Juan Javier Gómez Cazarín
Lo que yo pienso
Se calcula que entre 1,800 y 2,200 millones de personas en todo el mundo vimos el partido final de la Copa del Mundo. Como futbolero de corazón, este domingo fui una de esas personas.
¿Yo? feliz, porque ganó el equipo que, por esta ocasión y sólo por este partido, era mi favorito: ¡España! Tanto, que le eché porras de una manera insólita: poniéndome la camiseta de Argentina, para echarle la sal.
Pero hoy no voy a hablar de futbol, sino de nuestra presidenta Claudia Sheinbaum, que estuvo presente en el Estadio MetLife de Nueva York, representando a México con dignidad y recibiendo el respeto de importantes líderes de la comunidad internacional.
Fue un orgullo, para mí, verla como representante de nuestro país en esa transmisión global, al lado del presidente de Estados Unidos, Donald Trump y de su esposa Melania; del primer ministro de Canadá, Mark Carney; de los reyes Felipe VI y Letizia de España; del presidente español, Pedro Sánchez; y del presidente de la FIFA, Gianni Infantino.
Orgullo que, desde luego, no es sólo mío, sino de millones de mexicanas y mexicanos que confiamos en ella y en su proyecto.
Lamentablemente, ese orgullo nuestro es un rechinar de dientes de un puñado de malos mexicanos de la derecha, que quisieran que a nuestro país le fuera mal en todo.
Si consideramos que el planeta tiene 8,300 millones de habitantes, estamos hablando de que más o menos 1 de cada 4 seres humanos a nivel global siguió esa transmisión, que rompió el récord de 1,500 millones de espectadores que tuvo el mundial de Qatar, hace cuatro años.
Y todas esas personas vieron a una líder mexicana con estatura global, sobria, elegante, con carácter de estadista internacional. Esa es la doctora Claudia Sheinbaum por la que votamos en 2024 y que, puedo decirlo, para mí fue de lo mejor de este mundial.
En la cancha, ganó España, pero en la transmisión, hubo gol de México.




