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Dulce María Palestino
Carta a mi mama / Juvecan Coatepec
Hola, cuerpo:
Hemos estado juntos casi seis décadas, y jamás imaginé que pudieras enfermar. Mucho menos pensé que perderías una parte de ti.
Las mamas representan, en la vida de una mujer, la feminidad, el erotismo, la capacidad de alimentar a nuestros hijos. Perderlas es algo profundamente significativo.
Cuando supimos que teníamos cáncer, lo único que pasaba por tu mente era no morir. No importaba lo que ibas a perder, ni lo que sentirías después.
Tu necesidad de vivir no permitió sentir dolor ni ausencia. Solo querías que desapareciera eso que no debía estar en ti.
Amada mama, pensé que no te iba a extrañar. Pero hace un par de semanas me di cuenta, de verdad, que ya no estabas.
Cuando quise abrazarme, tocar mi corazón, sentí un hueco. Un hueco en mi cuerpo… un vacío en mí.
Ya no estás. Y en ese momento entendí lo que realmente se fue.
Me llené de vergüenza, de dolor por tu ausencia. Me di cuenta de que algo me falta, y lloré tu partida.
Me abracé y te dije: ¡te extraño!
Lloré y lloré… hasta que encontré paz en mí.
Imaginé ese frasco frío donde estás ahora, tal vez rota, tal vez fragmentada… y te pedí perdón.
Gracias por haberme permitido lucirte con un buen escote, por hacerme sentir plena al ser madre, por haber alimentado a mis hijos.
Recordé cuando dolías al surgir, y cada ciclo menstrual que me recordaba que ahí estabas.
Te disfruté en la intimidad, donde me recordabas mi placer.
Gracias por todo lo que vivimos juntas.
Gracias por avisarme de este cáncer.
Te suelto. Te dejo ir.
Y te pido perdón… por no haberte cuidado como debí hacerlo.
• Ejercicio terapéutico para despedirse de nuestra glándula mamaria enferma a través de una carta.


