Este viernes 13 de febrero, la SEP removió a Marx Arriaga Navarro como Director General de Materiales Educativos. Su salida no fue voluntaria: se negó a abandonar su oficina y tuvo que intervenir personal de seguridad para desalojarlo.
Así termina la gestión del funcionario que convirtió los Libros de Texto Gratuitos en el mayor intento de ingeniería ideológica sobre la educación pública en décadas.
Durante su administración, los libros distribuidos a millones de niños acumularon errores de historia, geografía, ciencias y matemáticas. Fechas equivocadas, mapas incorrectos, conceptos mal explicados y materiales sin rigor académico. Pero el problema nunca fue solo la incompetencia técnica.
El fondo fue otro: una visión militante de la educación.
Capítulos con narrativa abiertamente antiempresarial, proyectos de gobierno insertados en contenidos escolares, movimientos armados presentados sin contexto plural y un enfoque sistemático que sustituyó el conocimiento por discurso político.
Mientras especialistas, maestros y padres advertían el deterioro, Arriaga descalificó a los críticos, minimizó los errores como “áreas de oportunidad” y sostuvo que leer por gusto era un acto de consumo capitalista.
Con un salario superior a los 160 mil pesos mensuales y bajo su responsabilidad un presupuesto de miles de millones de pesos, el funcionario quiso convertir las aulas en trincheras ideológicas.
El resultado fue una educación debilitada, polarizada y expuesta a la improvisación.
Hoy su salida no es un hecho menor.
Es el reconocimiento de que la educación pública no puede ser un laboratorio político ni un instrumento de propaganda.
Los libros de texto no están para formar militantes. Están para formar ciudadanos libres, críticos y preparados.
México no necesita adoctrinamiento. Necesita educación.



