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Para decenas de derechohabientes de la Clínica 66 del IMSS, acudir por un medicamento se ha convertido en un auténtico viacrucis. Pacientes denuncian que, aun después de concluir su consulta médica, deben permanecer durante horas formados para que finalmente les surtan una receta.
La escena se repite día tras día: adultos mayores, personas con discapacidad, trabajadores que solicitaron permiso en sus empleos y familiares de pacientes esperan de pie, bajo el cansancio y la desesperación, para recibir medicamentos que forman parte de un derecho constitucional, no de un favor institucional.
Mientras tanto, resulta inevitable recordar la promesa del expresidente Andrés Manuel López Obrador de que México tendría un sistema de salud «mejor que el de Dinamarca», una afirmación que incluso reiteró en su último informe de gobierno.
La realidad para muchos usuarios parece distar de ese discurso. Diversos análisis han documentado que durante los últimos años persistieron problemas de acceso, tiempos de atención y abastecimiento de medicamentos, además del fracaso del INSABI, que terminó desapareciendo para dar paso al modelo IMSS-Bienestar.
Hoy, para quienes pasan horas esperando que les entreguen una receta surtida, la comparación con Dinamarca ya no provoca esperanza, sino ironía.
Los derechohabientes no piden privilegios. No exigen trato preferencial. Exigen algo mucho más sencillo: que un sistema financiado con las aportaciones de millones de trabajadores funcione con la eficiencia y la dignidad que se prometió.
Porque mientras los discursos hablan de transformación, en las filas de la Clínica 66 del IMSS el tiempo sigue detenido. Y para miles de pacientes, la espera ya no sólo desgasta la paciencia: también deteriora la confianza en las instituciones encargadas de proteger su salud.




