Liz Mariana Bravo Flores
Andanzas de una Nutria
“Pero no cambia mi amor, por más lejos que me encuentre, Ni el recuerdo ni el dolor, de mi pueblo y de mi gente, Y lo que cambio ayer, tendrá que cambiar mañana. Así como cambio yo, en esta tierra lejana…”.
Julio Numhauser
Han pasado 22 años desde la primera vez que tomé una caña entre mis manitas con ayuda de mi padre y por amor a él. Desde aquél día esa es nuestra actividad, la que compartimos juntos, solos, en la que nos confiamos secretos, emociones, desde aquel día la pesca se convirtió en nuestro momento, vínculo y espacio.
En sus inicios, a veces acompañados por mi padrino, Jorge García Gómez, por Gabriel Ventura, a veces sólo nosotros dos y alguna vez por un amigo mío; pero siempre con la certeza de que, con el mar como testigo, en la playa encontraríamos el momento ideal para la charla y compartir.
Conforme nos adentramos más en el mundo de la pesca, comenzamos a salir con los integrantes del Club de Caza y Pesca “El Baloncito de Xalapa” y el momento para el deporte se convirtió en un espacio de convivencia con amigos, de esparcimiento y diversión pero, de manera regular, papá y yo encontramos nuestro tiempo, nuestro abrazo.
En el día a día aprendo un sinfín de enseñanzas de mi padre, Carlos Bravo, pero sin lugar a dudas, cuando más consejos recibo de manera explícita de él es en el compartir en la playa con una caña de pescar, unos anzuelos y, en su caso, un campamento.
Recuerdo que la primera lección de vida que aprendí en la pesca fue que el disfrute implica responsabilidades y tareas, pues no se trataba sólo de llegar a la playa, recibir el sol, la alegría, guardar la majestuosidad del mar por mis pupilas, un rico manjar y la maravillosa sensación de luchar con un pez de cualquier tamaño, no. La pesca implica preparar las cañas, carretes, hieleras, la cajita de los anzuelos, plomos, ropa, mesas, sillas y demás accesorios para la excursión, ahora bien, si la decisión era acampar en la playa implicaba alistar todo lo del campamento.
Más allá de eso, levantarse en la madrugada para preparar las tortas y salir a carretera antes del amanecer. Al llegar al mar hay que instalar todo, armar las cañas y, entonces sí, a pescar se ha dicho.
Cuando el cansancio se apoderó del cuerpo, explotamos la diversión y se decide regresar a casa, hay que aliñar los pescados pues, las vísceras despiden un aroma fuerte para un espacio cerrado como el hogar.
Primero, quitamos las escamas en sentido contrario a su nacimiento, las branquias y, finalmente, se inserta la punta del cuchillo por el ano de pescado para, con cuidado de no reventar alguna tripa, se abra por mitad y se limpie su interior.
Para concluir, se limpia todo el equipo antes de subirlo al vehículo que nos traerá de regreso y, al llegar a casa hay que lavar todo muy bien con agua y jabón para quitar el salitre, antes de volver a poner todo en su lugar.
Tenía sólo seis años cuando aprendí a pescar y, para muchos, era demasiado pequeña para encargarme de la faena; pero mi padre, amoroso y en el afán de formarme para la vida, me responsabilizaba de tareas que me hicieron comprender que todo disfrute implica responsabilidades.
Conforme crecí, se han presentado ocasiones en que la oportunidad y horarios me permiten ir de pesca sin papá, pero a pesar de que la compañía sea distinta, nunca ha cambiado ni lo hará la sensación de conexión con él, el lazo afectivo, el vínculo, nuestra comunicación y el deseo de su compañía.
Segura estoy que, aunque mi vida cambié, mis lazos y responsabilidades afectivas, de que el compartir de la pesca se modifique, papá y yo siempre encontraremos ahí nuestro espacio y tiempo sólo para nosotros.
Independientemente de ello, 22 años más tarde, conforme mi vida va cambiando, he comprobado en un millón de ocasiones que, todo gusto, disfrute y alegría, implica responsabilidades, compromisos, entrega y voluntad.
nutriamarina@gmail.com


