Julio Vallejo
La delgada línea entre mi opinión y la tuya

La tristeza es una emoción fantástica, al igual que el miedo o la rabia. No existen las emociones negativas; en realidad, son señales de alerta. El problema surge cuando a nuestro cerebro le encanta fabricar historias: el miedo, por ejemplo, nos avisa que algo anda mal, especialmente cuando se vuelve irracional. Hay una frase sabía que dice: «No creas todo lo que piensas; pregúntate por qué lo piensas mientras piensas lo que estás pensando». En pocas palabras: no somos piedras, y se vale sentir.

Desafortunadamente, hay personas que atraviesan un dolor emocional tan devastador e intenso que llegan a ver la muerte como la única salida, con la profunda convicción de que solo así terminará su sufrimiento. Sin embargo, las causas detrás de esto son múltiples y complejas, abarcando factores sociales, culturales, biológicos, psicológicos y ambientales. Ninguna historia de dolor es lineal ni simple.

Cuidar nuestra mente, abrazar nuestras emociones y fortalecer el espíritu es una tarea que nos concierne a todos. No es un tema exclusivo de mujeres; los hombres también sufren en silencio. Los estereotipos de género han impuesto históricamente la falsa idea de que el hombre debe ser el pilar inquebrantable, obligándolo a «aguantarse» lo que siente o a enfrentar sus batallas en absoluta soledad, evitando a toda costa pedir ayuda.

Las consecuencias de este silencio son alarmantes. En México, 8 de cada 10 muertes por suicidio corresponden a hombres. Tan solo durante el año 2025, se registraron 8,846 defunciones por esta causa en el país, y se estima que cerca de un millón de personas llegaron a planearlo. Por eso, hablar del suicidio desde una perspectiva humana implica cambiar la narrativa de raíz: dejar atrás los juicios, romper el tabú y abrir espacios para la salud mental con empatía, responsabilidad y verdadera esperanza.

Precisamente, septiembre es el Mes de la Concientización y Prevención del Suicidio. Si alguna vez te preguntaste —como yo— por qué este mes y no marzo o abril, la respuesta es institucional y biológica. Por un lado, se consolidó históricamente para amplificar los esfuerzos globales a través de campañas y talleres. Por el otro, coincide con transiciones vitales y climáticas; en muchas regiones, la llegada del otoño implica días más cortos y menos luz solar, un factor físico que altera nuestros ritmos biológicos y puede vulnerar nuestro estado de ánimo, detonando crisis de salud mental.
Este mes debería ser un recordatorio para dar gracias porque podemos sentir. Llorar, reír, enojarse o dudar son pruebas de nuestra humanidad. Hay que aprender a confrontar la vida con sus matices, pero, más allá de eso, a valorar la vida como el tesoro más grande que poseemos. Si el dolor se vuelve insoportable, recuerda que no tienes que cargar con él a solas. Hablarlo es el primer paso para sanar.