Luis Alberto Romero
Salíamos de El Heraldo antes de medianoche, cuando justo en el portón de acceso al periódico, un joven era atendido por socorristas de Cruz Roja; estaba golpeado y con una lesión a la altura del abdomen, misma que se marcaba con sangre en la camisa.
Una patrulla y la ambulancia estaban en el lugar para atender al sujeto, que no pasaba de 20 años. Lo que llama la atención es que el hecho ocurrió a menos de cien metros de Palacio Municipal, muy cerca del parque Juárez y próximo también a Palacio de Gobierno.
El problema es que no se trata de un hecho aislado, porque la avenida Ávila Camacho se convierte cada fin de semana en el campo de batalla en que las pandillas locales dirimen sus diferencias a golpes o a navajazos, como en este caso.
Desafortunadamente, estos hechos no se registran por la madrugada en colonias apartadas, mal iluminadas y sin servicio de vigilancia o seguridad; ocurren en el centro de la capital del estado, donde viernes, sábado y domingo son frecuentes las agresiones de este tipo.
Ni que decir de las colonias Veracruz, el Porvenir, Plan de Ayala, Reserva Territorial, Tabasco, Mártires de Chicago, Caminos o el Dique, que se convirtieron ya en un territorio casi prohibido para los cuerpos policíacos. En esos asentamientos difícilmente llega la policía; son zonas dominadas por las decenas de pandillas que existen en Xalapa.
Las bandas de Los Sureños, Los Reñas, Los Patos, Los Pelones o Los Sayayines dominan varias colonias de Xalapa y son el azote de los jóvenes de este lugar. De acuerdo con estimaciones del propio ayuntamiento, en esta ciudad operan más de 80 organizaciones de este tipo, que normalmente incurren en delitos que van desde el robo o asalto a transeúntes, hasta vandalismo y en casos extremos, violaciones y asesinatos.
Sin embargo, el mayor problema no radica en la peligrosidad de las pandillas jalapeñas, ni en el enfrentamiento y la rivalidad que existe entre éstas, sino en el hecho de que las pandillas son el semillero de la delincuencia organizada.
Y es que el cóctel resulta peor cuando a la pobreza y a las condiciones de alta marginalidad en colonias, se suma la falta de oportunidades laborales para los jóvenes y la importación de modelos surgidos de la descomposición social.
Desafortunadamente, no se observan esfuerzos y acciones gubernamentales que busquen alejar a los jóvenes del vandalismo y de las pandillas.
Por otro lado, si bien resulta cierto que los términos “delincuencia organizada” y “pandilla” no son lo mismo, ambos fenómenos tienen una estrecha relación y entre ellos hay una línea divisoria sumamente delgada.
Por desgracia, mientras no se generen las condiciones para desintegrar estos grupos; mientras no se instrumenten acciones para que los jóvenes tengan acceso a la educación y al empleo, seguiremos siendo testigos del enfrentamiento, cada vez más encarnizado, de las pandillas y de las frecuentes agresiones de los vándalos.
luisromero85@hotmail.com


