Ramón Alberto Reyes Viveros
Zoociedad Anónima

El poder de servir

— De lo consignado en esta columna dejaré videos en mis redes sociales, como testimonio. —

“El poder verdadero radica en la inteligencia, no en el puesto que ocupas.”

En México, desde tiempos ancestrales, fuimos educados para creer que el hábito sí hace al monje, no solo lo viste.

Crecimos con la idea de que el penacho, las coronas, los títulos nobiliarios y hasta los cargos públicos —políticos o de la iniciativa privada— engrandecían al hombre.

Que el escritorio otorga virtudes.
Que la escolta sustituye o dota de carácter.

Y hasta la fecha seguimos confundiendo autoridad con distancia, respeto con servilismo y liderazgo con que alguien más se agache por ti o acepte todas tus decisiones, aunque sean incorrectas, sin oponerse.

Quien esto escribe, desde la opacidad de su intelecto, ha sostenido desde hace al menos veinticinco años que los cargos son apenas apodos temporales.

Porque la historia los quita con la misma facilidad con la que los concede.

Muchos de los que me conocen y me han dado la oportunidad de coincidir y aprender de ellos, en lo laboral e incluso en lo personal, han constatado la presencia de las cajas de archivo muerto visibles desde mi asiento de trabajo.

Están ahí porque sé que un día ese espacio será de otro.
Seguramente mejor que yo.

Incluso en mis momentos de mayor felicidad, al compartir aula con jóvenes a quienes nunca llamé —ni llamo— “alumnos”, sino compañeros de salón, he insistido en una idea:

La oficina mejor amueblada debe ser siempre la de tu cerebro.

Esa la llevas contigo a todas partes.

No por fingir humildad ni superioridad moral o intelectual, sino por colaborar en la formación de mejores ciudadanos, líderes y verdaderos conductores de sus propias vidas.

No simples copias de personajes que se disfrazan en público para quedar desnudos en privado.

Por eso hay escenas que, sin proponérselo, terminan explicando culturas sociales y políticas completas.

Escenas que nunca estoy dispuesto a dejar pasar.

Cumplo así mi compromiso de escribir solo cuando tengo algo que decir, y no por obligación, tradición o autocomplacencia.

Por eso hoy esta Zoociedad Anónima no esconde mi verdadera militancia.

La que se empeña en ponerse del lado de lo mejor y no de lo peor.
De lo original y no de las copias.
Del libre pensamiento y la libre expresión, y no de la repetición sistemática y banal de protocolos —de izquierda o de derecha— que solo benefician a quienes los promueven.

Por cosas como esas es que comenzamos este texto.
Ojalá sea de tu agrado, querido lector.

En 2018, dentro del Parlamento de los Países Bajos, el entonces primer ministro Mark Rutte caminaba con un café en la mano.

Tropezó.
El vaso cayó.
El líquido se esparció sobre el piso pulido del edificio.

No hubo aspavientos.
No buscó asistentes.
No gritó órdenes.

Simplemente tomó un trapeador.

Las cámaras lo captaron limpiando su propio desastre, mientras las trabajadoras de mantenimiento sonreían e incluso le aplaudían.

No era un acto preparado.
No era una escenografía populista.

Era algo más simple: normalidad democrática.

La convicción íntima de que el poder no te exime de hacer lo que cualquiera haría.

Un primer ministro trapeando el piso.

Una imagen pequeña.
Una lección enorme.

Ocho años después, en México, la escena fue la inversa.

El presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Hugo Aguilar Ortiz, fue grabado mientras dos colaboradores —una mujer y un joven— se inclinaban para limpiarle el calzado en público.

Él no se movió.
No se agachó.
No ayudó.
Ni siquiera sacó las manos de los bolsillos.

Contempló.

Como si fuera natural.
Como si el cargo incluyera servidumbre.
Como si otros estuvieran ahí para arrodillarse.

Y en ese gesto mínimo se retrata todo.

La vieja cultura virreinal que juraron combatir.
El mismo clasismo de siempre, ahora disfrazado de “transformación”.

Allá, el poder sirve.
Aquí, el poder se sirve.

La escena sería vergonzosa por sí sola, pero resulta todavía más grotesca cuando recordamos el discurso oficial.

Se dicen austeros.
Se dicen cercanos al pueblo.
Se dicen distintos.

Distintos, sí.
Peores también.

Porque la austeridad no se predica: se practica.
Y la cercanía no se proclama: se demuestra.

Mientras tanto, desde Palacio se repite la cantaleta moralizante todos los días.

La primera mujer presidenta, que pudo haber inaugurado una ética pública distinta, ha preferido convertirse en pilmama política.

Justificarlo todo.
Excusarlo todo.
Solaparlo todo.

Errores, abusos, barbajanadas.

Sobrerrepresentación legislativa.
Endeudamiento público.
Ineficiencia en sectores básicos y estructurales.
Corrupción tolerada.
Complicidades que nadie investiga.
Muertes, por acción u omisión, que nadie asume.

Todo cabe en la coartada del movimiento, siempre y cuando los responsables porten credencial de Morena.

La vara moral cambia según el color del partido.

Lo grave no es solo la imagen de un ministro presidente de la SCJN dejando que le limpien los zapatos.

Lo grave es que nadie, dentro de la élite de su movimiento, considere que eso está mal.

Que no entiendan que es un retrato fiel de su propia personalidad.

Porque cuando el poder pierde la vergüenza, pierde también el límite.

Y entonces lo que vemos ya no es México.

Es lo peor de México ocupando el poder público.

Un país donde el funcionario no se agacha a limpiar su café, pero sí permite que otros se arrodillen para lustrarle los zapatos.

Eso no es autoridad.
Es pequeñez.

Y la pequeñez, cuando gobierna, siempre termina costándonos a todos.

Sé que mejores tiempos y mejores personas están por venir.

Sé que no todos esconden las manos en los bolsillos ni viven pretextando y culpando a los demás por su incapacidad.

Sé que no todos son marrulleros ni pregonan austeridad mientras viven como jeques, sin compartir con los que menos tienen lo más mínimo de su fastuosa abundancia.

Para ellos es este texto.

No para cambiar a los que hoy están.

Porque el poder auténtico no se nota cuando mandas,
sino cuando sabes servir… incluso cuando nadie te está mirando.

Nos vemos pronto…