María Luisa Bandala Pantoja
La voz de la inclusión
Los espacios de entretenimiento suelen venderse como lugares para todos, espacios donde cualquiera puede disfrutar y convivir sin problema pero para muchas personas con discapacidad, la experiencia sigue siendo muy distinta.
Pasa en restaurantes, cafés y otros espacios de convivencia que presumen ser accesibles porque tienen una rampa en la entrada, aunque entre las mesas no quepa una silla de ruedas, no existan menús o señalética en braille y nadie pueda comunicarse con una persona con discapacidad auditiva.
En algunos casos incluso siguen negando o cuestionando la entrada de perros guía para personas con discapacidad visual; En mi caso, como usuaria de silla de ruedas, he entrado a restaurantes supuestamente accesibles donde simplemente no puedo entrar al baño.
También ocurre en los cines que cuentan con espacios “adaptados”, pero colocan a las personas con discapacidad hasta adelante, obligándolas a mirar la pantalla desde una posición incómoda y pagando exactamente lo mismo por una experiencia peor.
O en bares, conciertos y festivales donde parece que nunca imaginaron que una persona con discapacidad también quisiera bailar. Porque sí: las personas usuarias de silla de ruedas también bailamos.
Lo mismo ocurre al momento de viajar. Muchas líneas de autobuses para trayectos largos siguen sin estar realmente preparadas para personas usuarias de silla de ruedas. En mi caso, por la falta de capacitación y accesibilidad, incluso me han lastimado al intentar ayudarme a subir.
Tengo que subir por mis propios medios, sentándome en los escalones y arrastrándome entre ellos de una manera poco digna, porque simplemente no existen las condiciones necesarias para abordar de otra forma.
Sin embargo, al momento de cobrar, ahí sí existe igualdad: el costo del boleto es exactamente el mismo, aunque la accesibilidad, la comodidad y la experiencia claramente no lo sean.
Además, para las personas con discapacidad no existen descuentos en este tipo de transporte; los descuentos suelen aplicarse únicamente a personas adultas mayores que cuentan con credencial del INAPAM.
Y si viajar ya representa una barrera, vale la pena preguntarnos qué tan preparados están realmente nuestros espacios turísticos y de entretenimiento para las personas con discapacidad. A propósito de que en Veracruz está próximo a realizarse el Salsa Fest, he tenido la oportunidad de asistir con amigos turistas usuarios de silla de ruedas que también bailan, y en algunos espacios les han negado la entrada bajo el argumento de que “es peligroso”.
Y aunque eso debería parecer obvio, todavía existen prejuicios profundamente normalizados. Hay quienes se sorprenden al vernos en un concierto, en un antro o en una pista de baile, como si la diversión tuviera requisitos físicos.
Lo mismo ocurre cuando alguien cuestiona por qué una persona con discapacidad visual iría al cine, reduciendo toda la experiencia únicamente a la vista e ignorando que el entretenimiento también se vive desde el sonido, las emociones y la convivencia.
El problema nunca debió ser la presencia de una persona con discapacidad en estos espacios, sino la falta de accesibilidad y de capacitación adecuada con la que muchos lugares siguen operando, porque muchas veces quienes capacitan sobre inclusión y accesibilidad no viven una discapacidad o hablan desde una experiencia muy limitada, sin comprender realmente las barreras cotidianas que enfrentan las personas con discapacidad en estos espacios.
Incluso dentro de la discapacidad existen experiencias y procesos distintos, por lo que no todas las necesidades se viven de la misma manera, sin embargo, muchas decisiones sobre accesibilidad e inclusión siguen tomándose sin considerar esa realidad, como si las personas con discapacidad no fueran parte natural de quienes también consumen, conviven y disfrutan estos espacios.
Porque la exclusión no siempre es directa, a veces viene disfrazada de inclusión.
Por eso muchas veces la llamada inclusión termina siendo solamente simbólica. Lugares que, ante la falta de elevadores accesibles, terminan subiendo a las personas usuarias de silla de ruedas por montacargas destinados para productos o mercancía.
Experiencias incómodas y poco dignas, pensadas más para cumplir un requisito que para garantizar que cualquier persona pueda disfrutar el lugar con autonomía y dignidad. Porque cuando un lugar no es accesible para ti, cuando no puedes entrar, moverte o permanecer ahí con libertad, el mensaje es claro: aquí no eres bienvenido.
Y esa también es una forma de discriminación. La verdadera inclusión no consiste únicamente en permitir la entrada. Consiste en entender que las personas con discapacidad también salimos, también consumimos, también convivimos y también queremos disfrutar sin sentirnos una carga, una excepción o un problema logístico. Porque incluir mal también es excluir y es una forma de discriminación.




