Julio Vallejo
La delgada línea entre mi opinión y la tuya

En estos días de vacaciones, cuando no tenía mucho que hacer, me fui a un lugar muy, muy lejano. Un sitio donde solamente se escuchaba el viento golpeándome el rostro, el frío se colaba por la nariz y el olor a pino parecía limpiar los pulmones y también la mente.

Mientras los árboles se movían al ritmo del aire y la nostalgia se metía hasta los huesos, comencé a pensar en aquellos días en los que el tiempo parecía no tener prisa. Y entonces ocurrió algo extraño: con cada día que pasaba, sentía que mi niño interior comenzaba a salir poco a poco.

Recordé aquellos juegos que alguna vez fueron parte de nuestra vida cotidiana: el trompo, el yoyo, el balero. Juegos sencillos, sin baterías, sin conexión a internet y, sobre todo, sin necesidad de instrucciones descargadas de una pantalla.

Tomé unas hojas de papel de una libreta que me acompañaba como una fiel compañera, esa que durante años había guardado mis secretos. Al observar el arroyo y su agua clara y cristalina, doblé una de las hojas y dejé navegar mi barco de papel. Era apenas un pedazo de papel convertido en juguete, pero llevaba consigo el primer mensaje de mi nostalgia.

Después tomé otra hoja y construí un papalote. Con una tira del papel que había sobrado hice la cola. Lo até a un hilo transparente y, por momentos, parecía suspendido entre las pintorescas nubes del paisaje.

Durante unos minutos no existieron las notificaciones, los mensajes, los videos cortos ni el interminable desplazamiento de una pantalla. Solamente estaba yo, el viento y aquella sensación casi olvidada de no tener absolutamente nada que hacer. Hasta que un pelotazo en la cara me regresó de golpe a la realidad, volteé y vi a una niña con el celular en la mano. Lo sostenía como si fuera un imán del que no pudiera desprenderse, la escena me hizo pensar, casi de inmediato, que la pantalla estaba consumiendo buena parte del tiempo de aquella criatura.

Pero después me detuve. ¿Quién soy yo para juzgarla?
Su generación y la mía son demasiado distintas. Si los primeros Homo sapiens me hubieran visto en ese momento, probablemente también se habrían burlado de mí. Quizá me habrían mirado con extrañeza y pensado: “¿Qué diablos está haciendo este sujeto con un barco de papel y un papalote?”. Y ahí está precisamente el punto.

Cada generación cree que la siguiente está haciendo las cosas mal porque no vive como nosotros vivimos. Nosotros fuimos niños en un mundo analógico; ellos están creciendo en uno digital. Nosotros esperábamos horas para ver nuestro programa favorito; ellos pueden ver prácticamente cualquier cosa en cualquier momento. Nosotros salíamos a la calle para encontrar a nuestros amigos; ellos pueden encontrarlos con un mensaje.

No necesariamente se trata de decidir quién tuvo una infancia mejor. Se trata de entender que son infancias diferentes. La tecnología tampoco es, por sí misma, el villano de esta historia. Internet abre puertas al conocimiento, permite aprender, comunicarse, crear y descubrir mundos que antes estaban muy lejos. El desafío no consiste únicamente en contar las horas frente a una pantalla, sino en encontrar un equilibrio entre la vida digital y aquello que ocurre fuera de ella.

Por eso quizá el puente entre lo analógico y lo digital no deba construirse desde el reproche, sino desde la empatía. Algún día a los niños de hoy les tocará enfrentarse a tecnologías que todavía no podemos imaginar. Tal vez entonces serán ellos quienes miren a las nuevas generaciones y se pregunten cómo pueden vivir rodeados de tantas novedades. Y seguramente nosotros, desde algún lugar, estaremos sonriendo.

Porque el tiempo cambia, pero un par de cosa permanece: la necesidad de jugar, imaginar, descubrir y sorprendernos. Y quizá eso sea lo que deberíamos enseñarles a las nuevas generaciones a no a renunciar a la tecnología, y a no permitir que la tecnología les quite la capacidad de mirar el cielo sin aburrirse.