Valentín Herrera Alarcón

Veracruz con corazón

La hipertensión arterial es el mejor ejemplo de la gran contradicción de la medicina moderna. Ninguna otra enfermedad produce una devastación tan extensa, tan costosa y, al mismo tiempo, tan predecible. Tampoco existe otra en la que la distancia entre lo que la ciencia sabe y lo que la sociedad hace resulte tan evidente.

Las sociedades modernas han perfeccionado una curiosa habilidad: entusiasmarse con la atención de las enfermedades difíciles mientras ignoran aquellas cuya solución lleva décadas al alcance de la mano. En el caso de México, la tragedia de la hipertensión arterial hoy vive dimensiones dramáticas y sí, se ha ignorado durante décadas.

Cada año se anuncian avances espectaculares en cirugía cardíaca, inteligencia artificial, terapias génicas y medicina personalizada. Se celebran congresos, se inauguran centros de alta especialidad y se presentan innovaciones que ocupan titulares durante semanas. Entretanto, millones de personas continúan caminando con una bomba de tiempo silenciosa dentro de sus arterias sin que ello provoque mayor inquietud. No porque ignoremos el problema, sino porque nos hemos acostumbrado a él. La hipertensión representa el triunfo de la indiferencia.

Durante años somete a las arterias a una agresión mecánica constante. El endotelio pierde su función protectora, las paredes vasculares se remodelan, aumenta la rigidez arterial y órganos extraordinariamente delicados —el cerebro, el corazón, el riñón y la aorta— pagan el precio de una presión que jamás debió considerarse normal. No ocurre de manera dramática. Ocurre todos los días.

Quienes trabajamos en cirugía cardiovascular conocemos demasiado bien el desenlace de esta historia. Recibimos pacientes cuando la hipertensión ya destruyó una válvula, rompió una aorta, produjo un infarto o dejó secuelas irreversibles en el corazón. La cirugía puede salvar vidas; lo que no puede hacer es devolver décadas de salud perdidas por una enfermedad que pudo haberse controlado desde el consultorio.

La lentitud ha sido la mayor aliada de esta enfermedad. Si la hipertensión destruyera una arteria en una semana, sería considerada una emergencia sanitaria mundial. Como tarda veinte años, la tratamos como un inconveniente administrativo. Nada describe mejor la lógica de nuestro tiempo.

En México, esta tragedia adquiere dimensiones especialmente graves. Somos uno de los países con mayor carga de obesidad y diabetes del planeta; la hipertensión completa un triángulo patológico que consume una proporción creciente de los recursos sanitarios. Sin embargo, seguimos actuando como si el problema comenzara cuando aparece el infarto, el accidente cerebrovascular o la insuficiencia renal.

Nos hemos especializado en reparar ruinas. Muy poco en impedir que los edificios colapsen.

Los sistemas de salud recompensan la medicina heroica y relegan la medicina eficaz. Una cirugía cardiovascular compleja despierta admiración —y con razón—; una angioplastia, un reemplazo valvular o la reparación de una aorta rota representan conquistas extraordinarias del conocimiento humano.

Pero conviene formular una pregunta incómoda: ¿qué dice de una sociedad que necesita multiplicar esas intervenciones porque fue incapaz de controlar una enfermedad cuyo diagnóstico requiere apenas un baumanómetro?

La tecnología corrige brillantemente las consecuencias de nuestro fracaso colectivo; rara vez corrige sus causas.

Resulta igualmente revelador observar la economía de la hipertensión. La industria farmacéutica continúa desarrollando moléculas cada vez más sofisticadas, algunas de enorme utilidad para pacientes seleccionados. Esa innovación merece reconocimiento. Sin embargo, existe una verdad menos atractiva para el mercado: la inmensa mayoría de los hipertensos podría reducir drásticamente su riesgo cardiovascular con medicamentos genéricos, seguros, eficaces y extraordinariamente baratos que existen desde hace décadas.

La revolución terapéutica ya ocurrió. Lo que falta es la revolución cultural

Y esa revolución exige asumir responsabilidades que nadie parece dispuesto a aceptar.

El Estado ha fallado al construir sistemas que siguen privilegiando la atención hospitalaria sobre la prevención comunitaria. La industria alimentaria ha convertido productos baratos, hipercalóricos y cargados de sodio en parte cotidiana de la dieta nacional.

Los profesionales de la salud tampoco estamos exentos de autocrítica: con demasiada frecuencia medimos el éxito por la complejidad de los procedimientos realizados y no por las enfermedades evitadas. Finalmente, la sociedad ha terminado por normalizar estilos de vida incompatibles con cualquier aspiración razonable de salud cardiovascular.

Todos encuentran un culpable distinto.

Muy pocos aceptan la responsabilidad compartida de prevenir la enfermedad cardiovascular más frecuente y más prevenible de nuestro tiempo.

Existe además una fascinación contemporánea por las soluciones tecnológicas. Esperamos que un nuevo fármaco, un dispositivo inteligente o una aplicación móvil compensen décadas de malas decisiones. Pero ninguna innovación puede sustituir aquello que continúa siendo extraordinariamente eficaz: mantener un peso saludable, hacer ejercicio, reducir el consumo de sodio, abandonar el tabaco, moderar el alcohol y tratar oportunamente la hipertensión con medicamentos cuyo costo suele ser inferior al de una comida rápida.

La prevención posee un defecto imperdonable.

No produce espectáculo.

Un paciente que nunca sufrió un infarto gracias a que controló su presión arterial jamás aparecerá en la portada de un periódico. Nadie celebra el accidente cerebrovascular que no ocurrió, la disección de aorta que nunca se produjo o el riñón que jamás necesitó diálisis. El éxito de la prevención consiste precisamente en borrar acontecimientos del futuro. Y la política, los medios e incluso la propia medicina suelen preferir aquello que puede fotografiarse.

Por eso la hipertensión continúa avanzando. No porque sea una enfermedad particularmente compleja, sino porque exige virtudes poco compatibles con nuestro tiempo: disciplina, paciencia, continuidad y una visión de largo plazo.

Quizá esa sea la mayor ironía de la medicina del siglo XXI. Somos capaces de modificar genes, fabricar órganos mediante bioingeniería y realizar procedimientos que hace apenas una generación pertenecían a la ciencia ficción. Sin embargo, seguimos perdiendo la batalla contra una enfermedad que puede diagnosticarse en menos de un minuto con un brazalete inflable y tratarse con medicamentos conocidos desde hace más de medio siglo.

El problema ha sido la presión arterial. El problema ha sido nuestra jerarquía de prioridades.

Una sociedad que destina cantidades crecientes de recursos a reparar corazones rotos, cerebros infartados, aortas desgarradas y riñones destruidos, mientras sigue considerando secundaria la prevención de la hipertensión, no ha fracasado por falta de tecnología.

Ha fracasado en algo mucho más elemental: establecer correctamente sus prioridades.

Y ninguna innovación, por brillante que sea, podrá compensar indefinidamente esa contradicción.

•⁠ ⁠Cirujano cardiotorácico, con más de 17 mil cirugías a lo largo de 38 años de ejercicio profesional en el sector público y privado. Especializado en el Instituto Nacional de Cardiología Ignacio Chávez. Experto en trasplante de corazón.