Salvador Muñoz
Los Políticos
Bajo el supuesto de que, en un acto de congruencia, allá por el Altiplano alguien con cinco dedos de frente solicitara la remoción de Roberto Ramos Alor de la delegación del IMSS Bienestar en Veracruz, no crea usted que con eso quedaría resuelta la crisis política que arrastra el galeno.
Sería, acaso, reconocer que hay un problema. Y en estos momentos, aceptar semejante cosa ya casi merece ceremonia, templete y transmisión en vivo.
La remoción dejaría vacante la oficina, con todos los problemas adentro. Para resolverlos haría falta algo más que una caja de cartón donde el doctor guardara sus cosas.
La crisis, concentrada hoy en la figura del doctor, simplemente cambiaría de domicilio. Conservaría su sello veracruzano, sus pendientes y ese aroma tan particular de los asuntos que se dejan pudrir mientras alguien decide cómo explicar que todo va muy bien. Casi como cuando uno cambia de lugar una bolsa de basura: despeja un rincón, sí… pero sigue apestando.
Y entonces vendría el verdadero quebradero de cabeza para quienes confunden gobernar con encontrarle acomodo a los amigos: ¿Dónde ponemos al doctor?
Porque mandarlo a la coordinación del IMSS Bienestar de otro estado tendría su gracia. Sería anunciarles a los vecinos que Veracruz les envía un problema con nombramiento nuevo. Una especie de solidaridad entre entidades, aunque la entidad receptora seguramente preferiría una colecta.
Además, el estigma no sólo se queda en la oficina junto con las llaves. Viaja con el funcionario. No necesita viáticos, pero suele salir bastante caro.
¿Devolverlo a San Lázaro?
Tampoco parece una salida muy cómoda.
Cada sesión podría convertirse en una oportunidad para que la Oposición le recordara la crisis política, administrativa y de salud que se le atribuye en Veracruz. Bastaría que asomara el doctor para que alguien pidiera la palabra.
Ramos Alor tendría curul; sus adversarios, tema.
Y todavía faltaría explorar una posibilidad peor: que la GoberNahle decidiera darle cobijo en la entidad. Porque si desde el Altiplano pidieran la cabeza de su protegido, recibirlo con otro cargo sería una manera bastante peculiar de atender el mensaje: entendido el problema, procedemos a protegerlo.
Todo un servicio de urgencias políticas. Ojalá la capacidad para encontrarle espacio a un funcionario cuestionado fuera la misma que se espera para atender a un paciente.
El asunto es que, en estos momentos, Ramos Alor representa un costo para su propio partido. Su permanencia ofrece un blanco; su eventual traslado, otro; su regreso a San Lázaro podría darle tribuna a quienes cuestionan a Morena, a su Gobierno, a todo lo que representa.
Arroparlo en Veracruz trasladaría parte de ese costo a quien decidiera abrirle la puerta.
Por eso, antes de preguntarse dónde acomodarlo, sus defensores tendrían que explicar para qué conservarlo.
Porque el cargo podrá cambiar de nombre, de edificio y hasta de estado… Pero cambiar esa bolsa de lugar, no sólo implica tener que aguantar la peste, sino cargar con ella.




