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¿Y SI TRUMP NO ESTUVIERA CAYENDO? 

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Jorge Viveros Pasquel

Lo que hoy se observa en torno a Donald Trump, puede también entenderse si se abandona la lógica del ascenso/caída y se adopta una lectura más cercana a una estrategia maquiavélica, ¿y si no estuviéramos ante una derrota política simple, sino ante una retirada que busca consolidar posiciones y preparar una nueva ofensiva política?

En el primer frente, el desgaste es evidente, la persistente sombra del caso de Jeffrey Epstein ha erosionado su narrativa antisistema, particularmente por la percepción de discrecionalidad en torno al manejo mediático y legal de los archivos. A esto se suma un entorno económico que, comenzando con los aranceles, ha dejado de ser terreno favorable para amplios sectores del electorado norteamericano, con indicadores sensibles como inflación acumulada, costo de vivienda y percepción de pérdida de poder adquisitivo. En paralelo, la política migratoria, que en su momento funcionó como eje de cohesión política, hoy genera tensiones (particularmente por su dureza contra ciudadanos estadounidenses). Finalmente, la escalada de la guerra con Irán (con la obsena influencia del gobierno de Israel) y sus pocos resultados ha reactivado un teatro de incertidumbre internacional que, después de Afganistán, desgasta a cualquier liderazgo en Washington, en términos estratégicos, varios frentes se han vuelto simultáneamente costosos, obligando a una redistribución de recursos políticos.

Sin embargo, el dato clave no está en las bajas, sino en la capacidad de conservar un núcleo operativo sólido, y aquí es muy importante precisar cifras; las encuestas recientes en USA sitúan la aprobación de Trump entre 34% y 40% (dependiendo de la metodología y la casa encuestadora, tomando un punto medio de 36%), en una población de alrededor de 333 millones de habitantes, Incluso si se acota a la población adulta (votantes), que ronda los 260 millones, estamos hablando de más de 90 millones de hombres y mujeres que mantienen una opinión favorable, lo que resulta un contingente muy considerable pues está bien cohesionado, es políticamente activo y debido a su bajo nivel académico y alta religiosidad, es muy manipulable por el inquilino de la Casa Blanca.

Este punto permite desmontar otra lectura simplista, la que presenta a Trump como un actor errático o mentalmente incapacitado, más bien, lo que se observa es una forma de racionalidad orientada al conflicto, un tipo de inteligencia que busca desestabilizar al sistema y tensarlo hasta encontrar puntos de ruptura. Su trayectoria ofrece datos concretos; entre 2021 y 2024 enfrentó más de 80 cargos judiciales en distintos procesos, y aun así logró mantenerse como figura central de su partido, liderando consistentemente las preferencias dentro del electorado republicano en distintos momentos del proceso.

Bajo esta lógica, los episodios más recientes, más que una locura podrían tener otra dimensión; la pelea en redes con el Papa León XIV y la difusión de imágenes haciéndose pasar como Jesús podrían no ser simples exabruptos seniles, sino maniobras para medir a sus simpatizantes y en lugar de buscar ampliar su base, pudiera estar orientándose a endurecerla con una estrategia de intensificación del voto duro: buscando en lugar de crecer del 36% al 50%, en convertir ese 36% en un bloque más disciplinado y menos permeable a la persuasión externa.

En suma, Trump pudiera no estar desapareciendo, sino apostando por una lógica en la que la lealtad pese más que el consenso, no con el objetivo de una supuesta tercera reelección, sino reconfigurándose para el siguiente movimiento, pues su capital político le permite abrir un margen de negociación y llegado el momento de una eventual y muy probable entrega del poder a los demócratas, se vuelva un proceso electoral políticamente violento y condicionado, en el que busque garantías para sí mismo y para su entorno (familia y socios).