Salvador Muñoz
Los Políticos

Hubo un tiempo –no tan lejano pero sí pesado– en que Veracruz y Boca del Río tenían Carnaval cada catorce días.
No era metáfora. Era calendario futbolero.
Llegaba el sábado, se abrían las fauces del Luis “Pirata” Fuente y el puerto se vestía de rojo. La batucada retumbaba, la Ola Roja sacudía las gradas y la gente, como si tuviera branquias en lugar de pulmones, respiraba fútbol.
De reyes del carnaval hubo varios… pero dos de plano se metieron al corazón del pueblo jarocho: Jorge Comas y Cuauhtémoc “El Tiburón Blanco”. Aquello no era afición; era religión: Y enmedio de ellos dos, Luis “El Pirata” Fuente.
La Tiburomanía no se explicaba… se sentía.
Y sí, el Tiburón nadó fuerte muchos años… hasta que en 2008 terminó perdido en aguas ajenas al fútbol. Un mar turbio donde los tiburones dejaron de importar y los tribunales comenzaron a pesar más que la cancha.
Desde entonces, el Pirata Fuente quedó como esos viejos barcos anclados en el muelle: lleno de recuerdos con la esperanza de zarpar otra vez.
Y ahora –cosas del destino político y deportivo– pareciera que alguien volvió a echarle gasolina al motor porque la gobernadora Rocío Nahle trae entre manos un proyecto que para muchos jarochos vale más que cualquier obra pública: el regreso de los Tiburones Rojos.
Las señales empiezan a aparecer y ya van más allá de la remodelación del estadio… ese diálogo con Fidel Kuri, quien –según la propia Nahle– estaría dispuesto a poner el nombre de los Tiburones a disposición del gobierno del Estado para devolverlo al pueblo de Veracruz.
Que no es cosa menor, porque el fútbol, cuando funciona, no es sólo deporte. Es economía.
Hoteles llenos. Restaurantes trabajando. Taxistas con carrera segura. Cervecerías con espuma hasta el borde. Turismo deportivo. Y un estadio que cada catorce días vuelve a ser punto de reunión de todo un estado.
Pero hay algo más poderoso que todo eso: Identidad.
Un equipo que une a ricos, pobres, políticos, pescadores, comerciantes, universitarios, a los que sólo ven fútbol cuando hay goles y a los que van porque saben que la fiesta está garantizada, sea dentro del estadio o fuera de él…
Ahora imagine la escena. El Pirata Fuente remodelado. La batucada otra vez retumbando. La Ola Roja levantándose como marea. Y en el palco… la gobernadora Nahle con la camisa bien puesta… No una vez. Cada catorce días. Con partidos a las 9 de la noche, los viernes, para que la fiesta continúe el sábado y el domingo… y ahora imagine con puente largo…
Y no sólo vea a la Gobernadora. Piense en el desfile político: diputados, alcaldes, aspirantes, exaspirantes, aspirantes de los aspirantes… todos llegando al estadio como si fuera romería, porque en Veracruz hay algo que los políticos no pueden resistir: una foto con el pueblo feliz.
Y pocas cosas harían más feliz al jarocho que ver al Tiburón nadando otra vez.
Mientras tanto, la gobernadora también mueve otras piezas del tablero deportivo: la remodelación del Estadio Xalapeño para convertirlo en centro nacional de alto rendimiento, el intento por atraer eventos deportivos que ayuden incluso a saldar la vieja deuda con la Conade heredada de tiempos duartistas… y hasta la idea de llevar un CRIT al sur del estado, en Minatitlán. Todo suma, pero seamos honestos: Nada, absolutamente nada, genera más ilusión popular que ver otra vez el escudo del Tiburón en la cancha, por eso, si Nahle logra durante su sexenio lo que muchos han prometido y ninguno ha conseguido –devolver a Veracruz su equipo en las grandes ligas– entonces olvídense del título político… Ya no será la GoberNahle. Será, simple y llanamente ¡La TiburoNahle!