Jorge Ramón Rizzo*
Focus Group

Un Código Rojo es un protocolo de emergencia policial de máxima prioridad que se activa de forma Interinstitucional ante delitos de alto impacto, como homicidios, enfrentamientos armados o secuestros, aunque la gente cuestiona la efectividad de estos «códigos rojos», así como operativos tácticos que, en la mayoría de los casos, llegan cuando la vida de las víctimas ya ha sido arrebatada o cuando su paradero sigue siendo un misterio. Y ayer en Veracruz de activó un «Código Rojo», ante el secuestro de la periodista Roxana Guzmán Ramírez.

Roxana ya se había visto obligada a desplazarse y abandonar el estado veracruzano en 2017 debido a amenazas directas. Su regreso al sur de la entidad (Nanchital), para fundar su propio medio de comunicación no debe verse como un acto imprudente o descuidado, sino como una evidencia de valor personal y verdadera vocación periodística.

La irrupción violenta de un comando armado en el domicilio de la comunicadora en el municipio de Nanchital, documentada en video y viralizada ante la indignación pública, no es un hecho aislado ni fortuito; y nos trae a la memoria que a principios de año, en enero para ser más preciso, se documentó el asesinato a tiros del reportero Carlos Castro en otro lugar de Veracruz: Poza Rica.

El secuestro de Roxana, directora de «Pulso Informativo del Sureste», evidencia vulnerabilidad y terror en el día con día de los colegas comunicadores en Veracruz. Y este crimen expone también la inoperancia de los mecanismos de protección y la normalización de la violencia contra la prensa.

El mensaje de los grupos criminales es claro y escalofriante: Nadie está seguro ni siquiera en la intimidad de su propio hogar. Los agresores, provistos de marros para derribar la puerta, sustrajeron a la comunicadora frente a sus familiares, un acto que fue documentado en video y rápidamente viralizado por colegas de la talla de Azucena Uresti, Irving Pineda, Oscar Mario Beteta. Manuel López San Martín, Vicente Gálvez, Gildo Garza, Carlos Zuñiga Pérez y Paco Zea, entre otros.

Históricamente, la entidad veracruzana es considerada una de las zonas más peligrosas del mundo para ejercer el periodismo. El secuestro de Roxana se suma a una larga y trágica lista que entre 2005 y 2024 contabiliza más de 30 asesinatos y múltiples desapariciones de comunicadores.

La narrativa oficial que presume una disminución de la violencia contrasta radicalmente con la crudeza de los hechos diarios. Por eso la indignación y el reclamo de justicia permanecen firmes ante un trágico suceso que nos impacta a todos quienes ejercemos esta noble actividad de informar, dar opinión y en muchos casos señalar o acusar la comisión de anomalías y delitos.

Exigir la aparición con vida de los periodistas no es solo una consigna gremial, sino una demanda democrática indispensable para evitar que el miedo silencie a toda una sociedad. Es un imperativo que desde esta tribuna dejo de manifiesto.

Ya han fijado su posición organismos autónomos de periodistas como «Artículo 19», através de su oficina para México y Centroamérica; la «Comisión Interamericana de Derechos Humanos», por medio de la persona encargada de la relatoría especial para la libertad de expresión; así como la «Alianza de Medios MX» y la Comisión Estatal para la Atención y Protección de los Periodistas (CEAPP).

Y hasta la noche de este martes una veintena de medios alrededor del mundo ya le daban cobertura a los hechos, solamente me referiré a 4 por razones de espacio: Agencia EFE de España: «Secuestro de periodista en México queda grabado en cámaras y difundido en redes sociales»; BBC de Reino Unido: «México: secuestran a una periodista en el estado de Veracruz»; Diario 1 de El Salvador: «Secuestro de periodista en México queda grabado en cámaras»; El País de España: «Grupo armado secuestra a periodista en Veracruz». Terrible forma de poner a Veracruz de moda… ¡Terrible!

Un hecho de alto impacto como el que nos ocupa en esta entrega de Focus Group, lleva la obligación de cuestionar ¿Dónde están los protocolos de prevención?, ya que el desplazamiento forzado de periodistas como Roxana, debería activar alertas tempranas que impidan que, al retornar a sus lugares de origen, queden nuevamente expuestas ante la impunidad de sus agresores.

Hoy, la indignación social se transforma en una demanda unánime por la localización con vida de Roxana, con la firme esperanza de que los malosos no logren silenciar su voz y también con el anhelo de que su pronta aparición muestre un destello de justicia a un gremio profundamente lastimado. Mi solidaridad total con el gremio en mi amado estado natal: Veracruz.
*Periodista/Tlaxcala