Enrique Yasser Pompeyo

Mesa de Redacción

Las redes sociales llegaron para quedarse y hoy son una herramienta indispensable para cualquier servidor público.

Informar, rendir cuentas y mantener comunicación con la ciudadanía a través de las plataformas digitales es parte de la política moderna.

Sin embargo, existe un error que algunos actores políticos siguen cometiendo: creer que la popularidad en internet es sinónimo de respaldo ciudadano.

La reflexión del presidente de la Junta de Coordinación Política del Congreso del Estado, Esteban Bautista Hernández, resulta pertinente.

Reconoce que, en ocasiones, los propios grupos políticos han apostado por perfiles más preocupados por verse bien en las redes sociales que por mantener un contacto permanente con la gente.

La política no puede convertirse en un concurso de fotografías, videos o transmisiones en vivo.

La ciudadanía distingue con claridad quien únicamente aparece frente a una cámara y quién recorre colonias, comunidades y barrios para escuchar, atender y gestionar soluciones.

Es cierto que las redes sociales desempeñan un papel fundamental. En ellas circula información, se generan debates y se construyen percepciones.

También es verdad que los comentarios negativos suelen amplificarse y, muchas veces, terminan presentándose como verdades absolutas.

Pero existe un antídoto que nunca ha perdido vigencia: el trabajo de territorio.

Cuando un representante popular conoce a su gente, regresa a las comunidades y mantiene un diálogo permanente con la ciudadanía, difícilmente una campaña de descalificación podrá borrar la confianza construida cara a cara.

La cercanía sigue siendo el mayor activo de cualquier servidor público.

Las redes ayudan, informan y acercan, pero nunca sustituirán el saludo de mano, la conversación directa y la disposición para resolver los problemas de la población.

En política, los «likes» pueden durar unas horas; la confianza de la gente se construye caminando junto a ella todos los días.

Esa, quizá, sea la lección más importante que deja la reflexión de Esteban Bautista Hernández.

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