Ana Rosa Valdés Salazar

En Mi Opinión 

​Preocupante, muy preocupante el secuestro de la periodista Roxana Berenice Guzmán Ramírez, Directora del portal Pulso Informativo del Sureste, sustraída de su domicilio en Nanchital el martes 2 de junio con lujo de violencia, sin que hasta el momento se conozca su paradero.

​Aún más preocupante resulta que no exista una política de Estado para hacerle frente a esta realidad, que atemoriza a la población en general y cubre de sangre a Veracruz, convertido en el Estado más peligroso para ejercer el periodismo, pues la violencia contra periodistas ha cobrado ya 31 víctimas fatales en la Entidad en los años recientes.

​Ante esa situación, se esperarían acciones preventivas del gobierno para proteger eficientemente a los periodistas, pero no las hay; si acaso, la condena del hecho sangriento -que en este caso ni siquiera se ha producido- y la promesa siempre incumplida de que no habrá impunidad.

​De nada sirven los patrullajes de la Guardia Nacional, del Ejército o de la Marina; ni de la Policía Estatal, y ya ni mencionar a las policías municipales, carentes de lo más elemental para enfrentar a enemigos tan poderosos.

​Los criminales siempre encuentran facilidades para desplazarse en carreteras y zonas urbanas y actuar a sus anchas sin que alguien se los impida. Sus convoyes con hombres armados transitan sin ningún problema a la vista de mucha gente, sin que las fuerzas armadas se los impidan.

​En un país y en un Estado donde los grupos criminales se mueven tranquilamente a la plena luz del día, donde florece una cultura de impunidad y se advierte debilidad del Estado de derecho, los periodistas sufren amenazas y agresiones físicas sin que existan mecanismos de protección eficientes.

​México, donde desde el año 2000 más de 150 periodistas fueron asesinados y al menos 28 permanecen desaparecidos, es uno de los países más violentos y mortíferos contra la prensa a nivel mundial, fuera de zonas de guerra, ya que 95 por ciento de homicidios y 100 por ciento de desapariciones de periodistas quedan impunes en este país.

​En toda democracia, el periodismo es un intermediario imprescindible entre gobernantes y gobernados, por su función de informar, analizar o criticar acontecimientos, demandas sociales, decisiones de los poderes públicos y todo cuanto incumbe a la colectividad, por lo que debe garantizarse a quienes realizan esa actividad un desempeño seguro en su ejercicio profesional.

​La falta de esa garantía pone en entredicho que vivamos en un Estado democrático, pues deber de la autoridad es crear y mantener las condiciones necesarias para el cumplimiento efectivo de dos libertades fundamentales: la de pensamiento y la de expresión, que puede manifestarse por cualquier medio.

​Si no somos libres de pensar y decir lo que pensamos, con respeto a los derechos de terceros, no puede hablarse de que formamos parte de una sociedad democrática y entonces tenemos que reconocer que hemos sufrido un grave retroceso.

​Otros signos de ese retroceso se advierten en diferentes aspectos de la vida pública, como lo hemos comentado en otras ocasiones, pero todavía nos resistimos a admitirlo plenamente.

​Desde aquí, expreso mi solidaridad con la periodista Roxana Berenice Guzmán Ramírez, con su familia, con sus compañeros y amigos; hago votos por su pronta aparición sana y salva; y externo una enérgica condena por este hecho, que atenta no sólo contra una profesional del periodismo y las personas cercanas a ella, sino que agrede y ofende a la sociedad en su conjunto.