Pepe Cortés

Visa americana es lo que quieren muchos dirigentes zurdos. Pueden pasar años despotricando contra el imperialismo, condenando al capitalismo y culpando a Estados Unidos de buena parte de los males nacionales. Pero una cosa es el discurso frente a sus seguidores y otra muy distinta cuando llega la hora de cruzar la frontera. Ahí cambia la ideología.

Miami no parece tan imperialista cuando se trata de vacaciones. San Antonio tampoco cuando llega la hora de ir de shopping. Y qué decir de Las Vegas: ahí hasta el capitalismo más salvaje se vuelve tolerable cuando se encienden las luces de los casinos.

Los mexicanos conocemos bien esa película. En 2004, Gustavo Ponce, entonces secretario de Finanzas del Gobierno del Distrito Federal encabezado por Andrés Manuel López Obrador, apareció en un video jugando blackjack en el Bellagio de Las Vegas. Frente a esa mesa algunas convicciones sufren una transformación extraordinaria: desaparece el imperialismo, se suspende la lucha de clases y hasta el dólar deja momentáneamente de ser instrumento de dominación. Años después, Ponce fue sentenciado por operaciones con recursos de procedencia ilícita. Aquello resultó bastante más serio que una noche de diversión.

Ahora las visas estadounidenses vuelven a poner esa contradicción sobre la mesa. Andrés Manuel López Beltrán, hijo del expresidente, informó que el gobierno estadounidense le había revocado la suya. Y de pronto, entre algunos simpatizantes de la Cuarta Transformación, perder una visa se presenta casi como una condecoración revolucionaria: una demostración de dignidad, patriotismo y resistencia frente al imperio. Casi habría que felicitar a quien ya no puede entrar a Estados Unidos.

Una visa estadounidense, sin embargo, no es un derecho constitucional mexicano ni un atributo de nuestra soberanía. Es un permiso que otorga otro país conforme a sus propias reglas, tal como México establece requisitos para quienes pretenden ingresar al nuestro.

Lo sorprendente es la facilidad con la que muchos seguidores compran la narrativa. Algunos de quienes hoy celebran que un dirigente de la 4T pierda la visa probablemente nunca han tenido una, ni oportunidad de conocer ese primer mundo que sus dirigentes condenan desde las plazas públicas mientras muchos de esos mismos dirigentes lo conocen perfectamente. Para ellos el capitalismo estadounidense parece insoportable solo a la hora del discurso; para vacacionar, comprar, estudiar o invertir, las objeciones ideológicas se vuelven bastante más flexibles. El antiimperialismo funciona mejor como discurso para las bases que como forma de vida para sus dirigentes.

Pero hay una contradicción todavía más grave. Quieren vivir el sueño americano mientras demasiadas comunidades mexicanas viven una pesadilla: mientras ellos aspiran a ciudades seguras y destinos turísticos del otro lado de la frontera, aquí existen regiones enteras donde el crimen organizado extorsiona comerciantes, cobra piso y condiciona la vida cotidiana de miles de familias. Ahí se termina el chiste. El deber de cualquier gobierno es recuperar esos territorios, perseguir a los delincuentes y esclarecer cualquier señalamiento de complicidad entre autoridades y organizaciones criminales. Ellos quieren el sueño americano; los mexicanos merecemos vivir el sueño mexicano sin miedo.

Y cuando Washington les retira el privilegio de entrar, aparecen los discursos de dignidad y las invocaciones a la soberanía. Lo que durante años presentaron como el territorio del capitalismo rapaz adquiere enorme importancia en cuanto alguien ya no puede cruzar su frontera.

Hasta podrían encontrarle una ventaja. Quienes pierdan la visa ya no podrán ir de shopping a San Antonio, vacacionar en Miami ni visitar los casinos de Las Vegas. Tampoco podrán gastar allá esas fortunas personales que, cuando no corresponden con los ingresos conocidos, merecen explicación pública. Si Estados Unidos fuera realmente ese territorio decadente que describen, perder la posibilidad de entrar debería ser motivo de tranquilidad; tendrían que agradecerle a Washington haberlos librado de semejante tentación capitalista. Pero no parece provocarles demasiada alegría.

La soberanía pertenece al pueblo de México. No está estampada en una visa B1/B2, no depende de un consulado y tampoco desaparece porque otro gobierno decida retirar un permiso migratorio.

Durante años nos dijeron que había que combatir al imperialismo. Algunos descubrieron que era bastante cómodo hacerlo conservando la visa vigente, haciendo shopping en San Antonio, vacacionando en Miami y pasando alguna noche por Las Vegas. Muy antiimperialistas para hablar; muy gringos para gastar.

Quizá el problema nunca fue el imperio. El problema empieza cuando el imperio les cierra la puerta a quienes hicieron del antiimperialismo un discurso y del sueño americano un estilo de vida.

Pepe Cortés

@pepecortesmx

Economista y abogado por la Universidad Veracruzana, con posgrados en Administración Pública y Control y Fiscalización. Consejero estatal y miembro de la Comisión Permanente del PAN en Veracruz. Ex director general de Vinculación y Coordinación Hacendaria de la SEFIPLAN.