Jorge Viveros Pasquel
La invasión de los Estados Unidos a Venezuela bajo la forma de una operación militar para capturar al Dictador Nicolás Maduro, debe analizarse no solo desde una narrativa moral de la democracia, si
no también desde la lógica dura de la geopolítica. La historia reciente demuestra que Washington muy rara vez (o mas bien nunca ) actúa movido por la defensa de valores democráticos, y si, cuando existe un interés estratégico mayor en juego. El bombardeo de lanchas, en donde se demostró que también iban pescadores inocentes, sólo sirvió a la narrativa para él control hemisférico del petróleo.
Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, con más de 300 mil millones de barriles, de acuerdo con datos de la OPEP. Este recurso, se ha convertido en un activo geopolítico clave en el contexto de la rivalidad entre Estados Unidos, China y Rusia. Beijing ha financiado al régimen venezolano con decenas de miles de millones de dólares en préstamos respaldados por petróleo, mientras Moscú ha asegurado presencia estratégica mediante apoyo militar y de infraestructura energética, mientras que para Washington, permitir que dos potencias rivales consoliden influencia en el hemisferio occidental, resulta inaceptable.
Desde esta óptica, la invasión militar directa, no tiene como objetivo real desmantelar el chavismo como sistema, ni mucho menos impulsar una transición democrática genuina. La experiencia en Libia o Afganistán demuestra que la caída de un líder no implica la desaparición del régimen que lo sostiene. El interés central de USA es reconfigurar el control del petróleo venezolano y hemisférico, impedir que siga fluyendo bajo esquemas preferenciales hacia China o Rusia, y reincorporarlo al mercado global bajo condiciones favorables a empresas y aliados estadounidenses.
México no sería un actor neutral en este escenario. Como país energético, frontera sur de Estados Unidos y defensor histórico del principio de no intervención y de la Doctrina Estrada, una operación de esta naturaleza tendrá consecuencias directas, pues aumentará el precio del petróleo, apreciará el dólar y ante inestabilidad política grave en Venezuela se puede prever que incrementarán las masas migratorias, aunque también polarizará las posturas diplomáticas de América Latina y colocaría a México ante una disyuntiva incómoda, alinearse con Washington o reafirmar una política exterior soberana a costa de fricciones económicas y políticas. Pienso que la Presidencia actuará en grupo con Brasil y Colombia, mientras le sea posible.
Si la justificación de esta intervención es el carácter autoritario de un gobierno, el margen para intervenciones selectivas se amplía de manera arbitraria y exponencial. En un mundo cada vez más multipolar, esta lógica erosiona el derecho internacional y normaliza el uso de la fuerza como una herramienta de gestión, qué más bien parece a últimas fechas, ser el común denominador; Ucrania, Gaza y ahora Venezuela…ya solo falta China.
Más que una cruzada contra dictaduras, una acción de este tipo, confirmaría que el petróleo sigue siendo el factor decisivo de la política global. Para México, comprender esta dinámica no es un ejercicio meramente académico, sino una necesidad estratégica. La estabilidad regional y la defensa de la soberanía no se protegen con discursos, sino con una apropiada política de seguridad nacional, con lecturas realista del poder y de los intereses que lo mueven.



