EL SER HUMANO –hombre o mujer– NECESITA DIRECCIÓN

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Julio Vallejo 

La delgada línea entre mi opinión y la tuya 

Caminas por las calles y te golpea la ausencia de juventud; o quizás, cuando menos lo esperas, los encuentras a temprana hora aun habitando el letargo de la casa paterna. Es fácil juzgarlos como simples parásitos, o preguntarse con ligereza si los hombres están desapareciendo. Pero la realidad es más punzante que la flojera o el desinterés: estamos siendo testigos de una generación de hombres que se apaga en el silencio, una verdad que nadie se atreve a pronunciar. Les arrebatamos el guion que conocían y ahora nos escandaliza el vacío que dejó.

Durante décadas, la identidad masculina se cimentó en pilares inamovibles: el proveedor, el protector, el fuerte del hogar. Hoy, millones de jóvenes crecen en la intemperie de un propósito claro. Y un hombre sin sentido no se rebela; simplemente se desvanece. Los datos —soledad crónica, orfandad de amistades, el grito silencioso del suicidio— están ahí, pero preferimos el refugio de los discursos cómodos antes que la crudeza de un diagnóstico honesto.

En este vacío, el cerebro busca refugio en la adicción al ruido. Huimos del silencio como si fuera una patología, asfixiando cada grieta del día con el scroll infinito o la falsa urgencia de la productividad. Esta saturación devora la identidad. Al erradicar el espacio para pensar en quién se desea ser, dejamos de ser individuos para convertirnos en algoritmos: una serie de respuestas automáticas ante las demandas de un mundo al que no nos pertenece.

Estamos en el epicentro de una transición mal gestionada. El viejo modelo se ha agrietado y el nuevo es apenas un susurro borroso; en esa fractura, muchos se están perdiendo. La solución no es el anhelo del pasado ni la destrucción del presente, sino la arquitectura de una masculinidad más vasta.

A los jóvenes les guarda la tarea más exigente: reclamar la soberanía de su atención y forjar disciplina en un mundo diseñado para la gratificación instantánea. A los padres les corresponde una presencia que no se puede delegar: el ejemplo de que la vida se construye con las manos, con el esfuerzo del día a día, no solo se consume con los ojos. A la sociedad le toca abandonar la simplificación; ni el sistema lo explica todo, ni el individuo es el único responsable. Es el tejido entre ambos lo que se ha rasgado.

Quizás el error fue creer que, al romper las cadenas del viejo guion, la libertad sería suficiente para sostenernos. El ser humano necesita una dirección, una razón sagrada para levantarse ante la adversidad. Antes, ese sentido se nos entregaba; Hoy, debemos extraerlo de una página en blanco.

La pregunta ya no es qué modelo rescatar, sino qué humanidad queremos cultivar. Tal vez el nuevo camino no consiste en dominar ni en claudicar, sino en algo mucho más sagrado: aprender a ser útil sin anularse, fuerte sin soportar el alma e independiente sin renunciar al vínculo. 

Porque el peligro real no es que el hombre cambie, sino que, asfixiado por el ruido, jamás llegue a descubrir el potencial de su propio silencio. Hay que aprender a ser útil sin perderse, fuerte sin endurecerse, independiente sin desconectarse.

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