Manolo Victorio
Carpe Diem
¿Estados Unidos se entromete en la vida política de los países latinoamericanos?
Sí.
Lo sintetizó Donald Trump en su remasterizada «Make America Great Again» (MAGA) es un grito de guerra para «que Estados Unidos vuelva a ser grande» otra vez, en bandera ondeante del famoso lema político popularizado por Donald Trump, acuñado originalmente por la campaña de Ronald Reagan en 1980.
Donald Trump es un loco pragmático, arquetipo brutal, descarnado del individuo capitalista, enemigo por antonomasia del humanismo mexicano que defiende la presidente Claudia Sheinbaum.
El cuadragésimo séptimo presidente de los Estados Unidos quiere pasar a la historia por llevar al paroxismo injerencista la Doctrina Monroe, un principio de política exterior estadounidense, sintetizado en la frase «América para los americanos», acuñada por el presidente James Monroe en 1823 que establece que cualquier intervención de potencias europeas en el continente americano sería vista como una amenaza directa a la seguridad de Estados Unido.
El señor Trump, grandilocuente y mesiánico como se autopercibe, rediseñó la Doctrina Monroe como la «Doctrina Donroe», en un juego semántico que inserta su nombre en esta postura gringa de enviar un mensaje claro a China y Rusia, sus adversarios más poderosos en el bloque socialista o comunista.
Aquí mando yo, dice en una política chicharronera extremista de derecha, Donald Trump
La «Doctrina Donroe» es una actualización de la histórica, adecuada al «tomatodismo» del presidente 47 en la historia de Estados Unidos.
La Doctrina Donroe es más es un juego de palabras entre Donald Trump y Monroe. Combina la premisa histórica de «América para los americanos» con una postura de intervención activa para asegurar la hegemonía estadounidense, frenar la influencia de potencias extracontinentales (principalmente China y Rusia) y combatir amenazas a la seguridad nacional.
La frase que lanzó este domingo la presidenta Sheinbaum, es un desembarco discursivo con el cuchillo entre los dientes.
«México no es piñata de nadie», dijo la presidenta al referirse a las presiones externas sobre la vida política nacional. No fue una ocurrencia de ocasión. Fue un mensaje político cuidadosamente construido para enviar señales hacia varios frentes: Washington, la oposición mexicana y la propia militancia de Morena.
El momento tampoco fue casual.
La declaración presidencial ocurre apenas unos días después de que el Senado de la República y la mayoría de los congresos estatales avalaran reformas que permiten anular elecciones cuando se compruebe la intervención de agentes extranjeros en los procesos democráticos mexicanos. Para el oficialismo se trata de un blindaje a la soberanía nacional; para la oposición, de un instrumento que podría utilizarse políticamente para cuestionar resultados electorales adversos.
La discusión, sin embargo, va mucho más allá de una reforma legal.
En el fondo, el debate gira alrededor de una narrativa que ha venido creciendo durante los últimos años: la acusación permanente de que algunos gobiernos emanados de Morena mantienen vínculos con grupos del crimen organizado. El caso más visible es el del gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, señalado en distintos procedimientos judiciales y versiones periodísticas surgidas en Estados Unidos.
Es en ese contexto donde adquieren relevancia las palabras de la presidenta. Cuando Sheinbaum advierte que la presión sobre instituciones mexicanas desde el extranjero deja de ser cooperación para convertirse en injerencia, está respondiendo a una narrativa que amenaza con convertirse en uno de los ejes centrales de la disputa política rumbo a los próximos procesos electorales.
El republicano ha dejado claro que su visión sobre América Latina pasa por la confrontación con gobiernos identificados con la izquierda. Lo mismo ha ocurrido con Venezuela, Cuba y, en menor medida, Colombia. Su discurso sobre los cárteles mexicanos ha escalado desde la retórica electoral hasta convertirse en una propuesta de seguridad nacional que contempla acciones extraordinarias contra las organizaciones criminales.
La amenaza no es menor.
Trump ha calificado a los cárteles como organizaciones terroristas y sectores de su entorno político han llegado a plantear operaciones directas contra objetivos criminales en territorio mexicano. Aunque una acción de esa naturaleza supondría enormes costos diplomáticos y jurídicos, el simple hecho de que forme parte del debate político estadounidense obliga a México a tomar posiciones preventivas.
Por eso el discurso presidencial resulta tan delicado.
Defender la soberanía es una obligación constitucional de cualquier jefe de Estado. Pero elevar el tono frente a un personaje tan impredecible como Trump también implica riesgos. La diplomacia suele construirse sobre equilibrios y matices. Una palabra de más o una interpretación equivocada pueden convertirse en combustible para una relación bilateral ya de por sí compleja.
Mientras tanto, la política interna sigue su curso.
Las encuestas nacionales continúan mostrando una presidenta con niveles de aprobación que cualquier gobernante envidiaría. Los sondeos publicados por El Financiero ubican a Sheinbaum con el 69 por ciento de aceptación en mayo, nada mal para la gobernante que alcanzó su pico máximo en febrero pasado al cosechar un altísimo 85 por ciento de aceptación.
A ello se suma la maquinaria territorial de Morena.
Y esto, como pasó con la concentración de 45 mil personas en el Malecón de Veracruz, es músculo puro y duro.
Rocío Nahle García les restregó en la cara a los adversarios políticos, llámense Movimiento Ciudadano, Partido Acción Nacional y PRI, que no tienen nada que hacer ante la capacidad de movilización de Morena.
La aritmética política es tan simple como efectiva, gana los procesos electorales el partido o coalición que más gente lleve a las urnas.
Se asemeja a la simpleza del futbol: el equipo que más veces meta la pelota en la portería rival, gana el partido.
Rocío Nahle García fue la gobernadora mas convincente gracias a la gente que conjuntó.
Así de simple.
La concentración del domingo en el malecón fue un ejercicio de lubricación para la maquinaria del Movimiento de Regeneración Nacional.
La movilización observada durante las giras presidenciales y los eventos públicos confirma una realidad difícil de ignorar: hoy ningún partido opositor posee la capacidad organizativa ni la estructura de convocatoria que mantiene el movimiento gobernante.
Existe otro factor todavía más importante.
Los programas sociales se han convertido en el principal activo político del régimen. Millones de adultos mayores reciben pensiones, millones de personas con discapacidad cuentan con apoyos directos y una parte importante de la población mantiene algún vínculo con los programas de bienestar.
Una infografía de El Excelsior, ofrece una lectura de nueve puntos la imbatibilidad del Movimiento de Regeneración Nacional:
1. El salario mínimo mensual aumentó de 2 mil 650 pesos en 2018 a más de 9 mil en 2026.
2. Récord de Inversión Extranjera Directa (IED) de 23 mil 591 millones de dólares en el primer trimestre de 2026.
3. El gasto corriente del gobierno federal se redujo en un 10 por ciento.
4. Al cierre de 2026, la inversión en Programas de Bienestar alcanzará un billón tres mil millones de pesos canalizados.
5. Dos millones de personas con discapacidad cuentan con un apoyo económico permanente.
6. Al término de 2026, sumarán 14 millones 100 mil adultos mayores con Pensión para el Bienestar.
7. En 20 meses se pusieron en operación 29 nuevos hospitales, 10 Unidades de Medicina Familiar y 35 Centros de Salud.
8. Más de cinco millones de familias fueron liberadas de créditos de vivienda impagables.
9. En dos años se han entregado más de 25 mil millones de pesos directo a más de 19 mil comunidades indígenas.
Para los defensores de Claudia Sheinbaum se trata de una política de justicia social largamente postergada. Para sus críticos, constituye una sofisticada estructura de fidelización electoral financiada desde el presupuesto público.
La verdad probablemente se encuentra en un punto intermedio.
Los apoyos generan bienestar real para millones de familias, pero también producen un capital político evidente para quien los administra. Negarlo sería tan absurdo como afirmar que únicamente tienen fines electorales.
Por eso resulta tan complicado para PAN, PRI o Movimiento Ciudadano construir una alternativa competitiva. No sólo enfrentan una presidenta popular; enfrentan un modelo político que combina liderazgo, programas sociales, estructura territorial y una narrativa nacionalista que conecta emocionalmente con amplios sectores de la población.
La oposición insiste en hablar de narco gobierno.
Morena responde hablando de soberanía.
Washington observa.
Trump espera antes del próximo zarpazo mediático que lave su deteriorada imagen.
Y mientras tanto, la presidenta ha colocado una frase en el centro de la conversación nacional: México no es piñata de nadie.
La pregunta de fondo es si esa defensa de la soberanía será suficiente para contener las presiones externas que se avecinan o si apenas representa el primer capítulo de una confrontación política y diplomática mucho más profunda.
Por ahora, la moneda sigue en el aire.
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