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En los últimos años, diversas afecciones crónicas han mostrado un crecimiento acelerado entre la población femenina, convirtiéndose en un reto relevante para la salud pública. Entre ellas, el hígado graso destaca por su incremento sostenido, su evolución silenciosa y las graves consecuencias que puede acarrear si no se detecta y atiende oportunamente.
Este tema fue abordado en una de las reuniones periódicas organizadas por Juntas Venciendo el Cáncer Coatepec (Juvecan). La ponencia titulada “Hígado graso, la pandemia femenina del siglo XXI” fue impartida por la doctora Rosa Aurora Rizo López, quien expuso el creciente impacto de este padecimiento en las mujeres.
El hígado graso se caracteriza por la inflamación del hígado y su rápida evolución hacia la esteatosis, proceso en el cual se incrementa la acumulación de células grasas en el parénquima del tejido hepático, pudiendo progresar a fibrosis, cirrosis e incluso la muerte.
Históricamente, la cirrosis hepática se presentaba con mayor frecuencia en hombres, principalmente asociada al alcoholismo y a una nutrición deficiente. Sin embargo, a partir del año 2020 se ha observado un incremento notable del hígado graso en mujeres, manifestándose comúnmente con aumento de la grasa abdominal a nivel de la cintura y síntomas como sensación de pesadez, saciedad temprana, diarrea o estreñimiento, así como molestias leves o dolor en la parte superior derecha del abdomen.
Existen diversos factores y enfermedades que favorecen la progresión del hígado graso. Entre ellos se encuentran el uso de ciertos medicamentos —como algunos tratamientos oncológicos, terapias hormonales del tipo anticonceptivos y el uso prolongado de corticoides—, así como enfermedades metabólicas que aceleran su evolución, como la diabetes y la obesidad.
Dentro de las principales recomendaciones se enfatiza la importancia de no automedicarse, incluyendo el uso de herbolaria, así como fortalecer el autocuidado mediante una alimentación adecuada y la práctica regular de ejercicio. Asimismo, se sugiere la realización de un ultrasonido abdominopélvico anual y estudios de laboratorio que incluyan un panel de 16 elementos con pruebas de funcionamiento hepático, siempre bajo indicación y seguimiento del médico tratante.
Dado que actualmente no existe un tratamiento farmacológico específico para el hígado graso, se recomienda adoptar una dieta alcalina, acompañada de jugos de desintoxicación, mantener un peso corporal adecuado y realizar actividad física de forma constante. Como apoyo antiinflamatorio, se sugiere el uso de curcumina en dosis terapéuticas de entre 120 y 180 mg.
Para la prevención y el tratamiento del hígado graso, se compartió una lista de alimentos recomendados, entre los que destacan: alcachofa, aceite de oliva, avena, frutos rojos, toronja, pescados grasos y nueces. Asimismo, se sugieren alimentos como carnes blancas, frutas, leguminosas (frijol, habas, lentejas y garbanzos), hojas verdes, aguacate, almendras, té verde y café. Por el contrario, se aconseja limitar el consumo de azúcares, refrescos, carnes rojas, embutidos, frituras y bebidas alcohólicas.
Posterior a la plática-taller, se ofreció una degustación consistente en ensalada de alcachofas y salpicón de soya, acompañados de café. Finalmente, se celebró la recuperación de una integrante del grupo y se reconoció la participación de la ponente con un reconocimiento, una bolsa de café y el aplauso de las asistentes.



