Pepe Cortés
En la sobremesa alguien lo dice como si fuera una buena noticia sin matices: “el dólar bajó”. Y para muchos la conclusión parece inmediata: el peso está fuerte y, por lo tanto, la economía mexicana también. Durante décadas usamos el dólar como marcador nacional: si sube, perdemos; si baja, ganamos. Hoy necesitamos menos pesos para comprar un dólar y eso trae beneficios: viajar resulta más barato, algunas importaciones pueden abaratarse y las deudas en dólares pesan menos. Pero nada de eso significa, por sí mismo, que México sea más rico. El tipo de cambio no es bienestar.
El tipo de cambio es el precio relativo entre dos monedas y tiene ganadores y perdedores. Puede beneficiar a quien importa y presionar a quien exporta; favorece a quien compra dólares y perjudica a quien los recibe y necesita convertirlos en pesos. Además, solemos confundir dos conceptos: el tipo de cambio nominal nos dice cuántos pesos necesitamos para comprar un dólar; el poder adquisitivo nos dice cuántos bienes y servicios podemos comprar con nuestro dinero.
Pensemos en un producto que hace algunos años costaba 100 dólares con el tipo de cambio en 20 pesos: nos costaba 2 mil pesos. Si hoy el dólar vale 17 pero ese mismo producto subió a 120 dólares, ahora nos cuesta 2 mil 40 pesos. El dólar bajó 15 por ciento y, sin embargo, terminamos pagando más. Compramos más baratos los dólares, pero necesitamos más dólares para comprar lo mismo.
Lo percibimos incluso en los gastos mensuales. Apple Music, Apple One, Spotify Premium y Netflix han aumentado sus precios en años recientes. Sus tarifas mexicanas no son una conversión automática del dólar, pero sirven para mostrar algo cotidiano: una moneda estadounidense más barata no impide que bienes y servicios internacionales aumenten de precio. Estados Unidos también ha vivido inflación y muchos precios en dólares han subido. Nuestro peso puede ganar fuerza frente al dólar mientras aquello que queremos comprar se encarece.
La diferencia parece pequeña en una suscripción, pero cambia de dimensión cuando hablamos de maquinaria, medicamentos, tecnología o materias primas. La apreciación del peso puede amortiguar el aumento de los precios internacionales, pero no necesariamente borrarlo. Ganamos frente a la moneda, pero podemos perder frente a la mercancía.
Las remesas muestran la otra cara, quizá la más humana. Una familia que recibe 500 dólares mensuales obtenía alrededor de 10 mil pesos con un tipo de cambio de 20. Con un dólar a 17, esos mismos 500 dólares representan 8 mil 500 pesos. El migrante no mandó menos. El tipo de cambio hizo que su familia recibiera 1,500 pesos menos. Y esos 8 mil 500 pesos llegan además a una economía donde los precios han aumentado. Para quien recibe remesas, un peso fuerte significa algo muy diferente que para quien compra dólares.
Por eso resulta equivocado convertir la cotización del dólar en una medida del bienestar nacional. Un país no se vuelve más rico porque su moneda se aprecie. Se vuelve más rico cuando produce más, aumenta su productividad, genera y atrae inversión productiva y el trabajo genera mayor valor y puede ser mejor remunerado. El crecimiento económico es indispensable para generar bienestar, pero necesita traducirse en productividad y mayores ingresos reales.
México reportó un crecimiento del PIB de 1.9 por ciento anual durante el segundo trimestre de 2026. Es una mejoría que debe reconocerse, pero también ayuda a poner las cosas en perspectiva. Un dólar debajo de 17 puede generar más titulares que un crecimiento de 1.9 por ciento, pero es el crecimiento económico, acompañado de productividad, inversión y mejores ingresos reales, el que puede sostener una mejor calidad de vida.
Una familia no vive del tipo de cambio, vive de su ingreso. Lo importante es cuánto puede comprar después de pagar comida, vivienda, transporte, electricidad, educación y servicios. Si sus gastos aumentan más rápido que sus ingresos, difícilmente sentirá bienestar aunque escuche todos los días que tenemos una moneda fuerte. Podemos tener un peso fuerte y una economía que crece poco. No existe contradicción: son fenómenos distintos.
La estabilidad cambiaria importa, como importan la inflación, la inversión y la confianza para producir. Pero la meta no debería ser conseguir el dólar más barato posible. La meta debe ser una economía que produzca más valor por habitante, eleve su productividad y genere mejores ingresos reales.
Podemos celebrar que el dólar esté debajo de 17 pesos sin confundirlo con prosperidad. La discusión realmente importante no es si cerrará en 17, 18 o 20, sino cuánto produce México, cuánto invertimos, cuánto aumenta nuestra productividad y cuánto puede comprar una familia con una hora de su trabajo.
El tipo de cambio no es bienestar. El bienestar necesita una economía que crezca, produzca más y convierta ese crecimiento en mejores ingresos y oportunidades.
La verdadera fortaleza de una economía se siente en el bolsillo de quien trabaja.
@pepecortesmx
Economista y abogado por la UV, posgrado en Administración Pública y Control y Fiscalización. Consejero estatal y miembro de la Comisión Permanente del PAN en Veracruz; ex director general de Vinculación y Coordinación Hacendaria de la SEFIPLAN.
Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad exclusiva del autor.





