
Salvador Muñoz
Los Políticos
Hay gobiernos que disfrutan de una luna de miel. Otros apenas reciben las llaves y ya encuentran las facturas debajo de la puerta. El de Rocío Nahle parece pertenecer a esta segunda categoría.
Se habla del “síndrome del segundo año”, ese momento en que el entusiasmo inicial comienza a diluirse, los errores pesan más, los aliados cobran y los adversarios descubren que el gobierno también sangra. Aunque, siendo sinceros, a Nahle las facturas internas comenzaron a llegarle desde el inicio de su administración.
No se le concedió la gracia de la curva de aprendizaje. Desde el primer día tuvo que gobernar, responder, controlar y, de paso, esquivar los golpes provenientes no solamente de la oposición, sino de su propia casa.
No es un secreto que el grupo al que pertenece Manuel Huerta Ladrón de Guevara, encabezado por Adán Augusto López Hernández, le ha venido haciendo la vida de cuadritos. Ahí cabe desde la llamada “crítica sana interna” hasta esas incomodidades generadas por la apertura del Morena senatorial hacia los Yunes, enemigos políticos declarados de Nahle durante la campaña.
Para la gobernadora, aquella incorporación no debió sentirse como una operación de unidad, sino como ver entrar por la puerta principal a quienes poco antes intentaban impedirle llegar al Palacio de Gobierno.
La política perdona muchas cosas. La memoria, no tantas.
En medio de esas tensiones apareció el canto de las sirenas: la versión de que Rocío Nahle podría dejar Veracruz para incorporarse al gabinete de Claudia Sheinbaum, particularmente a Pemex, y desde ahí regresar al escaparate nacional con miras al 2030.
El relato sonaba seductor: dejar el desgaste local, volver al sector energético y reposicionarse en la carrera presidencial. El paraíso prometido.
Pero Nahle decidió apagar la música, despedir a las sirenas y cerrar la puerta.
La Gobernadora aseguró este martes que permanecerá en el cargo hasta concluir su mandato, negó que vaya a Pemex y explicó que la prisa de su administración responde a su intención de abatir el rezago de Veracruz y entregar un estado mejor a quien la suceda. Dicho en castellano político: no habrá mudanza, no habrá licencia y, por ahora, tampoco gobernador interino.
La declaración de Nahle no solamente desmiente un rumor. También desinfla expectativas, altera cálculos y obliga a más de uno a guardar el traje que ya tenía preparado para la toma de protesta.
Porque alrededor de la posible salida de la Gobernadora se había construido otra historia: la eventual llegada de Ricardo Ahued al gobierno interino. De ahí, dicen algunos, el estoicismo de parte de su equipo para soportar el carácter, las exigencias y los reclamos de la mandataria. Aguantar hoy para gobernar mañana.
Sólo que el mañana, según Nahle, será hasta 2030 y con ella todavía despachando en Palacio.
El paraíso prometido acaba de recibir aviso de clausura.
La permanencia de Nahle también cambia el peso de la elección de 2027. Si la Gobernadora no se va, no podrá trasladar a otro el costo del resultado. La elección intermedia será otro examen, otra medición y su responsabilidad.
Ahí se sabrá cuánto conserva Morena del arrastre que la llevó al poder, cuánto desgaste acumuló el gobierno y qué tan profundas son las heridas internas.
A Nahle le están cobrando facturas desde que comenzó su administración. Algunas vienen de adversarios naturales; otras, de compañeros de partido que no olvidaron los espacios perdidos, las candidaturas negadas ni los agravios acumulados.
Con la puerta abierta al 2027, habrá quienes consideren que esas cuentas pueden pagarse en las urnas. Porque una elección intermedia no solamente distribuye diputaciones: redefine liderazgos, desnuda debilidades y modifica la relación de fuerzas rumbo a la sucesión.
La diferencia es que ahora Nahle ha dejado claro que estará ahí para cobrar los triunfos… o pagar personalmente las derrotas.
Su anuncio también tiene una lectura hacia dentro: quien esté esperando que la Gobernadora se vaya para comenzar a gobernar, tendrá que seguir esperando. Quien apueste al desgaste para heredar el poder, deberá calcular otros cuatro años. Y quien pensaba que Veracruz era solamente una escala en el camino de Nahle hacia 2030, tendrá que creerle cuando dice que su compromiso está aquí. O, por lo menos, actuar como si le creyera.
Porque en política, las renuncias se niegan hasta que se presentan, las aspiraciones se esconden hasta que se anuncian, y los cargos se defienden hasta que aparece uno mejor. Pero hoy la palabra oficial es una: Rocío Nahle se queda.
Y al quedarse, también se queda con los problemas, las facturas, los adversarios, las disputas internas y la obligación de ganar en 2027.



