Pepe Cortés

El debate político en Alemania deja una lección que los partidos tradicionales deberían estudiar antes de buscar explicaciones cómodas para sus derrotas. El avance de Alternativa para Alemania (AfD) y el desgaste de la Unión Demócrata Cristiana (CDU), de centroderecha, muestran que el hartazgo ciudadano no distingue necesariamente entre izquierda y derecha: los electores pueden abandonar a cualquier fuerza política cuando consideran que ha dejado de representarlos.

Esto no es una crítica a los electores ni pretende reivindicar el nazismo. Es una crítica a las élites políticas que perdieron la confianza ciudadana y creen que invocar los horrores del pasado basta para justificar los fracasos del presente. La memoria histórica es indispensable, pero no sustituye la obligación de gobernar bien; cuando un partido gobierna mal el tiempo suficiente, ni siquiera el miedo a repetir la historia alcanza para retener el voto.

Argentina ofrece una variante del mismo fenómeno. Javier Milei llegó a la Presidencia en 2023 al frente de La Libertad Avanza, una fuerza que canalizó el rechazo a la llamada “casta política” y rompió el predominio de las coaliciones tradicionales. Su triunfo mostró que los ciudadanos pueden buscar opciones nuevas cuando dan por agotadas a las existentes.

Los partidos nacen para representar ideas y servir al bien común, pero pueden desarrollar una lógica distinta: dirigentes que se perpetúan, candidaturas reservadas para los mismos grupos y acuerdos que privilegian posiciones sobre principios. La experiencia se convierte en derecho de permanencia, la lealtad al líder pesa más que el mérito y la renovación se reduce a cambiar nombres sin cambiar prácticas. Así nace una casta.

Las fuerzas nuevas parten con una ventaja: no cargan con todo el desgaste de quienes han gobernado durante décadas. Pero esa ventaja no garantiza buenos gobiernos. Una vez en el poder, también pueden reproducir los vicios que denunciaban.

Hace doce años, Morena era la novedad política. En 2018 llegó a la Presidencia prometiendo combatir la corrupción, terminar con los privilegios y mejorar la vida de los mexicanos. Hoy ya no puede presentarse como una fuerza ajena al sistema ni atribuir todos sus problemas a quienes gobernaron antes.

El partido gobernante enfrenta cuestionamientos por presuntos actos de corrupción, redes de huachicol y señalamientos sobre vínculos de actores políticos con el crimen organizado. Cada caso debe investigarse con pruebas y sin condenas anticipadas, pero la legitimidad electoral no sustituye la rendición de cuentas. Sus resultados deben evaluarse con rigor, reconociendo avances donde existan y exigiendo respuestas ante los rezagos en seguridad, salud, servicios públicos y crecimiento económico. Morena corre el riesgo de convertirse en aquello que prometió combatir: una estructura que protege a sus grupos y da por hecho que el respaldo electoral le concede confianza permanente.

Esta lección también nos concierne a quienes militamos en Acción Nacional. El PAN tiene una historia valiosa y una contribución decisiva a la democratización de México. También tiene motivos actuales para sentirse orgulloso: sus gobiernos en Querétaro, Aguascalientes, Chihuahua y Guanajuato, así como en capitales y ciudades que han avanzado bajo administraciones panistas, muestran que existen experiencia, capacidad y una forma propia de gobernar que debemos defender y mejorar.

El reto es convertir esos logros en una propuesta de futuro. Debemos comunicar mejor los resultados, reconocer lo que falta por corregir y demostrar que podemos ofrecer seguridad, desarrollo, servicios públicos y oportunidades. La ciudadanía no está obligada a votar por nosotros por lo que hicimos ayer, pero sí podemos darle razones para confiar en lo que somos capaces de hacer hoy.

Las apariciones de Vicente Fox este fin de semana dejaron más decepciones que certezas. El expresidente que encabezó la alternancia de 2000 acudió a la sede nacional del PRI y, después, ante jóvenes panistas, defendió una gran alianza opositora rumbo a 2027. Su trayectoria merece reconocimiento, pero resulta difícil entender que hoy promueva una estrategia que vuelve a diluir la identidad de Acción Nacional. El PAN tiene derecho a construir su futuro sin quedar condicionado por las decisiones de sus expresidentes.

Debemos asumir que las alianzas con el PRI han dejado de ser una solución y pueden convertirse en parte del problema. Al compartir candidaturas, compartimos también el desgaste de un partido que muchos ciudadanos identifican con las prácticas que desean superar. Mantener esa alianza puede llevar a quienes buscan una alternativa distinta a optar por otras fuerzas políticas. Competir con nuestras propias siglas, candidatos y propuestas no garantiza la victoria, pero permite reconstruir una identidad reconocible.

El PAN necesita ofrecer respuestas claras sobre seguridad, economía, salud, educación y libertad para emprender. No basta con denunciar los errores del gobierno: debemos explicar qué haríamos de manera distinta, cómo lo financiaríamos y qué resultados esperamos alcanzar. La oposición se vuelve creíble cuando combina principios, propuestas y capacidad de gobierno.

La lección no es que los partidos tradicionales estén condenados a desaparecer ni que las nuevas alternativas sean infalibles. Es que ninguna organización tiene garantizada la confianza ciudadana. El PAN no necesita convertirse en otro partido para recuperar su fuerza: necesita impedir que sus estructuras se conviertan en una casta, terminar con las alianzas que diluyen su identidad y volver a ser una alternativa al servicio de los ciudadanos.

@pepecortesmx

Pepe Cortés es economista y abogado por la Universidad Veracruzana, con posgrados en Administración Pública y Control y Fiscalización. Consejero estatal y miembro de la Comisión Permanente del PAN en Veracruz; ex director general de Vinculación y Coordinación Hacendaria de la SEFIPLAN.