Mara I. Cruz Pastrana
En Veracruz se habla mucho de igualdad. Se repite en discursos, se presume en informes y se celebra en cifras de paridad. Pero hay una pregunta que rara vez se pone sobre la mesa, aunque sigue operando todos los días en silencio: ¿qué tipo de mujer es aceptada en el poder?
Porque no basta con que las mujeres lleguen. También se les exige encajar.
En la política veracruzana, como en muchas otras, existe un filtro no escrito que condiciona la forma en que las mujeres son vistas, evaluadas y, en muchos casos, toleradas. No aparece en ninguna ley, pero pesa más que muchas de ellas. Es un mandato cultural: la maternidad como referencia de legitimidad.
A las mujeres en el poder no solo se les mide por su capacidad. Se les observa desde un lente que exige cercanía, docilidad, empatía y, de fondo, una validación simbólica: la maternidad.
No es casual que en espacios políticos se utilicen expresiones como “es muy fría”, “le falta sensibilidad” o “no conecta con la gente”. Detrás de esos comentarios hay algo más profundo: la expectativa de que una mujer debe cumplir con ciertos atributos tradicionalmente asociados al rol materno para ser aceptada.
Y cuando no lo hace, incomoda.
Una mujer sin hijos es cuestionada. Una mujer que prioriza su carrera es señalada. Una mujer firme es vista como agresiva.
Pero una mujer que encaja en el molde, cercana, conciliadora, “comprensiva”, es más fácilmente aceptada, incluso si eso implica limitar su capacidad de ejercer el poder con autonomía.
Ese es el verdadero problema: no es la maternidad, es su uso como mecanismo de control simbólico. Porque cuando la maternidad se convierte en referencia obligada, deja de ser una elección y se transforma en un estándar. Un estándar que define qué tan “adecuada” es una mujer para ocupar un cargo público.
Y eso tiene consecuencias. Condiciona trayectorias. Modifica conductas. Limita liderazgos.
Muchas mujeres en la política aprenden, consciente o inconscientemente, a adaptarse a ese molde para evitar cuestionamientos. Ajustan su discurso, suavizan su postura, moderan su presencia. No porque no tengan la capacidad de liderar con firmeza, sino porque saben que el costo de no hacerlo puede ser alto.
Es una forma de violencia sutil, pero efectiva.
No hay sanción formal. No hay denuncia. No hay expediente. Pero hay desgaste, hay presión, hay silenciamiento. Y lo más grave es que se normaliza.
En un estado donde se presume la paridad como logro democrático, vale la pena preguntarse si realmente estamos hablando de igualdad o solo de presencia. Porque no es lo mismo. La paridad numérica no garantiza libertad.
No garantiza que las mujeres puedan ejercer el poder sin condicionamientos. No garantiza que puedan tomar decisiones sin ser juzgadas bajo parámetros distintos. No garantiza que puedan construir liderazgos auténticos sin tener que responder a expectativas de género.
Y mientras eso no cambie, la igualdad seguirá siendo incompleta.
El reto para Veracruz no es menor. Implica ir más allá del discurso y atreverse a cuestionar las estructuras culturales que siguen definiendo lo que una mujer “debe ser” para ser aceptada en política.
Implica reconocer que la maternidad no puede ser utilizada como criterio de legitimidad. Implica entender que una mujer no necesita ser madre para representar, decidir o gobernar. Implica, en el fondo, dejar de exigirle a las mujeres que demuestren su valor desde un lugar que nunca se les exige a los hombres.
Porque a ellos nadie les pregunta si son padres para validar su liderazgo. A ellos nadie les exige sensibilidad desde su vida personal. A ellos nadie los reduce a un solo rol.
Esa diferencia es política. Y mientras no se nombre, seguirá operando.
Hablar de esto incomoda, porque rompe con una narrativa que ha sido funcional durante mucho tiempo. Pero también es necesario, porque ahí es donde se encuentra uno de los límites más persistentes para la participación real de las mujeres en el poder.
No se trata de negar la maternidad. Se trata de sacarla del lugar de obligación. No se trata de confrontar a quienes deciden ser madres. Se trata de garantizar que esa decisión no sea una medida para todas. Porque la verdadera igualdad no consiste en que todas las mujeres sigan el mismo camino. Consiste en que ninguna tenga que justificar el suyo.
Y mientras en Veracruz siga operando este filtro invisible, donde ser mujer implica cumplir con expectativas que no se aplican a los hombres, el acceso al poder seguirá siendo parcial.
No importa cuántas lleguen. Importa en qué condiciones llegan. Porque al final, el problema no es que las mujeres puedan ser madres. El problema es que aún se espera que, para ser aceptadas, lo parezcan.



