Gonzalo Guízar Valladares
En Voz Alta

Las encuestas electorales en México han pasado de ser un instrumento de medición científica a convertirse en un campo de batalla de propaganda política.

Desde que George Gallup predijo con exactitud la victoria de Roosevelt en Estados Unidos hace más de 90 años, hasta la llegada de la demoscopia científica a México en 1994 y que marcó el estreno absoluto de las encuestas electorales masivas e influyentes en el país, hemos visto evolución en la utilización de las mediciones.

En los últimos tiempos, la proliferación de mediciones con resultados contradictorios y los recurrentes fallos frente a los resultados oficiales han erosionado la confianza ciudadana. Lo que antes se percibía como una brújula para entender las tendencias del electorado, hoy es visto con sospecha: Una herramienta de simulación diseñada más para construir narrativas de victoria que para reflejar la realidad en las urnas.

Originalmente, las encuestas nacieron bajo el principio de registrar la opinión pública en un momento específico. Sin embargo, en el ecosistema político mexicano, su función ha sufrido una mutación severa y hoy en día, muchos ejercicios demoscópicos se utilizan como mecanismos de inducción del voto.

Se busca generar el llamado «efecto carro de la victoria» (bandwagon effect), donde se intenta convencer al votante indeciso de que el resultado ya está decidido, desincentivando con ello la participación ó forzando el voto útil. Cuando una encuesta se publica no para informar, sino para influir, pierde de inmediato su valor metodológico y ético.

Haciendo un poco de hostoria en México, donde vivimos bajo el régimen del partido único (PRI), la realización de encuestas no fue necesaria ya que durante casi 60 años el resultado de las elecciones estaba prácticamente predeterminado, lo que restaba utilidad práctica a los pronósticos electorales.

La polémica y competida contienda entre Carlos Salinas de Gortari y Cuauhtémoc Cárdenas en 1988 generó una sacudida e impulsó a que medios y consultores privados empezaran a aplicar metodologías más recurrentes para medir el pulso real de una sociedad en vías de alcanzar apertura democrática y eventualmente llegar a la alternancia en el poder.

Con el paso de los años, muchas casas encuestadoras operan bajo lógicas de mercado y no de academia. Al ser contratadas por partidos políticos o equipos de campaña, existe un conflicto de interés implícito, ya que tal pareciera que el cliente no busca una radiografía incómoda sino que busca una gráfica que pueda presumir en redes sociales.

Hay firmas que salvan su nombre, otorgándose prestigio y fama por alcanzar similitud plena entre la encuesta levantada y el resultado final electoral. En ese caso están casas encuestadoras como ‘Enkoll’, ‘Buendía & Márquez’ ó ‘De Las Heras’.

Para recuperar el valor de las encuestas en México se requiere transitar hacia una transparencia absoluta en las metodologías y el financiamiento, auditada de forma más estricta por las autoridades electorales. Sin embargo, la defensa más efectiva radica en la madurez del ciudadano: entender que las encuestas son pronósticos efímeros y volátiles, y que el único ejercicio estadístico que realmente define el rumbo del país es el que se ejerce, de manera libre y secreta, dentro de la casilla electoral. Y, de cara al 2027 nos toparemos en los meses por venir con la ‘encuestitis’ e iremos al encuentro con las urnas, que define a los legales y únicos representantes populares, más allá de lo que digan las encuestas.