Liz Mariana Bravo Flores
Andanzas de una Nutria
“Un viejo y un niño desnudo se ven jugando en la arena la vida de mar”.
Silvio Rodríguez.
Paciencia, orientación, observación, tacto, percepción, astucia, destreza y buen humor, son sólo algunas de las muchas cualidades que un pescador debe poseer de manera ideal; sin embargo, si no posees alguna de éstas, segura contarás con otras virtudes que lo compensen.
Como se ha mencionado en las andanzas anteriores, ante todo es necesaria la actitud positiva y el deseo de disfrutar la pesca, ambas son dos cualidades que siempre he encontrado en los miembros del Club de Caza y Pesca “El Baloncito de Xalapa” cuando he salido a pescar con ellos.
De las características anteriores hay algunas que poseo y muchas otras a las que llegué tarde a la repartición, como es el caso de la buena orientación, lo que de manera continua me pierde en la ciudad, mar, playa y caminos del mundo.
En las andanzas de esta “Nutria” hay una que compartí con Fidel Serrano “Chocorrol”, Felipe Saldaña, Edwin Bello, Don Juan Bernard, mi padre, Carlos Bravo Matus y Eduardo Serrano Taxilaga quien por primera vez salía a pescar en lancha.
Decidimos emprender camino hacia Chachalacas para pescar en la lancha que conducía Macrino, así es que armamos el equipo, nos cargamos de buena vibra y tras amanecer navegamos mar adentro.
Petos, cochinos, cabrillas y rubias fueron algunos de los animales que sacamos en nuestro recorrido. Las gaviotas vigilantes seguían nuestra estela y, cuando podían, arrebataban la carnada de nuestros anzuelos.
Risas y buen humor eran la sal y pimienta de la jornada. De repente el tiempo cambió, el mar comenzó a picarse y el viento se aceleró.
Don Juan dio la instrucción a Macrino de regresar y lo hicimos a velocidad.
Aún era temprano cuando estábamos fuera del mar y las ganas por continuar quemaban nuestras venas. Fue así que Felipe Saldaña propuso ir a un lugar paradisiaco, un edén natural muy cerca de Cardel: El Guayabal.
Entramos a un costado de la carretera a un camino sinuoso de terracería, pasamos nopaleras, árboles, arbustos y cada uno representaba un señalamiento para llegar al punto.
Árboles enormes regalando su sombra, laguna, aves, ranas, calma son sólo algunas de las maravillas que ahí encontramos.
Tras instalar campamento, entramos a pescar en la lancha de Felipe Saldaña. Ningún bicho se enganchó al anzuelo pero la diversión y el placer de recorrer la laguna para disfrutar el paisaje valieron la pena.
Avanzado el día las tripas comenzaron a crujir, por lo que “Chocorrol” puso manos a la obra y muy al estilo de un chef, designó a cada uno de sus “pinches” alguna tarea a realizar: “pica el jitomate, tú la cebolla, corta el chile, prepara las bebidas, desmenuza el pescado, tu aliñalo…”, con un peto de los que habíamos pescado preparó, a la orilla de la laguna, el más delicioso ceviche que jamás haya probado.
Compartimos el alimento con los lugareños quienes, en agradecimiento, nos llenaron de atenciones: mesa, sillas, refrescos, tamales, sandías frescas, frijoles y muchas más.
Una semana después intenté regresar a ese lugar con mis amigos para disfrutar y hacer pic nic, pero mi falta de observación y orientación nos brindaron una aventura inolvidable, pues además de olvidar las frías en el punto de partida, conducimos por más de tres horas por terracería en busca de “El guayabal”, dejamos un coche abandonado a mitad del camino pues, por ser deportivo no podía avanzar más o el camino pedregoso lo dañaría, nos “ajardinamos” a bordo de una camioneta y, después de largo rato perdido, de imaginar agua entre las piedras, de deshidratarnos, salimos a “Carrizal” y finalmente fuimos a parar a “Palo Gacho”.
Quizá haya muchas virtudes de las que carece esta nutria, pero como buen perro de agua hay algo que jamás perderé, la necesidad de aventura, de explorar, la necesidad del contacto con la naturaleza y actitud para disfrutar.
nutriamarina@gmail.com


