Salvador Muñoz

Los Políticos 

El “¿y si sí?”, aquel grito que acompañó a la Selección Mexicana en el Mundial, sirve hoy para mirar un partido bastante más complicado: el que Morena parece comenzar a jugar alrededor de Andrés Manuel López Obrador y su hijo, Andrés Manuel López Beltrán.

Defender a Andy por la cancelación de su visa estadounidense es muy distinto a comenzar a colocar sobre la mesa la idea de que el muchacho es apenas el camino para llegar al padre.

José Ramiro López Obrador lo resumió sin demasiados rodeos: “Al que quieren no es al chico, sino al grande”.

La senadora morenista Ana Lilia Rivera fue todavía más lejos: “No lo pueden dejar vivo, lo quieren acabado”.

Y Claudia Sheinbaum, con mayor cuidado institucional, ha hablado de campañas contra su gobierno y contra el de López Obrador, además de señalar injerencismo estadounidense en el episodio de la visa.

Tres voces, tres niveles distintos, pero una narrativa que comienza a encontrarse en el mismo punto: no van por Andy; van por Andrés Manuel.

¿Casualidad? Puede ser. ¿Construcción política? También.

Y aquí aparece un personaje que Morena necesita más de lo que probablemente quisiera reconocer: López Obrador.

El expresidente está retirado en su rancho, apartado de la actividad pública y fiel, hasta ahora, a su promesa de no intervenir en el gobierno de Claudia Sheinbaum. Pero tampoco necesita ponerse una guayabera, subirse a un avión y reaparecer en el Zócalo para regresar a la política.

Le basta una carta. Una carta desde Palenque hablando de soberanía, intervención extranjera, persecución contra su familia y defensa del movimiento podría provocar más ruido que veinte mítines de Morena.

Sería el regreso sin regresar.

El Mío Cid de la Cuarta Transformación.

Cuenta la leyenda que al Cid Campeador lo montaron muerto sobre Babieca para que su sola presencia infundiera valor a sus tropas. A López Obrador ni siquiera tendrían que sacarlo de La Chingada: bastaría invocarlo. Y vienen elecciones.

En 2027 Morena necesitará votos, pero sobre todo necesitará recuperar mística. Porque gobernar desgasta, las tribus se pelean candidaturas, los intereses crecen y aquella épica del movimiento que combatía al poder resulta difícil de sostener cuando el movimiento es precisamente el poder.

¿Qué mejor combustible que un López Obrador perseguido por el imperio? Ahí está el mártir perfecto. Y junto a él, Andy. El hijo atacado no por lo que haya hecho (hasta ahora Estados Unidos no ha explicado públicamente las razones específicas de la cancelación de su visa) sino porque lleva el apellido del hombre al que supuestamente quieren destruir.

Padre e hijo. Perseguido y perseguido. El imperio contra la familia. Trump contra López Obrador.

Para una izquierda formada durante décadas en el discurso antiimperialista, el guión prácticamente se escribe solo.

El problema es que en política, como en el futbol, también existe el contragolpe.

Porque mientras Morena pregunta implícitamente: ¿y si sí quieren acabar con López Obrador? hay otra pregunta que nadie debería dejar fuera:

¿Y si sí tiene algo Estados Unidos?

¿Y si la cancelación de la visa de Andy no es solamente presión política?

¿Y si Washington sabe algo que México todavía desconoce?

No significa que lo sepa. Mucho menos que López Beltrán sea culpable de algo. Una visa estadounidense no es certificado de inocencia cuando se concede ni sentencia judicial cuando se retira.

Pero ése precisamente es el problema de elevar tan pronto la apuesta.

Estados Unidos todavía no enseña sus cartas.

Morena, en cambio, ya está construyendo la defensa.

Si mañana Washington no presenta nada, la 4T tendrá servido el argumento de la persecución: quisieron doblegar al movimiento atacando a la familia de su fundador.

AMLO podría regresar políticamente sin abandonar Palenque y Morena encontraría al personaje ideal para levantar el ánimo rumbo a las urnas.

Pero si mañana aparecen documentos, investigaciones, movimientos financieros, testimonios o cualquier evidencia verificable, el discurso cambia completamente.

Porque entonces ya no bastará hablar de soberanía.

Habrá que responder.

Quizá por eso la frase del Mundial viene como anillo al dedo.

Los morenistas pueden mirar hacia Washington y preguntarse esperanzados: ¿Y si sí quieren destruir a López Obrador?

Los demás tenemos derecho a mirar exactamente hacia el mismo lugar y hacernos la otra pregunta:

¿Y si sí tienen con qué?