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Alejandro Jácome
Entre el vapor que se eleva de las ollas y el ir y venir de los compradores, hay una voz que detiene el paso y obliga a mirar hacia el centro del pasillo.
En el corazón del Mercado Emilio Leyzegui, en la ciudad de Xalapa, Ramón Moro no vende productos:
Vende emociones.
Ramón Moro, la voz que revive a José José entre gorditas y barbacoa, entre el aroma de las gorditas recién hechas, la barbacoa humeante, los caldos que hierven desde temprano y las aguas frescas que refrescan el mediodía, destaca una figura con micrófono en mano y una mirada cargada de ilusión.
Ramón Moro se abre paso con una voz que sorprende, que estremece, que inevitablemente remite a uno de los más grandes intérpretes de México: José José.
No es solo el timbre.
No es únicamente el fraseo o la manera de sostener una nota larga con el corazón en la garganta.
No es el parecido físico, ni la postura elegante, ni la vestimenta; es la entrega total en cada canción que nos llena de emociones y recuerdos.
Quienes lo escuchan por primera vez se detienen incrédulos.
Algunos sonríen, otros graban con el celular y no falta quien, con los ojos brillosos, susurre:
“Se parece mucho al Príncipe”.
Ramón no improvisa su sueño. Se prepara. Ensaya. Acepta invitaciones para cantar en fiestas, reuniones y pequeños eventos donde poco a poco ha ido construyendo su propio público.
Su escenario cotidiano, sin embargo, sigue siendo el mercado Emilio Leizegui ese espacio popular donde cada domingo en la Ciudad de Xalapa la vida fluye y ocurre sin filtros en donde el talento no necesita reflectores costosos para brillar.
Su historia es la de muchos artistas callejeros que nacen lejos de los grandes foros, pero cerca del pueblo.
No hay camerinos lujosos ni contratos millonarios.
Hay esfuerzo. Hay disciplina. Hay una convicción firme de que el canto no es un pasatiempo, sino un destino.
En tiempos donde lo efímero domina las redes sociales, Ramón Moro representa la persistencia del sueño artesanal: el artista que se abre camino canción por canción, nota por nota, aplauso por aplauso.
Hoy, entre el bullicio del mercado, su voz se convierte en un pequeño acto de resistencia cultural.
Una invitación a detenernos unos minutos y recordar que el talento auténtico no siempre nace en estudios de grabación, sino en los pasillos donde la gente trabaja, come y vive.
Ramón Moro no busca imitar una leyenda; busca honrarla mientras construye su propio nombre.
Y quizá, algún día, esa voz que hoy se mezcla con el aroma de las gorditas y la barbacoa encuentre un escenario más grande.
Por ahora, en Xalapa, el mercado ya tiene a su propio príncipe.


