Salvador Muñoz
Los Políticos
Hace unos días, un columnista describió a Rocío Nahle como un “dolor de cabeza” para la presidenta Claudia Sheinbaum. Puede ser. Cada quien conoce sus migrañas.
Lo curioso es que, mientras desde el Altiplano algunos parecen preocupadísimos por la cefalea presidencial, pocos se preguntan qué estará tomando la Gobernadora de Veracruz para aguantar los dolores de cabeza que le provoca su propio partido, porque si de jaquecas hablamos, Nahle para ello, tiene botiquín lleno.
Para empezar, quizás un paracetamol para Eric Cisneros Burgos, Bola 8 para los cuates y para quienes no lo son también.
El ex secretario de Gobierno no parece dispuesto a convertirse en pieza de museo del cuitlahuismo. Por el contrario, mantiene viva la esperanza de aparecer en la boleta de 2027 como candidato a diputado federal por Coatepec, confiando en que desde el Altiplano llegue esa receta milagrosa que le permita brincar por encima de los anticuerpos que genera entre buena parte del morenismo veracruzano. Porque algo tiene Bola 8: ha conseguido unir a varios grupos de Morena… en su contra.
Para Dorheny García Cayetano, quizás haga falta ibuprofeno. La legisladora, recién bautizada por sus críticos como #LadyMoches después de la denuncia de un ex colaborador, quiere reelegirse. El problema es que cada día parece haber menos entusiasmo alrededor de su proyecto. Dorheny carga además con una etiqueta difícil de desprender: el cuitlahuismo.
Hasta hace poco, pertenecer a esa corriente era una bendición. Hoy puede parecer más bien uno de esos padecimientos que el médico pregunta “desde cuándo tiene usted”.
Y si el ibuprofeno no alcanza, pasemos al naproxeno sódico.
Ahí aparece Tata Nacho, Atanasio García Durán, padre del ex gobernador Cuitláhuac García Jiménez, quien decidió que la jubilación política debía ser aburridísima y optó por aventarse unas críticas contra el gobierno de Nahle, incluyendo referencias a su origen zacatecano. Aquello cayó con la delicadeza de una piedra dentro de una licuadora.
Tata Nacho no necesariamente busca una candidatura, pero representa algo quizá más incómodo: la voz de un cuitlahuismo que sigue existiendo y que, aunque procura no hacer demasiado ruido, tampoco parece dispuesto a desaparecer.
Y cuando uno pensaría que ya pasó lo peor de la migraña, aparece Manuel Huerta Ladrón de Guevara. Para ése quizá haga falta juntar paracetamol, ibuprofeno y naproxeno… y acompañarlos de mucha paciencia política.
Huerta no oculta sus diferencias. Tiene estructura, seguidores, presencia propia y un sueño que tampoco intenta esconder demasiado: competir por la gubernatura en 2030. Faltan cuatro años, claro, pero en política, eso equivale aproximadamente a “pasado mañana”.
El senador se ha convertido en una especie de oposición interna, una voz que recuerda constantemente que Morena gobierna Veracruz, pero Morena no necesariamente es una sola cosa.
Así que tenemos a Bola 8 buscando resucitar electoralmente; Dorheny peleando por sobrevivir políticamente; Tata Nacho cuestionando desde la reserva moral del cuitlahuismo; y Manuel Huerta calentando desde ahora una carrera cuyo banderazo debería darse mucho después. Son distintos. No forman un grupo. Probablemente ni siquiera se sentarían felices los cuatro en la misma mesa.
Pero han conseguido una proeza que los dirigentes de Morena deberían estudiar detenidamente: poner de acuerdo a distintas tribus del partido… aunque sea para estar en contra de ellos.
Por eso resulta divertida aquella preocupación porque Nahle pudiera convertirse en un dolor de cabeza para Claudia Sheinbaum. A lo mejor sí. Pero por lo pronto, la Gobernadora tiene sus propias jaquecas en casa.




