su movimiento.
Aunque estos peces usualmente se regresan al agua porque no entran a concurso, esa noche era pesca entre amigos y mi padre quería llevarlo para hacerlo en caldo.
Cuando se pesca un bagre hay que tener cuidado al momento de destrabarlo del anzuelo, pues la púa de su aleta dorsal es sumamente ponzoñosa y, si la levanta al momento de agarrarlo, es muy fácil que nos pique. Esto es algo que teníamos claro, por lo que papá se puso un guante de electricista antes de agarrar al animal, tomó las pinzas de pesca y justo cuando intentaba agarrar al pez sucedió lo que puso fin a la pesca de esa noche: el bagre extendió su aleta para atravesar de lado a lado el guante de cuero y la enorme mano de quien lo sostenía.
Acudimos a sus gritos de auxilio. Mi corta edad me permitía ayudar con cosas sencillas, como comenzar a recoger el equipo, guardarlo, sostener firme la lámpara para alumbrar la “operación bagre”, que consistió en que mi padrino arrancara al pez de su espina, pues el movimiento natural del animal fuera del agua removía la púa en la mano.
Fue impresionante ver que el veneno de la espina de un pez de medio kilo es capaz de doblar del dolor a un hombre de 1.80 de estatura, mucho más de 100 kilos de peso, fuerte y sano, hasta el punto de llevarlo casi al desmayo.
Tras mucho batallar, Jorge logró sacar la púa de la mano de papá, dejando en su lugar un hoyo que la atravesaba, limpió la herida y le advirtió de los síntomas que vendrían.
Regresamos al campamento para poder medicarlo, pues no tardó en tener fiebre, dolor de cabeza y un poco de nauseas.
Esa noche quedó demostrado que en la pesca deportiva, la lucha hombre-pez es equitativa, pues la naturaleza tiene un cúmulo de defensas, como la del bagre, o los peces que cuando se sienten amenazados se encuevan debajo del agua durante horas, dejando nuestro anzuelo atrapado; los casos en que el pez tiene dientes filosos, como los peces cochino y conejo, que son capaces de trozar la alambrada (que se utiliza en vez de hilo de pescar para este tipo de animales) de tan sólo una mordida.
Desde luego, papá lo último que quería era hacer el caldo de bagre, pues el dolor continuó en su mano y brazo durante varios días.
Por ahora me despido, no sin antes agradecer a usted amable lector por seguir mis líneas, mis historias, las andanzas de pesca y de vida de esta Nutria Marina y permitir con ello que llegaramos a la columna cincuenta y, sin lugar a dudas, a las muchas que están por venir.
Aprovecho también para felicitar al periódico El Heraldo de Xalapa por su primer aniversario.

nutriamarina@gmail.com