Salvador Muñoz
Los Políticos
Roberto Ramos Alor tiene una habilidad que debería estudiarse en las facultades de Medicina: convertir las deficiencias del sistema de Salud en defectos de carácter de quienes las padecen.
Si faltan medicamentos, son campañas de odio. Si protestan los médicos, les falta sentido común. Si no hay material para operar, ¡pues que no operen! Y si todavía insisten, se les recuerda –muy académicamente, claro– quién tiene en sus manos la evaluación de los residentes… Medicina humanista, le llaman.
La escena registrada en el Hospital de Alta Especialidad de Veracruz es exquisita, si no fuera porque hay pacientes esperando una cirugía. Una residente plantea lo elemental: ¿qué hacemos si no tenemos las herramientas para operar?
La respuesta del coordinador estatal del IMSS-Bienestar es para enmarcarla junto al Juramento de Hipócrates: “Si usted no quiere operar y no participar, no opere”. Y enseguida viene la cereza del bisturí: “Usted es residente y depende de la institución (…) y su evaluación de usted depende de nosotros”. Qué tranquilidad.
Seguramente Ramos Alor sólo quería explicar el organigrama. Pura pedagogía hospitalaria. Nada que pudiera interpretarse como una forma de presión después de que los muchachos tuvieron la extravagancia de pedir gasas, medicamentos, suturas, antibióticos y material quirúrgico para… operar. Porque estos residentes también son muy exigentes: Ningún chile les embona.
La frase no es gratuita. En 2019, cuando Ramos Alor era secretario de Salud y los periodistas preguntaban por la compra de medicamentos a una empresa vinculada entonces con Carlos Lomelí, soltó aquella joya: “ningún chile les embona”. Después vendrían la limpia antes de comparecer en el Congreso, los médicos que buscaron ampararse durante la pandemia y fueron llamados “traidores a la patria”, y otros episodios que convirtieron al personaje en uno de los funcionarios más polémicos del cuitlahuismo.
Pero el doctor regresó. ¡Y regresó masterizado! Porque ahora no sólo administra Salud: también administra la realidad.
El 12 de enero de este año, el Gobierno de Nahle anunció la distribución de 10 millones 625 mil 716 piezas de medicamentos y material de curación y presumió un abasto promedio del 90 por ciento. En junio, la Gobernadora volvió a ubicar el suministro hospitalario en ese 90 por ciento. Y en julio defendió expresamente a Ramos Alor: dijo que hacía “un gran trabajo” y que gracias a él había surtimiento de medicamentos… pero llegaron los médicos y echaron a perder el boletín.
Primero en Xalapa. Ramos Alor respondió que las denuncias por falta de medicamentos e insumos eran una “campaña de odio”, producto incluso de quienes habían perdido privilegios. Pero el odio resultó la falta de gasas, antibióticos y suturas, tanto, que el 2 de septiembre el propio Gobierno de Veracruz reconoció oficialmente requerimientos específicos de insumos en hospitales de Veracruz-Boca del Río y Xalapa, y ordenó redistribuir existencias, recibir material del IMSS-Bienestar y comprar directamente las claves faltantes. ¡Pasumecha Marimar! La campaña de odio necesitaba orden de compra.
Seis días después, residentes y familiares denunciaban todavía cirugías canceladas y pacientes enviados a sus casas mientras aparecían los materiales necesarios. Y ahí apareció nuevamente Ramos Alor. No con cajas. No con medicamentos. No con instrumental. Con una lección de obediencia.
En el audio, cuando los residentes reclaman que sean las autoridades quienes informen a los pacientes cuándo podrán ser operados, la respuesta revela quizá el fondo del problema: ellos no quieren seguir siendo quienes den la cara por carencias que no provocaron. Y tienen razón. El residente estudia, atiende y opera; no es vocero del desabasto ni chaleco antibalas de Ramos Alor.
Por eso la frase “su evaluación depende de nosotros” resulta tan desafortunada. Después de un “si no quiere operar, no opere”, suena menos a información académica y más a recordatorio de quién sostiene la pluma con la que se calificará al inconforme.
A Ramos Alor acaso le vendría bien otra limpia. Pero esta vez no de malas vibras. De soberbia. Porque en un hospital sin insumos, el problema no es el médico que se niega a operar sin herramientas. El problema es el funcionario que cree que condicionando al residente se resuelven las carencias.




