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Jorge Viveros Pasquel
Para Israel, la situación es clara, si no se actúa con decisión ahora, Irán puede terminar siguiendo el camino de Corea del Norte, que logró desarrollar armas nucleares funcionales en 2009, tras años de tensión, negociaciones fallidas y un retiro progresivo del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP). Para Tel Aviv, no se trata sólo de impedir el acceso a armas nucleares a Irán, sino de evitar que ese régimen consolide una posición hegemónica en la región que sea irreversible. Desde la perspectiva israelí, una vez que Irán cruce el umbral nuclear, ya no habrá marcha atrás; se convertirá en una potencia cada vez más importante con capacidad de disuasión y sus aspiraciones regionales, que incluyen respaldo a actores como Hezbolá, los hutíes en Yemen o las milicias chiitas en Siria e Irak, se verán fortalecidas de forma definitiva. Es por eso que Israel ya no busca contener a Irán, sino desmantelar su régimen, y para ello considera necesaria una guerra abierta con la participación de Estados Unidos. La idea sería replicar, en cierta medida, lo que se intentó hacer en Irak en 2003, eliminar un régimen considerado peligroso, pero el contexto hoy es mucho más volátil y con consecuencias potencialmente mucho más destructivas. Sus medidas de disuasión incluyen el uso masivo del F‑35I Adir, un caza multifunción con capacidades de bombardeo táctico adaptado específicamente a las necesidades de misión de Israel, su combinación de stealth, guerra electrónica, y capacidad de carga lo sitúa a la vanguardia de la aérea militar y con ellos, entre otros aviones de última generación, hoy Israel ya controla el cielo de Teherán.
Irán, por su parte, una república islámica radical cuyo sistema político teocrático chiita no está dispuesto a ceder, pues cuenta con uno de los ejércitos con mayor número de proyectiles en el mundo, desde hace unas horas está utilizando para atacar al estado Hebreo un misil hipersónico, el Fattah‑1, que según reportes periodísticos, llegaría a territorio israelí aproximadamente en sólo 400 segundos. Renunciar a su programa nuclear significaría, en su visión, claudicar frente al enemigo sionista y al imperialismo estadounidense. Y más allá de la cuestión militar, la renuncia podría derivar en una crisis política interna de gran magnitud, posiblemente el colapso del sistema teocrático, o incluso una guerra civil. El régimen iraní sabe que detener su programa puede ser percibido por sus sectores más radicales como una traición, lo cual podría desestabilizar completamente al país desde adentro. Además, considera que resistir el ataque mediático, digital, diplomático y militar de Israel es una cuestión de supervivencia política e ideológica.
Estados Unidos, por último, se encuentra cada vez más convencido por los sectores dentro del ala más dura del entorno de Trump, quienes creen inevitable y están empujando una intervención militar directa. Para estos sectores, permitir que Irán llegue a ser una potencia nuclear significaría repetir el error de Corea del Norte y dejar a un enemigo jurado con capacidad de disuasión total. Para evitar esto y penetrar las supuestas instalaciones subterráneas donde Irán desarrolla tecnología nuclear, utilizaría la GBU‑57A/B MOP (Massive Ordnance Penetrator) un misil capaz de penetrar de 10 a 18 metros de concreto reforzado. Al mismo tiempo, el Pentágono es consciente de que una guerra con Irán no se parecería a las campañas anteriores en Medio Oriente. Irán tiene una capacidad militar mucho más desarrollada, una red de aliados regionales y una sociedad políticamente movilizada en torno a la idea de resistencia. Cualquier conflicto podría fácilmente extenderse a Líbano, Siria, Gaza, Yemen e incluso afectar la seguridad en el Golfo Pérsico y el estrecho de Ormuz y con ello interrumpir total o parcialmente el suministro de petróleo transportado en esa zona que asciende alrededor del 21 % del consumo total de petróleo a nivel mundial, es decir uno de cada cinco barriles de petróleo pasa por ese estrecho.
La ventana estratégica para evitar el conflicto armado generalizado parece haberse cerrado. Cada hora que pasa hay más ataques y menos espacio para una solución diplomática. Israel ya ha decidido que no va a permitirse otro error como el de Corea del Norte, y por eso presiona para una acción conjunta que impida que Irán complete su proyecto nuclear. Irán, al mismo tiempo, se aferra a su programa como pilar de su soberanía, sabiendo que rendirse sería una sentencia de muerte política para su régimen. La tensión se acumula. Si el conflicto se convierte en guerra abierta, aunque Israel y USA obtengan una victoria militar contundente, el resultado probablemente sea una paz con una región muy desestabilizada por grupos de militantes que seguirán combatiendo a Israel en múltiples frentes y serán una amenaza a la seguridad nacional y energética de los Estados Unidos. Por lo tanto, en esa posible guerra no hay soluciones a medias tintas; o se impone un cambio de régimen en Irán o se consolida un nuevo orden regional liderado por una potencia nuclear hostil a Occidente.



