Salvador Muñoz
Los Políticos
A H. lo recuperé en las redes sociales. Compartimos nueve años entre preescolar y primaria; jugamos tochito en el campo Martín Cuburu y conocí aquella casa suya que me parecía una mansión, entre tétrica y fantástica. Recuerdo hasta la camada de su gatita. También lo recuerdo entrando al salón, llorando: a un vecino de la escuela se le había ocurrido dispararle con postas.
La secundaria nos separó. Después vino la universidad que hizo él fuera de Veracruz, y dejamos de vernos.
Cuando llegó su solicitud de amistad, reconocí el nombre peculiar que utilizaba. Por el mensajero me explicó el porqué escondía el verdadero: habían secuestrado a su padre en Orizaba. Pagaron el rescate, lo recuperaron y luego siguieron las extorsiones. La familia terminó por irse a otro estado. Pagar el rescate les devolvió a su padre. La tranquilidad seguía secuestrada.
II
Pensé en él al leer una nota de e-consulta sobre la Encuesta Intercensal 2025 del INEGI: en 22 mil 500 viviendas veracruzanas, al menos un integrante cambió de residencia por violencia o inseguridad. El medio menciona unas 64 mil 700 personas pertenecientes a esas viviendas; sería incorrecto contarlas a todas como desplazadas pero aun con esa observación, el tamaño del miedo impresiona.
Habría que llevar ese dato a las reuniones de seguridad y pedirles a los funcionarios que expliquen qué puede hacer una familia después de pagar un rescate y recibir la siguiente amenaza. H. tuvo que resolverlo cambiando de estado y ocultando su nombre.
III
Cerca de mi casa llegó a vivir una pareja con tres hijos. El mayor pasó a secundaria. Se le escuchaba subir y bajar las escaleras con ese carácter adolescente que anuncia su presencia sin necesidad de saludar.
Un día dejó de oírse.
Seguía viendo a los padres con los pequeños. Cuando coincidí con la señora, me contó que personas ajenas a la escuela presionaban al muchacho para vender drogas entre sus compañeros. Se negó y lo golpearon.
Según su relato, los directivos se deslindaron: la agresión había ocurrido fuera del plantel. Qué conveniente puede resultar una barda.
Sus padres tuvieron que mandarlo fuera de Xalapa.
Usted seguramente conoce a alguien que también se fue por miedo. Lamento la oscuridad a la que H. tuvo que recurrir para alejarse de las amenazas y extorsiones…
Pienso en aquel muchacho cada vez que recuerdo el silencio de las escaleras. En otros tiempos, hubiera bastado cambiar de escuela… pero hoy, es mejor que cuenten que te fuiste por miedo a que te cuenten como una cifra más…